NO MÁS LAGARTOS

NO MÁS LAGARTOS

Jartísimos. Tipos acostumbrados a colarse en cuanta reunión social les es posible. Sujetos que alaban a sus semejantes, inventan historias con personajes famosos, tratan mal a personas que creen inferiores y aprovechan los pocos medios en que les dan cabida para darse bombo .

28 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Y como hoy estoy algo frivolón, voy a dedicarles unas cuantas líneas.

Nadie está a salvo de estos seres , me decía ese amigazo, buen compañero, respetuoso, amante del arte, las bellas damas de más de 35 años, el buen vino y la buena cocina, ese prohombre llamado Santo Vacile, durante un coctel en la casa de Carmencita Echeverry Brigard de Pombo y Urrutia con unas gotas de Gonzaga pero con algo de Rodríguez y mucho Apuleyo.

Es que nosotros, el inepto vulgo, como yo le solía decir al cartagenero, amigazo, buen compañero, respetuoso, amante del arte, las bellas damas, el buen vino y la buena cocina, Alejandro Obregón, en esos días en que yo le propuse que no siguiera pintando carboncillos a la entrada de las ferias y le garabateé un cóndor en una servilleta, estamos condenados a lidiar con estos personajes.

Precisamente, les escuché a dos personas, mientras me comía un delicioso rollito de carne y me tomaba un whisky con hielo durante una recepción, que estos tipos se dedican a beber, a perseguir los pasabocas y a oír conversaciones ajenas para luego contarlas con el mayor descaro.

Me contaron que es común verlos, pañoleta al cuello, pachulí bajo la axila, trajeado traje de paño inglés o-ri-gi-nal de Saville Row, ojos en escotes femeninos, manos arriba, calzones abajo, hablando de los éxitos que algún día tuvieron y que los transformaron en esos reptiles que viven entre las piedras, en los bosques, prados y reuniones sociales.

Y es que solo los tipos inteligentes, agraciados, simpáticos y muy sencillos son aquellos que pueden permanecer incorruptibles. Por ejemplo, y para no ir más lejos, yo.

Porque, a pesar de ser un poco frivolón ( free-bolón?),UN TANTO AGRESIVO, aún me acuerdo de cuando yo era chiflamicas en San Gil, antes de conocer a las señoritas Pombo, de ver la buena vida, de volverme cachaquísimo, y muchos años antes de que el Nobel de literatura, amigazo, buen compañero, respetuoso, amante del arte, las bellas damas, el buen vino y la buena cocina, Gabito, me preguntara si valía la pena sacar Cien años de soledad (tengo que confesarlo: yo me arrepiento de no haberle hecho el prólogo, a pesar de sus ruegos).

Pero, bueno, así es la vida, y a pesar de nuestros esfuerzos estamos seguros (junto a todos mis amigazos del alma, buenos compañeros, respetuosos, amantes del arte, las bellas damas, el buen vino y la buena cocina... el lector escogerá el que quiera) de que tendremos que seguir encontrándolos, todas las semanas y a toda hora, en cuanto coctel estemos nosotros.

Yo quiero pedirle(s) disculpas a mi(s) lector(es) por tratar un tema tan banal y sin sentido en esta columna. La próxima semana yo volveré a mis temas habituales: el reinado de Cartagena, el Alcalde de Bogotá, qué películas de cine no me gustaron, Enrique Peñalisa, mi vida en San Gil, los escotes de mis amigas en los cocteles, y el señor que ocupa el segundo cargo público del país.

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