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ESTANCAMIENTO RECURRENTE Y DESEQUILIBRIOS INSTITUCIONALES

ESTANCAMIENTO RECURRENTE Y DESEQUILIBRIOS INSTITUCIONALES

En los medios económicos se ha celebrado con explicable regocijo que hubieran cesado las operaciones especulativas, las crisis inducidas de nervios y los síntomas de inquietud en los mercados colombianos de valores y divisas. La elección presidencial habría hecho el milagro de serenar los espíritus y de revivir la confianza. No obstante, habiendo excedido el fenómeno los lindes de lo sicológico, la procesión ha continuado por dentro, socavando las bases y estructuras de la economía nacional.

Con más optimismo que realismo se anunció el desplome de las tasas de interés y de cambio. En cuanto a las primeras, si bien descendieron las de los préstamos de emergencia del Emisor a los bancos, su reducción no repercutió en el costo de los créditos ordinarios ni probablemente en la reanudación plena de sus desembolsos. De esta suerte, la economía siguió en trance de parálisis, con abundancia de concordatos empresariales, de licenciamiento de personal y de obligadas daciones en pago al sector financiero, que así va pasando de los intensamente gozosos a los imprevistamente dolorosos.

En vano se le supuso beneficiario sin término de la exorbitante carestía de los préstamos y de los grandes márgenes de intermediación. Tarde o temprano sufriría las consecuencias del infortunio persistente del sector real. A juzgar por las perspectivas de sus balances en el semestre, esa hora ha sonado, a pesar de la recuperación económica del primer trimestre, prematura e inmerecidamente frustrada, como la de comienzos del año pasado. Erigidas las tasas de interés en instrumento supremo de la política monetaria, y las recesiones en estrategia para contener la inflación al igual que la devaluación, han venido causando estragos inocultables y sumiendo al país en recurrente estancamiento.

Los pronósticos sobre el crecimiento económico en el curso de 1998 han debido bajarse de 4,5 por ciento a precario 3 por ciento en el mejor de los casos. Arúspices profesionales, reputados por su seriedad, lo calculan en 2 por ciento para 1999. La famosa bonanza petrolera se nos ha ido de las manos por el fuerte descenso de los precios en los mercados del mundo y por otros motivos de índole distinta. Mientras tanto, se desploman las cotizaciones del café y se pierde el rumbo del fomento a las exportaciones no tradicionales. Adicionalmente, el sacrificio de la producción nacional agrícola y manufacturera, sumado al desaliento de otras actividades constructivas, no iba a carecer de adversas implicaciones en el ritmo económico y en las oportunidades de empleo.

Los primeros pasos del nuevo gobierno dan trazas de ir a concentrarse en el apretón fiscal y en el reordenamiento de las finanzas públicas. Para prevenir tristes decepciones, advirtamos que el debilitamiento de la economía se traducirá en desmedro de los ingresos rentísticos, en la misma forma como ha ocurrido en el Japón y a la inversa de lo acontecido en Estados Unidos. La fase recesiva de nuestra propia economía confirmó esta regla inevitable. En el Tesoro Público se refleja, quiérase o no, el deterioro de la actividad productiva.

Riesgos de vivir a debe Se pretendió ignorarlos cuando se hizo la apertura indiscriminada hacia adentro y se preasignaron las rentas públicas sin considerar sus limitaciones. Soñando con la bonanza petrolera y confiando en la aquiescencia indefinida de los prestamistas internacionales, se montó un esquema de comercio y consumo similar al de la Arabia Saudita o al de la época dorada de la prosperidad venezolana. No se tuvieron en cuenta la seguridad alimentaria consagrada en la Constitución, ni el empleo que proveía la producción de comida.

De pronto, a pesar de tanto señalarlo, los exégetas de dicha situación descubren que el país vive a debe, obligado a absorber con préstamos crecientes los déficit del Erario, de la balanza comercial y de la cuenta corriente de la balanza de pagos. No ha sido un accidente. Ha sido toda una estrategia. Créditos se otorgan para mantener los consumos de productos foráneos y, desde luego, para suplir la deficiencia de las rentas públicas en relación con los compromisos de gasto estatuidos inflexiblemente en normas constitucionales y legales.

La vigencia de un modelo común en América Latina hace que sus países compartan reveses y tribulaciones. La caída del precio del petróleo elevó en México su déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos a diez mil millones de dólares, nivel semejante al de Argentina. De treinta y dos mil millones el del Brasil y de cinco mil cien millones de dólares el de Chile, levemente inferior al de Colombia en 1997, de cinco mil quinientos millones. Impresiona observar cómo Corea del Sur, en medio de su actual crisis, aparece con superávit en cuenta corriente de nueve mil cien millones de dólares y de dieciséis mil millones en su balanza comercial, según las estadísticas de The Economist .

No parece factible poder manejar con éxito estas circunstancias comprimiendo la economía nacional a golpes recesivos de tasas de interés en el interior y de créditos externos que toca servir y pagar. Si el destino de Colombia no ha de ser el del estancamiento y los conflictos sociales crónicos, habrá que estudiar soluciones más justas y eficaces. A tono con las características del problema y en el entendido de que respecto del déficit fiscal se ha esbozado un programa de efectos graduales, a primera vista inteligente y necesario.

A este propósito, convendría hacer un inventario de lo que hay y de lo que no hay. Las profusas resoluciones que exigen la suscripción de bonos de seguridad e imponen penas a quienes ya la hicieron inducen a pensar que no se sabe exactamente el paradero de los dineros respectivos. Serán estos insospechado bien oculto? En tal hipótesis, ahí habría una guaca apreciable para comprar zapatos, vituallas y otras cosas a los soldados de la patria

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