LUIS CARLOS MEYER: ETERNO TRASHUMANTE

LUIS CARLOS MEYER: ETERNO TRASHUMANTE

Con su primer apellido de origen alemán y su segundo francés, de Martinica, Luis Mateo Meyer Castandent nombre original del artista, según el abogado Carlos Casas Díaz creció con la inquietud de los espíritus andariegos.

19 de noviembre 1998 , 12:00 a.m.

Estancarse o moverse? Meyer parece que desde temprano ganó conciencia de la importancia de viajar, ese estado de alerta de todos los sentidos, de permanente aprendizaje, sorpresa e intercambio con otras gentes y culturas. Trajinada su Barranquilla natal, se lanzó a conquistar la capital colombiana y fue de los primeros que trajo a ella el sabor costeño.

Empezando el decenio del 40, anduvo por los salones de los hoteles Granada y Regina, por los altos del Teatro Municipal hoy jardines del palacio presidencial e incluso ya figuraba en la inauguración del Cabaret Florida, el jueves 11 de octubre de 1945, situado en la avenida Jiménez con la carrera octava, donde aparecía al lado del cubano Tino Ribal, Sandra Palmares y junto a la Orquesta de Lucho Bermúdez, a quien se exaltaba como el émulo de Lecuona y Farrés (Octavio Marulanda, Lecturas de música colombiana, volumen 2, Alcaldía Mayor de Bogotá, 1990).

Primeras grabaciones La posguerra parece que le permitió a Luis Carlos o Luis Mateo Meyer efectuar sus primeras grabaciones, consignadas así por el investigador y coleccionista Jorge Enrique Páez: Poquitico poquitico, de Nelia Gozque, y grabada en el sello Vergara con la orquesta de Juanito López; Se va el caimán con la inolvidable Atlántico Jazz Band de Guido Perla; Ingrata mujer con Milciades Garavito, y Vivan los novios y Santa Marta, grabadas en Chile con la Orquesta de Francisco Cristancho.

En el año de 1949, Meyer se presenta en Panamá y regresa por corto tiempo a Barranquilla pues ya tenía contratos en Centroamérica. En México vigorizó el aliento y alcanzó su punto más alto cuando registró con la RCA Victor, respaldado por la orquesta de Rafael de Paz, que aún suenan vigorosos, elaborados y sabrosos. Interviene en algunas películas en esa época imborrable del cine mexicano. Resuenan por toda América sus creaciones más reconocidas: Micaela, El hijo de mi mujer, El gallo tuerto (José Barros), La cumbia cienaguera (Luis Enrique Martínez) y La historia, de Rafael Escalona.

El suicidio artístico Desconozco la equivocada decisión que lleva a Meyer a trasladarse de México, donde lo tiene todo, a la vida azarosa de Estados Unidos y Canadá, adonde se va a partir de 1958. Si bien es cierto que actúa en teatros, cabarets y restaurantes tales como Hispano, Chico, Chateau Madrid y Fantasy, en Nueva York, va en declive imparable. Muchas personas aseguran que incluso trabajó con el famoso Xavier Cugat, pero no hemos podido encontrar ninguna grabación con el artista catalán.

Fueron quedando atrás los carros de lujo, las joyas, los trajes de lino, los guantes y las maracas todos blancos que lo hacían lucir más espectacular en sus presentaciones siempre fogosas. Progresivamente bajó el perfil, y las grabaciones si las hubo se volvieron más esquivas.

El maestro Alvaro Dalmar me contaba que, al final de los años 60, Meyer que no lo conocía personalmente lo llamó por teléfono para solicitar ayuda como paisano. Le regalé mi guitarra muy fina, porque estaba varado y no pude hacer más por él, pues tampoco lo volví a ver . Jorge Enrique Páez afirma que, de hoteles estelares, pasó a vivir al Hotel Empire (sin estrellas) y desempeñó oficios humildes y mal remunerados.

En esta etapa melancólica ni siquiera cantaba boleros y su vida lo que parecía era un tango. En 1980, para remacharle su desgracia, la salud empieza a abandonarlo cuando le entra una flebitis que le trae problemas para caminar. Lo demás es historia conocida, que culminó el día 7 de noviembre de 1998, con su muerte ocurrida tres meses después de su frustrado retorno a Barranquilla, aventura que solo duró cinco días y dejó un hermoso libro del Ministerio de Cultura que servirá para revivir su obra perdurable.

Fuentes: Alvaro Dalmar, Jorge Enrique Páez, Javier Castaño, Carlos Casas Díaz, Octavio Marulanda.

FOTO: Archivo/EL TIEMPO CASI AL FINAL DE SU VIDA, los ojos de los colombianos se volvieron hacia la figura de Meyer, una de las glorias musicales del país.

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