NORMALIZACIÓN Y ALIANZA

NORMALIZACIÓN Y ALIANZA

El principal objetivo de la bien planeada visita del presidente electo Andrés Pastrana al presidente Clinton se ha logrado: el clima de las relaciones colombo-norteamericanas ha quedado despejado y la comunidad internacional ha recibido el mensaje, a escasas horas de su posesión, de que los dos gobiernos concuerdan en una serie de prospectos para desarrollar constructivamente, a sabiendas de las dificultades. Porque no se trata de un cambio de rosas. Pero la impresión eufórica que trasuntan las informaciones, de ambos lados, sobre el tono de las conversaciones de Washington, los gestos mismos, reflejan una satisfacción. Que deberá traducirse en secuencias programadas. Es la iniciación de una etapa que comienza con la normalización y se proyecta hacia una alianza, con modalidades propias.

06 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

La invocación, por el presidente electo Pastrana, de una especie de plan Marshall para nuestro país resulta oportuna, con las traslaciones de dimensión y contexto. Como lo señaló Peter Crose (en Foreign Affairs de junio del 97) para el cincuentenario de esta formidable iniciativa norteamericana para Europa: Desde entonces, las generaciones invocan al Plan Marshall como una especie de aura frente a problemas económicos y sociales a través del globo. Su filosofía fue ayudar a quien se ayuda, tras una hecatombe, beneficiándose simultáneamente, y asociando a las instituciones financieras mundiales y regionales.

Colombia atraviesa la más grande conmoción del hemisferio, aunque asordinada, y ha logrado mantener sus instituciones democráticas pese a todo. Nos hallamos en medio de una guerra multiforme y atípica en que a los estragos de un conflicto interior, ya endémico, se suman y entremezclan las secuelas del fenómeno del narcotráfico, que tiene como final de una cadena turbia, en enorme proporción, a los propios norteamericanos. Estamos apenas aprendiendo a manejar la descomunal asimetría entre las dos naciones.

En un período confuso, de redimensionamiento de la política exterior de los Estados unidos, postguerra fría. En que ya no hay alianzas automáticas y se ensayan modelos de estrategias, con estados pivotes regionales. El choque con un imperio del mal aparece sustituido por una sumatoria de escaramuzas con pequeños diablos perturbadores de los designios del gigante solitario, en cuya lista hemos estado. Y el impacto de las organizaciones no gubernamentales rivaliza con el tradicional influjo del Congreso. Ambos con voceros de intereses especiales , que conjugan la sectorialización y la globalización. Con la transparencia de su actitud, el presidente electo Pastrana (apoyado por sus futuros canciller, Fernández de Soto; ministro de Defensa, Lloreda, y embajador Moreno) ha logrado transmitir una posición coherente, sólida: el progreso en la lucha por la paz está unido al combate contra el narcotráfico. Hay una amenaza no simplemente a los dos establecimientos sino contra las sociedades, interrelacionadas. Y una serie de factores, en que la batalla por la vida, el auge del becerro de oro , las inequidades, son inseparables de respuestas eficaces.

El desafío para los colombianos es en alguna medida abrumador. Se trata de afrontar, sistemáticamente, la circunstancia de que la agenda internacional de fines del siglo XX se corresponde, casi sin excepción, con problemas en que estamos enmarañados. A los dos citados, se juntan la violación de los derechos humanos, la inobservancia del derecho humanitario, riesgos ecológicos, atentados terroristas.

La entrevista de Washington implica un paso correcto en la dirección no solo de la desnarcotización bilateral y de nuestras relaciones exteriores. Sino de sacar a Colombia de la categoría de país problema , de desestabilizador regional, de infractor de pactos de derechos y normas de conducta normales para los Estados. Nuestra participación como factor positivo es valiosa. Un país que hace parte de las definiciones de la agenda internacional es un país que cuenta en la construcción del orden global que emerge entre estremecimientos y reubicaciones. Sin olvidar que el telón de fondo, la inserción más favorable, menos desequilibrada, de Colombia en los círculos de la prosperidad pasa por imperativos categóricos. Una combinación sagaz del bilateralismo y el multilateralismo. El tratamiento justo a un pueblo. La potencialidad de nuestros recursos energéticos (la mitad de las reservas en disponibilidad para los EE.UU. están en Colombia y Venezuela) que nos tornan importantes, como el Medio Oriente.

No hemos aprovechado intensivamente preferencias comerciales, como las del Atpa para exportar más manufacturas, superar la dependencia de las materias primas y generar empleo. Los Estados Unidos también nos necesitan. Hay que saber jugar nuestra posición geoestratégica no solo para el comercio sino para edificar un sistema regional dentro del ajedrez global. Sobre la base de un genuino consenso interior para nuestra política internacional.

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