EL PODER DE LA DETERMINACIÓN

EL PODER DE LA DETERMINACIÓN

En un pequeño pueblo del interior del país había una escuelita que en épocas de frío intenso era calefaccionada con una estufa de carbón vieja y anticuada. Uno de los estudiantes más pequeños tenía asignada la misión de llegar muy temprano todos los días para encender el fuego y así calentar el salón de clases antes de que llegaran el maestro y sus compañeritos.

25 de julio 1998 , 12:00 a. m.

Una mañana al llegar al colegio, encontraron la escuela envuelta en llamas. Sacaron al niño inconsciente de los escombros calcinados. Estaba más muerto que vivo. Tenía graves quemaduras en el cuerpo, pero sobre todo estaba muy afectada la mitad inferior del cuerpo. Con muy pocas esperanzas de sobrevivir fue llevado al hospital de la región.

En su cama, el niño semiinconsciente oía al médico que hablaba con su atribulada madre. Le decía que lo más probable era que su hijito muriera en las próximas horas -él pensaba que eso era lo mejor que podía ocurrir-, pues el fuego había destruido para siempre sus extremidades inferiores.

Pero el valiente niño no quería morir. Decidió que a pesar de todo él quería vivir, no dejaría sola a su madre. De alguna manera, para gran sorpresa del médico, sobrevivió. Una vez superado el peligro de muerte, volvió a oír al médico y a su madre hablando en forma muy silenciosa. Dado que el fuego había destruido un gran porcentaje de la piel de la parte inferior del cuerpo, le decía el médico a la madre, habría sido mejor que muriera, ya que estaba condenado a ser inválido toda la vida, sin la posibilidad de una recuperación.

Una vez más el valiente niño tomó una determinación. No sería un inválido. Caminaría. Su madre tenía muchos sueños, él estaría a su lado para verlos convertirse en realidad. Desgraciadamente, de la cintura para abajo había perdido toda capacidad motriz, sus delgadas piernas colgaban sin vida.

Finalmente lo dieron de alta en el hospital. Como no tenían dinero para pagar las terapias de recuperación, su madre, con muchísimo amor le masajeaba las piernas, pero no había sensación, ni movimiento, nada. No obstante, su determinación de caminar era más fuerte que nunca.

Cuando no estaba en la cama, estaba confinado en una pequeña silla de ruedas que la escuela el había regalado. Una mañana la madre lo llevó al patio para que respirara un poco de aire fresco. Ese día, en lugar de quedarse sentado se tiró de la silla. Se impulsó sobre la grama, arrastrando las piernas.

Llegó hasta el cerco de postes de madera que rodeaba su humilde casa. Con gran esfuerzo se agarró de uno de los postes, y allí, uno a uno de los postes comenzó a avanzar poco a poco, decidido a caminar algún día. Diariamente hacía lo mismo, hasta hizo una pequeña huella en la tierra que rodeaba la cerca. Nada quería más en la vida que darle vida a sus dos piernas.

Transcurrieron dos años, hasta que al fin, gracias a los cuidados de su abnegada madre, su persistencia férrea y su resuelta determinación, desarrolló la capacidad, primero de pararse, luego de caminar tambaleándose y finalmente pudo caminar sin necesidad de agarrarse de algo, y después correr.

Empezó a ir caminando al colegio, después corriendo, por el simple placer de correr. Más adelante y gracias a sus excelentes calificaciones, pudo ingresar a la universidad, donde además de ser el más brillante alumno de medicina, fue uno de los deportistas más destacados. Hoy en día, aunque está radicado en el exterior, viaja en forma muy seguida a nuestro país para prestar ayuda médica los niños de escasos recursos económicos.

Si ese niño pudo hacer tanto con tan poco, qué podremos hacer nosotros para superarnos estando perfectamente bien?

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