QUIÉN DEFIENDE LOS HUMEDALES

QUIÉN DEFIENDE LOS HUMEDALES

A primera vista son caños pestilentes. Acostumbrados como estamos por la televisión al modelo del lago suizo con cisnes y bateaux-mouches plagados de turistas japoneses, los humedales que aún sobreviven en Bogotá, con sus juncales y sus aguas taponadas por el buchón, no responden al esquema de belleza escénica que obsesiona a quienes quieren reproducir en Bogotá los parques que conocieron en sus viajes a París y Nueva York.

04 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

Pero basta caminar un rato por los alrededores del humedal de Niza o visitar el humedal de La Conejera para darse cuenta del pequeño paraíso que encierran estos santuarios de fauna, a pesar de la creciente contaminación de las aguas y del cerco implacable de la cultura del asfalto.

Antes fueron urbanizadores piratas y legales quienes los atropellaron. Ahora son los nuevos proyectos de desarrollo que pretenden transformar en parques y ciclovías los pocos humedales que aún sobreviven en el Distrito, sin hablar, claro está, del humedal de La Conejera, condenado a desaparecer cuando se inicien las obras de la Avenida Cundinamarca y le atraviesen un puente en el lugar exacto donde se encuentran los juncales mejor conservados de este ecosistema.

Nadie niega que Bogotá se ha favorecido en gran forma con sus grandes proyectos de recreación masiva. El parque Simón Bolívar y el sistema de ciclovías son ejemplos de ello. Pero la llamada recreación pasiva también merece una oportunidad. De la misma manera que mucha gente disfruta con los aeróbicos callejeros y la aglomeración de la ciclovía, estudiantes y ciudadanos de todos los estratos sociales sacan provecho de la contemplación y la conservación de estos ecosistemas que están a punto de desaparecer de la Sabana de Bogotá. Además, humedales como el de La Conejera son un ejemplo concreto de convivencia pacífica entre la vida urbana y la vida silvestre. En este humedal, además, se ofrecen a escuelas y colegios programas de educación ambiental.

La conservación de ecosistemas no es un capricho de señoras histéricas o de los oligarcas de un barrio, como a ratos insinúa el alcalde. Es una responsabilidad y un deber ético de la sociedad y, por ende, de quienes dirigen sus destinos.

Tal vez suene romántico que a estas alturas del siglo XX todavía se piense en aves migratorias y en especies endémicas que se encuentran en vías de extinción. Seguramente es así porque estos temas no los enseñan en los posgrados de Harvard donde se educan los tecnócratas que tienen en sus manos el futuro de esta ciudad y de este país.

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