CERCA DEL DIÁLOGO, LEJOS DE LA PAZ

CERCA DEL DIÁLOGO, LEJOS DE LA PAZ

Muy loable la intención del presidente electo de desbloquear el proceso de paz a través de un gesto tan audaz como la visita a los comandantes guerrilleros de las Farc en sus propios campamentos. Con justicia ha recibido el apoyo esperanzado de los colombianos. Sin embargo, un acto de esa dimensión tiene unos alcances muy importantes, que es preciso analizar.

02 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

Para empezar, esta visita significa para las Farc su más importante logro político en casi cuarenta años de lucha insurgente. Es su reconocimiento como una realidad política y militar incontrastable, que en muchas regiones del país le disputa la legitimidad al Estado nacional. Además, el que hubiera ocurrido después de obtener sus más grandes éxitos militares en Las Delicias, Patascoy y El Billar, les otorga una significación mayor: sin duda, las Farc se encuentran en el mejor momento político y militar de toda su historia.

Tanto, que es difícil pensar que vayan a abandonar, precisamente ahora, la posibilidad de seguir avanzando en ambos terrenos. Aun cuando, eso sí, el logro ha sido de tal dimensión que, incluso, podrían abandonar temporalmente la pretensión de imponer un intercambio de prisioneros de guerra con el Estado. El reconocimiento como ejército insurgente, que pensaban obtener con ese intercambio, ya lo obtuvieron con la visita del presidente electo.

Pero la lógica del desarrollo de esta organización es avanzar hasta donde sea posible en cada coyuntura histórica. Y este es el mejor momento para seguir acumulando fuerzas. Por esto, paradójicamente, el encuentro de Pastrana con Marulanda y Briceño nos pone más cerca de la mesa de negociaciones, pero seguimos lejos de la paz.

Las Farc tienen ahora la legitimidad política suficiente para arrancar en firme la segunda fase de sus planes estratégicos, cuyo inicio fue aprobado en una multitudinaria cumbre guerrillera realizada en diciembre del año pasado, y que en el terreno militar tiene como propósito alcanzar en el mediano plazo cuatro o cinco años la conformación de cien frentes de combate y una fuerza de treinta mil hombres en armas. Como son gente seria, que sabe para dónde va y que cumple lo que se propone, estos planes hay que tomarlos en serio y asumirlos como parte de las realidades de la guerra. Aun cuando no ayuden a alimentar las ilusiones de paz.

La ventaja a largo plazo que obtuvo la guerrilla con este encuentro es compensada con el beneficio a corto plazo para Pastrana: le ha permitido tomar directamente en sus manos, aun antes de posesionarse y por su intermedio, claro, al Estado las riendas para la reanudación del proceso de diálogo, que se habían perdido durante los últimos cuatro años.

Pero también el país comparte una ganancia con la insurgencia: el encuentro representa el fin de la narcoguerrilla . Se ha desplomado el discurso que equivocadamente ha identificado a la guerrilla con un cartel de la droga, o con simples bandidos. Este discurso ha sido agenciado internamente por el Ejército Nacional y, en el exterior, por sectores de la derecha norteamericana. Después del encuentro del presidente que ha sido elegido con la mayor cantidad de votos de la historia del país, con los comandantes que representan el pasado y el presente de las Farc, seguir utilizando ese discurso y esos términos descalificadores equivaldrá en adelante a cuestionar la legalidad y la validez de los actos del presidente de los colombianos.

Aunque para la guerrilla la ganancia es obvia, en cierto sentido también esa es una ganancia para los colombianos, en tanto nos permita comprender de manera más cabal la verdadera naturaleza del problema insurgente y la real dimensión de la amenaza que representa.

Punto aparte merece considerar la incidencia del encuentro en el Ejército Nacional. Sin duda, no será de fácil asimilación ese abrazo entre su próximo comandante en jefe, Pastrana, y los comandantes de los insurrectos, que lo han vapuleado tan duro, tan reiteradamente y sin excusas, en hechos que se han constituido en las mayores catástrofes de toda su historia. Esa asimilación comprensiva sería más viable si las Farc empezaran a mermar su accionar militar, pero esto es desafortunadamente lo menos posible, porque ellas no van a dejar de cumplir sus planes estratégicos por un abrazo con el Presidente.

Una ofensiva militar de la guerrilla en estos momentos probablemente encontraría a un Ejército confundido y perplejo. Lo que lleva a pensar que en una guerra, este tipo de gestos simbólicos son más beneficiosos para la parte que va pasando por un buen momento militar, porque ella puede entenderlo como un reconocimiento a su propia fortaleza, que para la que tiene dificultades en este aspecto, porque la otra parte puede interpretarlo como un síntoma de debilidad. En este sentido, la urgencia más apremiante sería hacerle entender al otro, con hechos, que generosidad no significa debilidad.

De manera irreversible, el encuentro entre Pastrana y Marulanda cambiará la forma como los colombianos vemos a la guerrilla, y esto es positivo, pero también la forma como la guerrilla se ve a sí misma, y esto es inquietante.

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