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DIME CÓMO JUEGAS...

DIME CÓMO JUEGAS...

Algunos encuentran muy bonito y muy literario eso de que cada país juega como vive. A mi eso me huele a manteca rancia retórica. A Valdano y a Maturana. Pura filosofía de botica.

Si eso fuera cierto, los italianos jugarían al fútbol con el encanto y la elegancia con que se visten. Ese fútbol tendría la opulencia sonora de la lengua que hablan.

Si el fútbol que juegan los italianos se correspondiera con el carácter artístico e imaginativo de ese pueblo, en el equipo de Maldini no habría puesto para gentuza como Bergomi, Cannavaro o Costacurta, que son seres de la caverna...

Es una vergenza que el fútbol italiano emplee el garrote del camorrista y desprecie el pincel del pintor. No se puede entender que jueguen Di Livio y Pesotti y dejen en el banco a Del Piero, jugador sublime, o a Roberto Baggio, príncipe triste y sin palacio.

También la Italia del Renacimiento tenía al mismo tiempo el pincel de Miguel Angel y el veneno de los Borgia. Los gringos, por su parte, nos quieren vender la ilusión de jugar un fútbol que es réplica perfecta de su sociedad: un crisol de razas, una aventura de pioneros.

Hace cuatro años, el símbolo de esa América del soccer era Alexis Lalas, con su chivera de freak y su abuelo venido del Peloponeso. Y con un aire tan imperial como el que puede tener un agente de la Coca Cola.

La ilusión duró un solo verano. Ese fútbol no es imperial ni se juega con el espíritu de los buscadores de oro que fueron a Alaska. Tampoco refleja la multiplicidad de razas que han hecho grande a los Estados Unidos, pero han creado confusión en su selección nacional.

Los futbolistas gringos que vinieron a Francia se parecen demasiado a los soldados que mandó el Tío Sam a la Primera Guerra Mundial. Ingenuos, jóvenes y fuertes, marchaban hacia el frente, hacia la muerte, cantando en coro las canciones de un bar de Chicago.

Si fuera verdad que el fútbol se juega como se vive, como lo pregona la elocuencia microfónica de Valdano y Maturana, el que practican los paraguayos repetiría las suaves cadencias de sus guaranias. Sería azul como un lago y no rojizo como una fragua.

Si el fútbol se jugara como se vive, los ingleses nos ofrecerían todo lo refinado y rancio que ha inventado y cultivado con amor el gentleman y no ese fútbol ramplón, sin neuronas ni sentimiento. Velocidad pura. Musculación sin gracia. Algarabía de pub.

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