LOS EXTRANJEROS SÍ SE GOZAN A BOGOTÁ

LOS EXTRANJEROS SÍ SE GOZAN A BOGOTÁ

Por la cercanía de la fiesta, por la música escandalosa y por el canelazo humeante sobre las mesas de la plaza empedrada, Helena Gutiérrez pensó que aquello no era un funeral de verdad.

05 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

Y hasta imaginó que la pequeña caja blanca, rodeada por una familia enlutada en mitad de la iglesia del Chorro de Quevedo, contenía un muñeco o algo así.

Con los meses, comprendió que en Bogotá, como en el resto del país, la vida y la muerte comparten espacios muy cercanos con frecuencia inusitada, no como en Bilbao, en las montañas del norte de España, de donde se vino hace tres años para trabajar en la embajada de su país, en un programa de cooperación con Colombia.

La primera imagen que ella tiene de Bogotá es la muchos policías o militares en el aeropuerto. Y luego, las siluetas de los edificios que sus ojos escudriñaban, a las siete de la noche, desde la ventanilla del automóvil que la llevó a un apartahotel del norte.

Mucho antes, Veronika Winkler, una austriaca que venía a estudiar español, aterrizó a las seis de la mañana del 5 de agosto de 1985 en el aeropuerto Eldorado. La primera impresión fue que no había árboles en las montañas, y la ciudad en sí me pareció sucia y pobre , dice.

Y yo en que metí? fue lo primero que pensé , recuerda. Ahora, Veronika lleva el apellido Rodríguez antes del Winkler y disfruta viajar a su finca de Silvania en compañía de sus dos hijas y de su esposo. Creo que los extranjeros aprecian mucho más las cosas que hay acá más que los propios colombianos, y eso me hace muy triste , dice.

Ella, al igual que el Chileno Hugo Fazio, el mexicano Arturo García, el español Vicente Duñavéitia y otros miles de extranjeros llegaron despistados o asustados a Bogotá, y lentamente comenzaron a descifrar sus códigos.

Para ellos, la ciudad es caótica y desordenada, pero rebosante de vitalidad, de gente amable y bailadora, de música, de colorines, de sorpresas y de cosas tan espirituales como el clima, las montañas o un retazo de cielo azul.

Marc Augé, el antropólogo francés, de paso por Bogotá hace unos cinco meses, se fue encantado con la visión montañosa que enmarca el oriente. En Tokio, los japoneses ya no pueden ver el monte Fuji o el mar por los edificios , dijo el francés.

Para el ingeniero, Arturo García, quien trabaja con la firma ICA, es fascinante el cielo azul y la visibilidad de Bogotá porque en el Distrito Federal de México, donde él vive, el firmamento nunca se ve y, a veces, la contaminación no permite divisar a 500 metros.

Paredes terracota El chileno Hugo Fazio, quien ha vivido diez años en Colombia, con algunos intervalos por estudios en Europa, recuerda: La primera vez llegué como turista por dos meses. Me fascinó el clima, me encantó la vegetación en las cercanías .

Bogotá -dice Fazio- era una ciudad que no entendía, era una estructura muy extraña, no era ordenada como otras ciudades. Me demoré dos años en agarrarle el ritmo. Durante esos años, maldije la ciudad .

Fazio descubrió después que a pesar de su despelote la ciudad se vuelve terriblemente agradable, muy vivible, muy impactante, con una interesante vida cultural .

El tráfico y la inseguridad aparecen como los mayores miedos de los extranjeros entrevistados. La austriaca Verónika Rodríguez Winkler recuerda que la amiga que la recogió en el aeropuerto le dijo en el primer cruce: Saca la mano para voltear a la derecha .

Yo casi me toteo de la risa. No fui capaz de sacar la mano porque me sentía ridícula , recuerda toteada de la risa.

Vicente Duñavéitia, un español al que los colombianos a veces le dicen Chapetón , dice que manejó carro una vez en Bogotá y está seguro de no volver a intentarlo.

La posibilidad de encontrar un pueblo de clima cálido a una hora de viaje los seduce. A Helena Gutiérrez le gusta el centro. Me encanta ese sitio de caos. Hay tanta energía allí. Pero a las seis de la tarde hay una transformación, la gente se va marchando, aparecen más mendigos, sombras, y ya uno no se siente tan arropadito.

Todos coinciden en que una es la ciudad creada por las noticias y otra la que ellos viven. Helena Gutiérrez, por su trabajo, conoce sectores como Usme, Ciudad Bolívar y Bosa. Ella opina que en estos barrios la gente tiene un sentido de humanidad más acentuado que en sectores de mejor posición socioeconómica.

Los pueblos cercanos, La Candelaria, el cine, el teatro, el parque Nacional, la salsa, el vallenato, Usaquén y los puestos dominicales de mazorcas aparecen en el disfrute de los extranjero-bogotanos .

Algunos de ellos extrañan a Bogotá cuando salen del país. Helena Gutiérrez, que nació en una ciudad de fachadas estáticas, grises y blancas, dice que cuando regrese a Bilbao voy a tener la única casa con paredes interiores pintadas de amarillo, azul y terracota .

Y tendrá otro ingrediente colombiano: una perra sin pedigrí, de color blanco, que un hombre le puso en los brazos un día en la carrera séptima, y que ella bautizó con el nombre chibcha de la luna: Chía.

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