CAPÍTULO OCULTO DE LA HISTORIA DE OCCIDENTE

CAPÍTULO OCULTO DE LA HISTORIA DE OCCIDENTE

Los irlandeses, como los celtas, se desnudaban antes de entrar en batalla y así, desnudos, espada y escudo en mano, arremetían. Cuando los romanos se enfrentaron por vez primera con estos guerreros desnudos y dementes, se horrorizaron. Aullaban, al parecer poseídos por demonios. Thomas Cahill une sus recuerdos más primitivos de los irlandeses a esa imagen que contrasta con otra de esos sorprendentes personajes: nada sacaba a relucir el carácter juguetón de los irlandeses tanto como la tarea de copiar libros. Cada uno metido en su celda o sentado al descampado copiando algún texto, el viejo libro sobre una rodilla y pergaminos frescos sobre la otra.

01 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

La decadencia Entre estas dos imágenes corre una historia sorprendente que se inicia con la decadencia del imperio romano, minado por la corrupción: los civiles más ricos lograron a punta de sobornos meterse en las listas de los senadores y no pagaban impuestos . El ejército hacía y deshacía emperadores... A estas alturas no resultaba siempre fácil distinguir romanos de bárbaros. Fue cuando a las puertas de Roma llegó Alarico, que apenas si les dejó sus vidas a los soberbios habitantes de la ciudad. La cultura romana murió, la gente olvidó leer, pensar, construir con magnificencia, pero esa cultura se trasladó a Irlanda.

El libro de Thomas Cahill De cómo las irlandeses salvaron la civilización abre un capítulo oculto u olvidado de la historia y lo hace con un estilo descomplicado y coloquial que casi hace olvidar el enorme trasfondo de erudición en que se sustenta. Basta leer y disfrutar el análisis de los versos latinos de Ausonio, un poeta del siglo V, que refleja en su poesía, como en un espejo, la decadencia romana.

El pastor esclavo El centro de la historia, que a su vez explica ese tránsito de la barbarie irlandesa a las formas más ricas de la civilización, es un pastor esclavo que, guiado por Dios, abandonó las tierras de sus amos, se embarcó y fue a dar a Irlanda en donde, ordenado sacerdote, inició un período de 30 años a mediados del siglo V, que es la antítesis de la historia que al mismo tiempo se vive en el resto de Europa. El imperio romano se sumerge a pasos agigantados en el caos apunta Cahill. Lo que siguió en Irlanda exaspera a los ortodoxos historiadores del catolicismo y rompe los esquemas de Freud, que murmura enfurruñado: los irlandeses, el único pueblo al que el sicoanálisis no le serviría de nada . Y es que los irlandeses mantuvieron su talante pagano, pero al mismo tiempo recibieron de Patricio el influjo renovador del cristianismo.

Un jesuita, Edmund Campion, citado por Cahill, los describe como religiosos, francos, amorosos, coléricos, muchos de ellos brujos, excelentes jinetes, fascinados por la guerra, aman el conocimiento, son aventureros incorregibles. Es el único pueblo de la tierra en el que el cristianismo entró sin derramamiento de sangre porque ese antiguo esclavo, Patricio, sin degradar la levadura cristiana, respetó la masa cultural de los irlandeses.

La editorial de Europa Una vez aprendieron a leer, empezaron a devorar toda la literatura pagana, griega y romana, con la avidez de quien satisface hambres atrasadas. Se precipitaron sobre las obras escritas en griego, latín y hebreo, como en un juego. Transcribieron todos los autores clásicos y probablemente salvaron para la humanidad muchas de sus obras. Sin ellos en occidente se habría perdido, no solo la capacidad de leer y escribir, sino todos los hábitos mentales que estimulan el pensamiento , sentencia Cahill que, maravillado ante los megalitos funerarios del valle del Boyne erigidos en el año 3000 antes de Cristo, cree ver allí un antecedente remoto de esa pasión irlandesa por la expresión simbólica original que luego adquirirá sus más variadas formas en los códices de pergamino jaspeado, o sea el cuero seco del carnero.

Apunta Cahill que la forma usual del libro moderno la determinó el tamaño del cuero del carnero. De esos manuscritos, espléndidamente decorados, hoy se guardan ejemplares en bibliotecas de Inglaterra, Francia, Suiza, Alemania, Rusia, Suecia e Italia. Así, a comienzos del siglo VI, cuando Europa había quedado como una inmensa pradera devastada por el paso de los bárbaros, todos los rezagos de su vieja cultura habían ido a parar a Irlanda. Todos los hombres cultos huyeron a lugares transmarinos como Irlanda , señala un viejo manuscrito citado por Cahill. Mientras Roma desaparecía en un ocaso melancólico, aparecía en Irlanda, convertida en la casa editorial de Europa, una vigorosa cultura literaria.

Los colosos irlandeses Por el libro cruzan como presencias luminosas, junto con Patricio, otros protagonistas de esta sorprendente historia. Brígida, la abadesa que tenía el poder de curar, que oyó confesiones y que ordenó monjes. Es probable que haya celebrado misa. Un hecho de la tradición irlandesa que echa por tierra la terca discriminación romana contra la mujer. Columcille, el gran rey que optó por la vida monacal: si hay algo que amara más que a su patria, fueron los libros, por eso dejó tres mil muertos en una batalla contra el rey Diarmait. El motivo: la propiedad de un salterio, copiado en la oscuridad en la iglesia de Finian, por el propio Columcille.

Otro personaje es Columbano, que en 1590 se embarcó hacia la Galia a fundar monasterios, una tarea que Cahill, apenas si sugiere, pero que es parte esencial en esa salvación de la civilización. Los monjes irlandeses se convierten en una conciencia alerta de la Iglesia, y le urgen la fidelidad a sus orígenes. Columbanus, con irlandesa franqueza, se lo dice así a los obispos y al Papa.

Uno termina de leer el libro con la sensación de haber descubierto un capítulo oculto de la historia. Y de los más luminosos.

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