DE HORACIO A FABIO Y VICEVERSA

DE HORACIO A FABIO Y VICEVERSA

Horacio Serpa Uribe y Fabio Valencia Cossio. Dos exponentes prototípicos de la clase política. Y de lo que, en mi opinión, ésta tiene de valioso y respetable.

02 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

Porque no todos los políticos son como Name o Guerra; como Lucio o Marta Catalina. Hay quienes han sabido reivindicar un quehacer el de la política como vocación y como oficio. Y demostrar que una y otro se pueden ejercer dignamente.

Serpa Uribe y Valencia Cossio representan, cada uno a su manera, con sus propios orígenes y perfiles personales santandereano o antioqueño; con sus trabajadas trayectorias partidistas, en el liberalismo o el conservatismo; con sus aureolas de caudillos regionales y, si se quiere, clientelistas; con todo esto, uno y otro personifican lo mejor de esa clase política que ha labrado en el barro, se ha hecho a pulso y se ha ganado un liderazgo.

Porque están por fuera del lote de los políticos , que el país ha aprendido a despreciar. Porque pese a que hayan participado de los vicios que de tiempo atrás envilecen la política colombiana, han sabido distanciarse y distinguirse.

Expresan una especie de vanguardia; una forma depurada del inevitable clientelismo, y un rigor que los diferencia de otros gamonales regionales simplemente corruptos, o sencillamente ineptos. Tienen, también, una extracción que los entraña con lo popular.

No son en todo caso paracaidistas, ni políticos de ocasión. Luminarias figuras coyunturales, que periódicamente aparecen como fugaces símbolos de renovación o pureza, pero sin la militancia, la trayectoria y esa larga brega por el fango y el polvo...

Serpa, el hijo del tinterillo y la maestra. El liberal de izquierda, graduado de abogado en Barranquilla (donde conoció a la formidable mujer que lo acompaña); que ejerció de juez por el Magdalena Medio y se formó como político en la roja y tórrida Barranca.

Fabio Valencia Cossio, el niño descalzo del barrio Aranjuez de Medellín; el hijo del maestro y la campesina; uno entre 11 hermanos ( todos muy bien colocaditos , como él mismo lo proclama), convertido a punta de tesón y dedicación en fenómeno político del conservatismo.

* * * * * Hoy, jefes naturales de sus respectivos partidos. Y, como tal, rivales nítidamente enfrentados. El uno arriba y el otro abajo. Por ahora.

Horacio, derrotado y vapuleado. Como candidato presidencial del samperismo (quién le manda) y, luego, en la elección de directivas del Congreso. Falta ver si pierde también la jefatura del Partido Liberal.

Y Fabio Valencia, triunfador por todos lados. El arquitecto de la decisiva votación de Antioquia. El político que supo capitalizar al detalle el triunfo de la presidencial y, sobre todo, la falta de disciplina, convicción y principios del Partido Liberal.

Horacio Serpa ha demostrado entereza ante las sucesivas derrotas. Ojalá no se achicopale. Sigo pensando que es la figura más idónea para liderar la oposición política que necesita Colombia, si algún día ha de ser una democracia seria. Con un partido (movimiento o coalición) en el poder. Y otro por fuera de él. Que cuestione y fiscalice al gobierno de turno. Que no trague entero y que no se venda por un plato de lentejas.

Como van las cosas, ese partido difícilmente podrá ser el liberalismo actual. Una dispersa montonera de apetitos voraces, ideológicamente castrada y moralmente postrada. A la que se le olvidó lo que era estar en la oposición. Donde se hizo grande y popular. Tal vez porque hace cincuenta años no la ejerce y sus jefecillos actuales Catalinas, Guerras, Names solo conciben la lucha política como la mejor forma de beneficiarse ellos del Estado.

Si Serpa asume con verticalidad ese papel histórico, puede estar seguro de que no lo acompañará la mayoría de esa clase política que nada tiene que ver con lo que alguna vez hizo grande al Partido Liberal.

Se podría pensar que al hoy jefe único del liberalismo le llegó el momento del tránsito purificador. Para liberarse del lastre que carga y lo hunde. La travesía por el desierto, que es fácil recomendar cuando no le toca a uno.

Pienso en la zaga de un Luis Carlos Galán. Partir de cero. Reconstruir desde abajo. Recorrer el país, municipio por municipio, año tras año. Depurar. Reencontrar las raíces sociales. Serpa tiene el carisma personal, la llegada popular y aún la credibilidad para hacerlo. Veremos.

Del derrotado candidato liberal sabemos que alcahueteó, que defendió lo indefendible, que confundió el sentido de la lealtad, que fomentó sin pudor el lentejismo del cual se queja ahora, cuando está pagando el precio de todos sus errores.

Pero también se sabe que esas embarradas no las cometió para aumentar su patrimonio, sacar tajada de un contrato o comprarse un apartamentico en Miami.

* * * * * Lo mismo puede decirse de Valencia Cossio, a quien con esa fama de clientelista y maquinador, nada le han sacado. Ni siquiera cuando ejerció como jefe conservador del antisamperismo en medio de un clima político tan polarizado y virulento.

Con tántos flancos vulnerables, tántos hermanos tan bien colocados (uno nada menos que de gerente de las Empresas Públicas de Medellín), es por lo menos diciente que ningún samperista hubiera arrimado su modesto encendedor a tan voluminoso rabo de paja.

Horacio Serpa y Fabio Valencia encarnan, en fin, la clase de políticos de profesión que necesita el país. Que en medio de esta olla de corrupción y violencia; que en la ensangrentada y abusada Colombia de hoy, donde la política se ha convertido para tantos en fuente de enriquecimiento personal, ellos puedan mostrarse como son, es algo digno de resaltar.

Como políticos, son de lo más sólido y serio que tiene este sistema. Los que mejor podrían enfrentar el día que llegue la paz a los Jojoy, Gabinos y Castaños. Cuando se sobreentiende hayan cambiado el fusil por la urna.

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