INSTALACIONES, ÚLTIMA MODA

INSTALACIONES, ÚLTIMA MODA

En los sesenta, los artistas norteamericanos y europeos crearon unos ambientes en donde estar, llenos de cosas donde la gente entraba y tenía percepciones variadas. A partir de entonces el espectador pudo formar parte de una obra. Génesis del performance, donde la gente trabajaba en torno a su cuerpo y con su cuerpo, que derivaría hacia las instalaciones. Estas fueron consecuencia de sociedades desarrolladas, donde los desechos industriales y los fragmentos empezaron a ser amontonados en montañas inmanejables y las calles se tornaron en espacio de cachivaches.

09 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

Esa disposición de materiales que la gente iba acumulando a la entrada de sus casas, en espera del carro de basura, generó atractivo para indigentes y las formas de amontonar el detritus de diferentes materiales madera, metal, cartón, textiles, plantas y hasta animales muertos tuvo atractivo plástico, aun siendo una acción inconsciente y, es obvio, sin sentido artístico, así lo tuviera plástico. Cuando los artistas, sobre esa base tan sórdida como las grandes ciudades, se robaron la idea del anonimato y empezaron a trabajar las instalaciones de manera racional, afectaron la escultura, hasta entonces de un solo cuerpo y una sola masa.

Porque las instalaciones eran de diferentes formatos, varias piezas de materiales diversos, se les puede caminar alrededor, se pueden penetrar, se pueden tocar, se les puede dar movimiento o cesarlo, se relacionan con un espacio y lo afectan, crean un contexto que roba sentido a la arquitectura y, además, sorprenden, generan polémica, agreden, cuestionan, hacen rascar la cabeza de desconcierto y saca conclusiones geniales de los tontos y a los geniales los hace sentir tontos. Con las instalaciones, la sensibilidad se aferra a la realidad inmediata de lo que sobra. Y así como hay quien se extasía con un edificio, una mole de concreto que desplazó un bosque, hay quienes tienen otra manera de experimentar sensaciones y se acercan con asombro a una estética ruda y radical, que no requiere de mayor contemplación, sino de una primitiva asociación de ideas que permiten pensar al espectador lo que éste a bien le dé la gana.

Esto es lo que primó en este XXXVII Salón Nacional de Artistas, auspiciado por el Ministerio de Cultura y por el Banco Ganadero, y que será clausurado mañana lunes. En once mil metros cuadrados de un pabellón de Corferias mostraron 150 obras de 130 artistas seleccionados a partir de nueve salones regionales de arte.

Los premiados El jurado, formado por Mónica Amor, Robert Morgan y Carlos Basualdo, otorgó premios a Wilson Díaz, Alejandro Ortiz y al Grupo Nómada. Cada uno recibió diez millones de pesos. Concedió Mención de Honor a Adriana Arenas, María Teresa Corrales, Gloria María Barrios, Carmen Espinosa, Alonso José Zuluaga y Juan Luis Mesa.

Wilson Díaz, 34 años, es de Pitalito, pero vive en Cali hace varios años. Su obra Fallas de origen, es la casita roja de Davivienda, en tríplex, pero en lugar de ventanas hay unos televisores por donde se pasa un video que reflexiona en torno a palacios, grandes construcciones, casas de interés social y villorrios, que conviven en la geografía de cada localidad. Afuera hay unas maticas de cocaína en bolsas negras que dan una idea de carácter ecológico. Wilson quiere llamar la atención sobre lo cotidiano, sobre una de las preocupaciones más recurrentes de los colombianos para hablar sólo de nosotros mismos, la angustia por tener casa propia. Ahora, lo de la casita roja, alude a un bombardeo de publicidad tan infame, que forma parte del hogar de los arrendatarios.

Alejandro Ortiz, 28 años, es de Medellín, pero ha vivido mucho tiempo en Bogotá. Su obra premiada, Sin título, es un enorme cuadro compuesto por piedrecitas de cascajo, uniformadas en cuadritos muy bien elaborados, donde paciencia, mucho tiempo, cientos de miles de piedrecitas y la intención de dar otro matiz de la geometría, son su cualidad. Puede interpretarse como un enorme tejido pétreo, una extensa ciudad, vista desde panorámica, en ruinas organizadas, el fin de un imperio precolombino, o un simple mar con olas uniformadas. Sólo piedra sobre piedra, espacio y paciencia valieron para su intención.

El Grupo Nómada, bautizado así porque la idea es de caminantes, aventureros, gente que está con la vida en todas partes, está formado por los estudiantes de la Universidad Nacional, Seccional Bogotá, Beatriz Eugenia Aristizábal (bogotana), Rafael Mora Bautista (de Pamplona), Maximino Aponte (de La Victoria, Valle) y Mario Parra (de Duitama). Su obra Rastros en el vacío, tiene más de performance, pero tampoco lo es exactamente. Colocan unas sillas y unas bases en un parque. Dejan por ahí un poco de hojas en blanco botadas. La gente pasa a pie, en bicicleta, en moto, en patineta, en lo que sea e inevitablemente las pisa. Ellos las recogen, recortan las huellas, las pintan y mandan imprimir en cartón, con estuche de pasta dura. La gente se arremolina, porque cree va a haber teatro o payasos. Y comienza un diálogo de recuperación de la memoria, un ejercicio donde la gente participa sin necesidad de hablar de sí mismos. Luego de varias horas de intercambio de reflexiones sutiles y sesgadas, los muchachos de Nómada regalan al azar las huellas perdidas. Difícil exponerlo con palabras. Más fácil verlos.

El jurado tomó una decisión que nadie se atreve a discutir. En esto de las instalaciones, es complicado decir cuál es mejor o peor. Hay algunos instaladores que gozan de respeto desde antes de este salón, como es el caso de Antonio Caro, Danilo Dueñas, Lucas Ospina y Carlos Salas. En el caso del salón, hubo otros artistas de mucho mérito, como Osmar Benjamín Solarte, Víctor Hugo Valencia, Miguel Bohmer, Valentina Hoyos, José David Lozano, Ana Claudia Múnera, Claudio Beltrán, Hernando Velandia, Luis Alberto Forero, Carlos Alberto Macías, Leonel Galeano y Viviana Angel.

Opiniones encontradas Artistas opinan sobre este salón y en general sobre el apogeo de las instalaciones.

Sergio Trujillo Magnenat, pintor: Eso no tiene ninguna importancia, no es nada, no le veo ningún valor plástico.

Omar Rayo, pintor, escultor, fotógrafo, grabador: Es válido dentro de un contexto distinto. No creo que sean obras de arte. Duchamp en su momento, hace 40 años, lo hizo y rompió con algo, hoy no rompe con nada. Demuestran que el arte está en crisis y sí, este debe estar siempre enfermo para poder crear, si está sano, se oxida y envejece. No las digiero, son de una sociedad de electricistas y plomeros. Una vez se acabe el Salón, se convierten en chatarra.

Armando Villegas, pintor: Son muy propias del tiempo que vivimos y cabe toda suerte de exploraciones y preguntas. El arte ha cambiado, desde el punto de vista expresivo. Es caprichoso, da rienda suelta a la creatividad de quien ejerce la postura de artista. Hay varias tendencias, la agresión visual y ver cómo los acepta el medio. El arte, a través de la historia, ha sido hecho por viejos. Cuando jóvenes, nosotros teníamos otra percepción de lo que son arte, oficio y técnica. Ahora desdeñan la armonía y la estética.

Beatriz González, pintora, investigadora y conferencista: Fallan en Colombia por lo técnico. En las instalaciones, desde un punto de vista genérico, hay buenas ideas, sensibilidad y buen sistema de asociación de objetos para producir un sentimiento o una idea expresada plásticamente. En nuestro medio no son agudas, no tienen razón de ser, son muy burdas.

Alberto Sojo, pintor: Tienen interés y cabida. Se ha convertido en una moda fanática, auspiciada por la administración oficial de las artes plásticas. No me gustan mayor cosa, pero eso no obsta para que transmitan emoción.

David Manzur, pintor: Hay instalaciones inteligentes y hay instalaciones tontas.

Nadín Ospina, pintor, escultor, instalador: Se han convertido en nuestro país, en recurso de moda de arte. Se ha vuelto una exigencia a los jóvenes para participar en concursos. No prima un criterio de calidad artística, sino el de estar ubicado en un proceder artístico. Hay cosas espantosas y una que otra buena. Lo peor, es que hay blandura, condescendencia y laxitud en el medio curatorial. En el futuro, el basurero del arte va a ser prominente, terrible patrimonio de objetos de valor estético.

Alvaro Medina, recién nombrado curador del MAM de Bogotá:~En las instalaciones cada cosa tiene su razón de ser y hay que entenderlas. Con relación a este Salón, la mayoría son malas y demasiadas, abruman y cansan al espectador, generan aburrimiento, indiferencia y saturación. En vez de 250, con 100 hubiera sido suficiente. Faltó selección y exigencia. Dentro de cinco años muchos expositores a quienes les recordemos este Salón, van a sonrojarse. Las instalaciones, como tal, son válidas, el problema es calidad. Personalmente me gustó mucho el trabajo de María Teresa Corrales, quien no fue premiada.

HOMENAJE A MANUEL HERNANDEZ Al tiempo con el Salón, fue condecorado por el ministro Ramiro Osorio con la Orden del Ministerio de Cultura, en dos enormes salas expusieron cuadros, bosquejos, fotos y comentarios sobre él y su obra, se publicó un libro de 96 páginas y se le hizo la venia como a uno de nuestros artistas más notables del siglo XX. Al frente de toda esta labor estuvo el joven maestro Danilo Dueñas.

Comenzó como todos pintando figurativo, pero la necesidad de expresar lo espiritual, lo esencial de su sensibilidad, lo derivó hacia lo abstracto. Me sentí más intenso y apasionado, sentí que el color puede ser más sólido y silencioso, que los factores podían ser revertidos.

Recuerda a La Vega, pueblo cundinamarqués, que lo impactó por las capas superpuestas que generan los cambios de clima. Anduvo por Chile, en el Tolima sintió que había encontrado su rumbo como artista, en Nueva York encontró en qué apoyarse, en Europa recorrió museos, conoció artistas y supo dónde estaba parado como profesional y como persona.

Buscando una presencia propia empecé a darle sentido a ciertos equilibrios de forma que podían significar de acuerdo con sus contornos. De esa manera se fueron constituyendo una serie de argumentos con gran celeridad, en un proceso que duró poco más de dos años. Llegué a mis signos y símbolos, después de muchos cambios, alteraciones, estudios, hasta llegar a contornos, tamaños, proporciones, equilibrios, puntos de apoyo.

Con apenas 70 años cumplidos este año, su obra se muestra extensa, intensa, fantástica y tremenda, en diferentes técnicas, incluyendo algunos murales.

Parte de su encanto está en esa tranquilidad, esa paz, ese misterio latente y suspendido que suscitan sus cuadros. Los colores varían según el ánimo del autor, pero en general son plácidos y cercanos al alcance de la virtud.

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