UN BARRIO DE PARÍS CON NOVELA NEGRA

UN BARRIO DE PARÍS CON NOVELA NEGRA

Daniel Pennac nació en Marruecos en 1944, en una familia de militares que viajaba de guarnición en guarnición por todo el Africa y el Sudeste Asiático. Más tarde Pennac se doctoró en Letras en la Universidad de Niza y se dedicó a la enseñanza de la literatura. Sus primeros libros son de literatura infantil o burlesca, y en 1985 publica La felicidad de los ogros, dando inicio a la serie de Benjamin Malaussne, que continuaría con El hada carabina y La pequeña mercader de prosa, trilogía a la que vendrá a unirse, en 1996, El señor Malaussne.

07 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

Usted es el único autor contemporáneo francés que rescata el valor de contar historias y de crear personajes de carne y hueso, en medio de un panorama dominado por la literatura de ideas.

Bueno, le voy a contar cómo empezó todo esto. Entre 1960 y 1970, en Francia, la Universidad irrumpió con mucha fuerza al interior de la literatura. El estructuralismo, la semiología, la crítica, en fin. De todo ello salió un diktat universitario que acomplejó de forma terrible a quienes eran contadores de historias, narradores, y de repente se estableció el reino del nouveau roman , que fue imbatible entre 1965 y 1980.

Esta dictadura del nouveau roman hizo que el panorama literario francés se dividiera en tres: los que eran profunda y claramente nouveau roman , como Robe Grillet y Claude Simon. Los que escribían autobiografías disfrazadas de novela, y esto me hace pensar qué hubiera sido de la literatura si Freud no hubiera inventado el yo y la figura del padre: papá, mamá y yo. Y por último los ensayos camuflados en novelas. En esas circunstancias la narración y la metáfora estuvieron durante 30 años reducidas a la nada, y por eso a mí me dieron ganas, en los años 80, de contar historias.

Pero cuidado: esto no quiere decir que las historias no deban tener un sentido profundo; deben tenerlo, pero el sentido no debe pasarse de listo. No debe estar en el primer plano de la historia. En mis libros, al inicio, hay una estructura anecdótica muy fuerte que debe satisfacer de forma inmediata una lectura superficial. A partir de ahí todo debe estar cargado de sentido para quien se anime a una segunda lectura, más cognitiva. Y es que fíjese, qué leíamos aquí durante el reinado del nouveau roman ? García Márquez, Vargas Llosa, etc. Leíamos a los grandes sudamericanos que habían establecido el reino incuestionable de la metáfora, pero que al mismo tiempo incluían muchos sentidos y hasta discursos políticos. Recuerdo cuando llegó a Francia Cien años de soledad. Al leerla sentí que me estaba salvando de algo, como si me lanzaran un salvavidas. Lo sentí con todos los libros de García Márquez, de Vargas Llosa, de Jorge Amado, en fin, de la vieja guardia de la literatura latinoamericana.

Entonces yo dije: no hay ninguna razón para que sólo los latinoamericanos tengan derecho a una literatura hermosa, basada en las metáforas. Y lo pensé porque desde el punto de vista novelesco son García Márquez y todos ellos quienes tienen razón. La idea de que la novela ha muerto proclamada en las facultades de la Sorbona, sólo nos concernía a nosotros. La literatura de América demostraba que ese postulado teórico era falso. Y es que cuando yo hice estudios de Letras en París prácticamente había que irse al baño para leer una novela. Disfrutar de una buena anécdota, gozar una narración, era casi un pecado en momentos en que se sacralizaba la forma y el signo. Yo reñí con todo eso, y entonces me puse a escribir a Malaussne.

Sus libros están circunscritos a una zona de París muy definida. Una especie de ciudad dentro de la ciudad: Belleville.

Fue una suerte. Cuando en 1969 llegué a París, obviamente sin un peso, me fui a vivir al barrio más barato. Y el más barato era y sigue siendo Belleville, lugar en donde vivo todavía. Me gustó de entrada porque es un lugar muy mediterráneo, a pesar de que en este momento haya una dominante asiática en su composición. Todos estos cambios y oleadas sucesivas han ido convirtiendo a Belleville en un barrio muy cosmopolita. En un verdadero planeta. Yo bajo de mi casa y si quiero ir a Turquía atravieso la calle y entro a un restaurante turco; si de Turquía quiero ir al Kosovo camino hasta la esquina, y si de ahí quiero darme un salto a Colombia voy a visitar a los colombianos de mi edificio. Esto para un novelista sedentario como yo es un milagro. Inmerso en Belleville y habiendo descubierto la novela negra, tuve los elementos para empezar a escribir la trilogía de Malaussne, y las novelas se fueron alimentando del barrio de forma muy natural.

Cuál fue el aporte de la novela negra a su escritura? La novela negra me permitió instalar en mi escritura un motor artificial que es el suspenso. Esto es algo esencial para el lector, aún si es absolutamente secundario para el autor. Mi idea fue invertir las reglas usuales de la novela negra, y entonces no creé un detective solitario, con problemas, etc. En El hada carabina, por ejemplo, quienes se drogan no son los jóvenes sino los viejos; se da el caso de la anciana que asesina al policía que se cree en la obligación de defenderla. En suma, me interesó usar el ritmo de la novela negra, su cadencia, su metáfora, pero invirtiendo los clisés del género.

Con esto usted refuerza la idea de que la lectura debe sobre todo divertir.

La importancia del placer de leer, que es algo casi libidinoso, es esencial en cualquier novela. Y en ese marco la tensión dramática de la novela negra, que es una construcción completamente artificial, intensifica el placer de la lectura, un placer que, de todos modos, está asociado a muchas otras cosas como el uso del lenguaje o la vida de los personajes. El placer de leer debe ser el mínimo que se le garantiza al lector, pero al mismo tiempo se debe respetar el deseo del lector a buscar un sentido. Debe haber una realidad sociológica, una realidad política, y una autonomía estética de acuerdo al género en el que se circunscribe. En fin, yo espero haberlo logrado. La meta de la escritura debe ser la mezcla de todo esto. Y algo más: la novela negra enseña a escribir en un lugar perceptible y claro, por lo general urbano. No puede existir en un lugar abstracto. Es otra influencia que permitió que yo abriera las puertas de mis textos al barrio en que vivía, en donde encontraba personajes novelescos, que se regían por una ética novelesca. Mi trabajo es un homenaje a esas personas.

Foto1: CUANDO LEYO Cien años de soledad , Pennac comprendió que los europeos tenían que volver a contar historias.

Foto2(portada): Con La felicidad de los ogros , Pennac inicia una trilogía de novelas protagonizadas por Benjamin Malaussne.

Destacado: No hay razón para que solo los latinoamericanos tengan derecho a una literatura hermosa

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