EL DOLOR DE YA NO SER

EL DOLOR DE YA NO SER

Durante y después del Mundial se confeccionaron cientos de equipos ideales del campeonato, un atractivo juego periodístico y, en especial, una propuesta que seduce a todos los hinchas. Quién se resiste a formar su propia selección mundial?

02 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

En el fárrago de equipos ideales constituidos por la Fifa, los diarios, las revistas y algunas celebridades como Pelé, Cruyff o Beckenbauer se advierte un curioso y muy significativo detalle: no hay ningún jugador brasileño. Más sorprendente todavía porque Brasil fue el subcampeón del mundo. La Seleao disputó todas las Copas, y desde 1938 cuando apareció Leónidas, El Diamante Negro , siempre hubo algún fenómeno en sus filas digno de integrar la superselección. Zizinho en el 50, Julinho en el 54, Pelé y Garrincha en el 58, Garrincha nuevamente en el 62, Djalma Santos en el 66, casi todos en el 70 Así sucesivamente hasta Romario en el 94.

Y en el 98, quién? Nadie. Algunos, tímidamente, intentaron incluir a Roberto Carlos, más por nombre que por rendimiento. Roberto Carlos es un futbolista poco inteligente, aunque, eso sí, con una potencia física y un remate excepcionales. Apenas discreto en la marca pero peligroso en ataque. Sin embargo no hizo un sólo gol, no creó ninguna jugada de riesgo en siete partidos y terminó mal prácticamente todas las jugadas de Brasil por la banda izquierda. Centros por detrás del arco, remates desviados, pases sin destino... Sólo hay que volver a mirar los videos.

El francés Lizarazu, por citar sólo un ejemplo, fue un león defendiendo y una topadora atacando. Sucede que no parecería lógico incluir siete jugadores franceses en una Selección Ideal. Porque también están Barthez, Zidane, Deschamps, Thuram, Desailly, Petit Hubo quienes, sin mucha seriedad, incluyeron a Rivaldo o a Cafú. Otros fueron más lejos e insistieron con Ronaldo. En cualquier formación sustentada con fundamentos sólo podría haber tres sudamericanos, tres paraguayos: Chilavert, Gamarra y Celso Ayala. Y pierden en la comparación con otros porque disputaron sólo cuatro encuentros.

La explicación a esta ausencia de talentos brasileños es que hace tiempo Brasil ha dejado de apostar al talento. Los aficionados, más por ilusión que por convicción, siguen viendo detrás de cada camiseta amarilla las diabluras de Garrincha, el genio de Pelé, la cintura de Tostao, la clase de Gerson La realidad, sin embargo, es bien distinta. Brasil se ha transformado en un equipo utilitario, conservador y sin brillo individual ni colectivo. Aun es competitivo porque siguen surgiendo jugadores y porque existe una genética y una historia que los lleva hasta la final más por inercia que por méritos.

A Brasil le está sucediendo lo que a Argentina le ocurrió hace ya tiempo: la pérdida de su identidad y de sus valores históricos. Si a Argentina le pusiéramos una camiseta verde y no conociéramos los nombres de sus jugadores podríamos decir que es un equipo finlandés, o búlgaro, o italiano. El único que parece argentino es Orteguita. El otro argentino-argentino del Mundial fue Trezeguet, que mostró su origen al bajarle de cabeza la pelota a Blanc contra Paraguay. Eso lo hace un pibe argentino.

Ya en 1978 Brasil fue conducido por Claudio Coutinho, el precursor de los preparadores físicos convertidos en técnicos. Primer síntoma preocupante. Luego se volvió a las fuentes con Telé Santana. Pero sus selecciones, dos máquinas de jugar fútbol, no pudieron ganar los Mundiales de 1982 y 1986 y ahí nació la corriente de que había que acabar con el jogo bonito . Entonces comenzó la era de los retranqueiros: Sebastiao Lazaroni en el 90, Parreira en el 94 y Zagallo ahora.

Brasil ha ingresado en la era de adoración a Dunga. Está todo el país enamorado del gran capitán. Tan enamorado que hasta se habla seriamente de ofrecerle la dirección técnica para el 2002. Lazaroni había dicho, a fines de los ochenta, que el fútbol-arte de Brasil se había terminado y se iniciaba la era Dunga . Luego, el ex presidente destituido por corrupción Fernando Collor de Mello afirmó que el arquetipo del hombre brasileño debía ser el futbolista Dunga por su esfuerzo y perseverancia . Y si siendo todavía jugador nadie se atreve a tirar una gambeta delante de sus ojos, mejor no imaginar a Brasil cuando Dunga sea el técnico.

Los tres entrenadores de mayor reputación actualmente en Brasil son Antonio Lopes, del Vasco, un resultadista a ultranza; Paulo Autuori, del Flamengo, un preparador físico que fue conductor del horroroso Cruzeiro campeón de América 1997, y Luiz Felipe, del Palmeiras, un hombre que privilegia los sistemas y las marcaciones rígidas. Curiosamente, mientras los sudamericanos dejamos de ser lo que somos, los europeos imitan nuestro pasado. Holanda fue el rey del toque. Y Francia dio cátedras de buen fútbol.

El efecto Dunga está instalado y reina sin oposición. Pero su acción podría causar daños irreparables en la más maravillosa expresión de juego que hayamos conocido: el fútbol brasileño.

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