JOSE MANUEL MARROQUÍN 1827-1908

JOSE MANUEL MARROQUÍN 1827-1908

Hace cien años estaba Colombia viviendo una de las más dramáticas entre las numerosas crisis que ha padecido desde la Independencia hasta nuestros días. Hacía cuatro años que Núñez había muerto en Cartagena, vencido y amargado por la realidad inexorable de haber tenido que entregar su obra en manos de los conservadores, y especialmente de Miguel Antonio Caro, sin duda el más recalcitrante de todos.

02 de agosto 1998 , 12:00 a.m.

Yo siempre he visto y juzgado a Núñez con una inmensa admiración no exenta del ojo crítico del que, por supuesto, siempre han carecido sus idólatras cartageneros, entre quienes cuento a muchos de mis más queridos y apreciados amigos. Para ser más precisos, ninguno de ellos pudo nunca darme una explicación satisfactoria respecto a la verdadera razón por la cual Núñez no firmó, escudado en un pretexto fútil, la Constitución de 1886, dejando su refrendación en manos del designado Campo Serrano. La única y dolorosa verdad es que, si bien Núñez quería para Colombia una carta centralista que pusiera remedio a la anarquía engendrada por la de Rionegro, su proyecto no era el estatuto cesáreo, autocrático y liberticida que elaboró Caro en forma soberana, pese a la inteligente y bien razonada oposición de José María Samper Agudelo.

Con ese garrote constitucional en la mano gobernó Caro, primero como vicepresidente encargado y luego como titular a la muerte de Núñez. La situación hace un siglo era, pues, desesperada, especialmente por la persecución implacable del Régimen contra el Partido Liberal que, amordazado y reducido en su representación parlamentaria a sólo dos congresistas, ya por entonces pensaba con creciente inclinación en la solución extrema de una gran insurrección armada. Y en el área internacional, las cosas no se mostraban más halagadoras. Consumada ya la bancarrota de la empresa de Lesseps, el águila norteamericana, que ya empezaba a mirar hacia el resto del Mundo después de su contundente victoria sobre España, tendió sus alas y dirigió sus garras hacia el istmo de Panamá. Ya para entonces se perfilaba como incuestionable una realidad muy concreta: el canal interoceánico será norteamericano; por Panamá, o en su defecto por Nicaragua, pero norteamericano.

Sartén por el mango Hace exactamente un siglo se abrió una leve esperanza de paz para los colombianos. El presidente Caro anunció que no aspiraría a la reelección en 1898 y que habría elecciones libres y respetuosas de la pureza del sufragio. El general Rafael Reyes, quien se hallaba de ministro en Francia, dejó conocer sus aspiraciones presidenciales, lo cual preocupó a Caro en grado superlativo.

La bandera esencial de Reyes era la reconciliación nacional (la misma que puso en práctica cuando finalmente llegó al poder) y ese propósito era para Caro una herejía diabólica. Hoy es claro que con el advenimiento de Reyes a la presidencia en 1898 se habría evitado la catastrófica sangría de los mil días. Pero en ese momento Caro tenía la sartén por el mango y fue entonces cuando pasándose de listo , como dicen los españoles, decidió seguir gobernando por mano ajena, para lo cual eligió a dedo como candidatos conservadores a la Presidencia y la Vicepresidencia a dos ancianos que presentaban todos los rasgos ideales para ser los testaferros incondicionales de Caro.

Uno era el doctor Manuel Antonio Sanclemente, respetable patricio conservador de Buga, que sería el presidente; el otro era don José Manuel Marroquín, apacible hacendado sabanero, letrado a la usanza provinciana del Bogotá de entonces y sin ninguna trayectoria política. En suma, los dos perfectos peleles, máxime teniendo en cuenta que para esa época, Sanclemente había cumplido 85 años y Marroquín, 71. El liberalismo optó por ir a las elecciones con un tándem admirable. Como el partido mostraba a la sazón dos fuertes corrientes opuestas la de los guerreristas y la de los pacifistas decidió conciliarlas eligiendo como candidato a la presidencia a don Miguel Samper Agudelo ( El Gran Ciudadano ), uno de los grandes inspiradores de la corriente pacifista, y como vicepresidente a don Foción Soto, que ante las tropelías del Gobierno se inclinaba más por la solución bélica. Llegaron las elecciones y con ellas el más burdo y desfachatado chocorazo de nuestra historia.

Según los escrutinios, el tándem Sanclemente-Marroquín sextuplicaba a la fórmula Samper-Soto. El doctor Carlos Martínez Silva, ilustre pensador y dirigente conservador, protestó por la inaudita dimensión del fraude, recordando a la opinión pública en su histórica declaración que el Liberalismo era por lo menos la mitad de la Nación . Al señor Caro empezó a salirle el tiro por la culata no bien iniciado el nuevo gobierno. Trepar desde Buga hasta las alturas de Bogotá era para el señor Sanclemente un acto virtualmente suicida. Pero fiel a sus compromisos como presidente electo, realizó el penoso viaje hasta que llegó a la capital echando los bofes. Sin embargo, no bien posesionado, hubo de emprender el descenso a Anapoima y luego a Villeta, pues la altura bogotana le hacía la vida sencillamente imposible.

Naves de guerra La guerra civil estalló en octubre de 1899. Fue el desastre más aterrador y ruinoso de la historia de Colombia, debido al sectarismo cerril y a la intransigencia de Caro. Y llegó el año de 1902, tercero de la guerra. Como bien sabemos, en 1900 Marroquín había traicionado al presidente titular, derrocándolo en Villeta y reduciéndolo a prisión infamante como si fuera un malhechor. Caro lanzó rayos y truenos de ira al ver cómo su inocente e inofensivo orejón de Yerbabuena sacaba unas garras de ave rapaz que nadie le había conocido antes. Peor aún: entre 1900 y 1902 Marroquín emprendió, junto con su siniestro compinche, el general Aristides Fernández, una guerra a muerte contra el Liberalismo, que sólo sirvió para convencer a la opinión mayoritaria del país, de que, así como el Liberalismo no podría derrocar al Gobierno por las armas, este jamás podría debelar la Revolución por ese medio. Hasta que llegó el año de 1902.

Los gringos estaban impacientes. La guerra civil, que ya había hecho vigorosa metástasis en Panamá, amenazaba y dilataba la ejecución de sus designios. Las naves de guerra norteamericanas hicieron su aparición en el Istmo y la situación se tornó más complicada aún con las fulminantes victorias militares del general Benjamín Herrera en la primera y segunda batallas de Aguadulce. Entonces los gringos comprendieron que no podían permitir que se les incendiase Panamá y fueron los cañones de sus barcos los encargados de notificar a Herrera sobre la imposibilidad de tomar la ciudad de Panamá.

Condiciones leoninas Norteamérica necesitaba la paz, y aprovechando el hecho evidente de que las circunstancias jugaban en favor suyo, puso gentilmente a la disposición de los jefes gobiernistas y revolucionarios el buque Wisconsin , para que a bordo del mismo se discutieran y aprobaran los términos del armisticio. Las condiciones del tratado fueron equitativas y honrosas para el Liberalismo y este se firmó finalmente el 21 de noviembre de 1902. Fueron sus signatarios los generales Alfredo Vásquez Cobo y Víctor Manuel Salazar por el Gobierno y los también generales Lucas Caballero y Eusebio A. Morales por la Revolución. En seguida, las dos máximas autoridades del conflicto, el general Nicolás Perdomo como Ministro de Gobierno, y el general Benjamín Herrera como Supremo Director de la Guerra, aprobaron el texto del histórico documento. El Liberalismo había perdido la guerra pero había ganado la paz.

Era ahora el turno de los yanquis. Y es este el punto en que es forzoso hacer plena claridad sobre un punto esencial. Estados Unidos no tenía interés alguno en crear una republiqueta títere en el Istmo para negociar con ella la apertura del canal. Su interés primordial era negociar con el Gobierno de Colombia la cesión de la franja que se requería para la realización de la obra. Por lo tanto, comenzando el año de 1903, nadie pensaba en la secesión de Panamá como estado independiente. Los yanquis comenzaron a negociar con Colombia. Ahora bien: dada la relación de fuerzas, las condiciones serían leoninas para Colombia y así quedó demostrado en el texto del Tratado Herrán-Hay.

El dicho tratado se firmó en Washington entre el embajador colombiano Tomás Herrán y el secretario de Estado Hay, y fue aprobado de inmediato por el Senado norteamericano. Quedaba pendiente la aprobación en Bogotá. Y aquí viene el episodio controvertido y dramático de esta historia. El Tratado pasó al Senado de Colombia, que no era cosa distinta de una orquesta dirigida sin apelaciones por Miguel Antonio Caro. Y el Senado, basándose en las condiciones innegablemente leoninas del mismo, lo rechazó por unanimidad. Vino entonces la repentina independencia de Panamá y a continuación el tratado que, sin tropiezo alguno, celebró Washington con la nueva república para la apertura del canal interoceánico.

Surge entonces el magno interrogante: estaban en lo justo Caro y sus conmilitones? Yo estoy convencido de que les sobró patrioterismo y les faltó pragmatismo. Basta recorrer la historia del presente siglo en este campo para comprobarlo. Es cierto que en el Tratado Herrán-Hay había cláusulas ofensivas como aquella que cedía a Estados Unidos la Zona por CIEN AÑOS PRORROGABLES. Pero no es menos cierto que con tiempo, paciencia, tenacidad y diplomacia, Colombia habría conseguido sustantivos avances hasta la reivindicación total de la franja. Quien lo dude, que vuelva los ojos hacia el Tratado Torrijos-Carter. Eso fue lo que Caro y sus corifeos no vieron. Pero es que mal se podía pedir clarividencia política e histórica a un señor cuyo gran orgullo personal era el de no haber visto ni olfateado el mar ni haber salido jamás del contorno aldeano de Bogotá.

Abulia invencible Y cuál fue el papel del presidente Marroquín en la pérdida de Panamá? Sencillamente ninguno. Marroquín padeció toda su vida una abulia invencible para todo lo que no fuera hacer y descifrar charadas, versificar la ortografía, escribir malas novelas y urdir maniobras políticas perversas para saciar sus odios y rencores. Pero pedirle, por ejemplo, que se hubiera erguido enérgicamente para hacer ver a los senadores las graves consecuencias de improbar el Tratado, era pedirle demasiado. Ya en 1903 no había liberales que perseguir porque los armisticios de Neerlandia y Wisconsin lo impedían. Sólo restaba esperar en la penumbra de San Carlos la llegada del venturoso 1904 con su alejamiento definitivo del engorroso gobierno, para poderse dedicar sin cortapisas a sus juegos verbales predilectos y a los chistes flojos como aquel que lo hizo tristemente célebre, cuando acababa de regresar a la vida privada: Yo no sé de qué se quejan. Recibí un país y les devuelvo dos.

Y una posdata inexcusable. Si el Tratado Herrán-Hay hubiera sido aprobado por el Senado de Colombia, en Panamá no habría pasado nada. El Istmo habría seguido su vida normal como departamento colombiano, puesto que jamás hubo allí un vigoroso movimiento independentista de raigambre popular. Esto para quienes aún se tragan el cuento de que la secesión de Panamá era un proceso irreversible.

Ortografía y política JOSE MANUEL MARROQUIN RICAURTE. Nació en Bogotá el 6 de agosto de 1827 y murió en la misma ciudad, el 19 de septiembre de 1908. Nació en el hogar conformado por José María Marroquín y Trinidad Ricaurte, cursó estudios universitarios de Derecho pero nunca se diplomó. Se dedicó a las actividades intelectuales, docentes y agrícolas.

Acorde con su ideología conservadora fue un cultor de la gramática, la que enfocó a la didáctica: Tratados de Ortología y Ortografía de la lengua castellana; Lecciones elementales de retórica y poética; Diccionario ortográfico; Exposición de la liturgia. La literatura costumbrista también estuvo dentro de sus actividades intelectuales. Se destacan sus novelas El Moro, Entre Primos, Blas Gil y Amores y Leyes. En el año de 1898 fue elegido Vicepresidente de la República, como fórmula del octogenario Manuel Antonio Sanclemente.

Ejerció como Presidente entre el 7 de agosto y el 3 de noviembre de 1898 y entre el 31 de julio de 1900 y el 7 de agosto de 1904, tuvo que enfrentar gran parte de la guerra de los Mil Días (1899-1902), la firma de los tratados de Neerlandia, Wisconsin y Chinácota con los que terminó el conflicto, pero no la profunda crisis económica que vivía el país, ni evitó la separación de Panamá. Durante su gobierno se organizó un sistema educativo nacional y se fundó la Academia Colombiana de Historia.

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