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FUENTES DE LA CULTURA LATINOAMERICANA

FUENTES DE LA CULTURA LATINOAMERICANA

Conocí al escritor mexicano Carlos Fuentes en México, D.F. cuando se iniciaba en la literatura. Era mi vecino de apartamento y solíamos reunirnos para escuchar en borrador páginas que más tarde se hicieron inmortales. Sus novelas son conocidas en todo el mundo de habla hispana, y el mismo Fuentes, con una generosidad rara entre escritores, se sitúa al lado de sus émulos como García Márquez, Cortázar, Lezama Lima, Uslar Pietri, Vargas Llosa, como un apéndice. En México se produce el raro fenómeno de una increíble actividad multifacética en las mejores plumas. Octavio Paz, a semejanza de Alfonso Reyes, ha sido a la vez poeta, ensayista y sociólogo. Fuentes prosigue esta tradicion espigando en la esfera del ensayo al margen de su condición de novelista. Vino a Bogotá al lanzamiento de su libro El espejo enterrado y acabó en la Fundación Santillana dándonos a conocer su visión del llamado V Centenario.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
21 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

Este tema del Descubrimiento, del encuentro de dos culturas, de la cita en la isla de Guananí, ha sido menos apasionante de lo que suele considerarse en ciertos círculos comprometidos en la controversia en pro o en contra de la celebración programada por el gobierno español.

Carlos Fuentes con una gran objetividad se abstiene de tomar partido en contra de la Conquista o de defenderla a ultranza. Admite que, por el hecho mismo de ser conquista, la de América participó de todos los rasgos violentos y crueles de esta clase de episodios, pero morigerada al menos en forma conceptual por la contribución de los teólogos españoles en la formulación del Derecho de Gentes, origen del Derecho Internacional a secas y actualmente del Derecho Internacional Humanitario.

No es un enfoque totalmente novedoso, pero que en este caso sirve para poner en su punto lo futil de una polémica que en Colombia pareció cobrar en determinado momento cierta importancia y hoy está relegada al olvido. Lo verdaderamente interesante y original del pensamiento de Fuentes es la importancia que le atribuye a la cultura latinoamericana como el único aporte sólido de nuestro continente a la civilización Occidental.

Los cazadores de fortuna No hemos contribuido a la formación de la riqueza de las naciones con ningún modelo de desarrollo autóctono. Hemos copiado paso a paso, desde Ricardo hasta Marx, las doctrinas que se van imponiendo periódicamente en el Norte. Tampoco hemos sido pródigos en instituciones políticas originales que signifiquen un aporte en la organización social o en la teoría del Estado.

Nos independizamos de España y procedimos a imitar con más o menos fortuna las directrices de la Constitución de Filadelfia en un medio en donde el libre examen y la tolerancia eran flores exóticas. Solo en un arrebato de la imaginación puede un historiador serio capitalizar la democracia liberal como un fruto del pensamiento latinoamericano. Nació en Norteamérica y nos la apropiamos tan pronto como conseguimos nuestra emancipación.

Decir que este fue el continente de los perseguidos y proscritos de Europa es una generalización infundada. El gran contraste entre la inmigración en el Norte y en el Sur del Hemisferio Occidental reside en que, si los perseguidos por motivos religiosos o raciales o económicos buscaron un alero al amparo de las instituciones políticas norteamericanas, quienes emigraron hacia América Latina lo hicieron para buscar fortuna ante las inmensas posibilidades económicas que se vislumbraban para las nuevas repúblicas.

Ciertamente, en el curso del siglo XIX, los Estados Unidos se convirtieron en la sociedad más pluralista de la historia en la cual tenían asiento los distintos credos políticos, las distintas razas y los proscritos de Europa, y fue allí donde proliferaron variantes del cristianismo sin la interferencia del Estado, pero nada semejante ocurrió en Suramérica en escala comparable. La herencia católica romana le imprimió su sello inconfundible a la América hispana en donde solo en época reciente han cobrado importancia otras vertientes religiosas, distintas del catolicismo romano.

Tampoco en el campo de la ciencia nuestro continente ha contribuido mayormente al caudal del pensamiento judeocristiano. Ninguno de los grandes descubrimientos que han transformado la sociedad en los últimos 150 años tuvo su origen al sur del Ríogrande. Apenas en el tratamiento de ciertas enfermedades ha habido para bien de la humanidad un modesto aporte latinoamericano.

El mágico realismo Es, en cambio, en la esfera de la cultura donde se presentan fenómenos que, en sentir de Fuentes, nos hacen contemplar con optimismo el futuro. La integracion que nos ha sido tan esquiva en otros órdenes se produjo espontáneamente en el cultural, aun antes de la Independencia. El mestizaje racial desde México hasta la Patagonia se hizo patente en las manifestaciones artísticas de la imagenería religiosa del barroco. El sincretismo espiritual se reflejó en la plástica, dando origen a escuelas como la quiteña y a legados como el mexicano en donde la raza vencida hace acto de presencia con su aporte vernáculo.

La unidad literaria, que ya se vislumbra en los albores de este siglo con la novela de estirpe latinoamericana, rural o selvática, le ha dado paso al realismo mágico en la novelística y en la propia poesía. Así como la novela rusa se singularizó en el siglo XIX, pese al diferente tratamiento que va de un Tolstoi a un Dostoievski, el siglo XX se cierra con un predominio de la novela latinoamericana, traducida a todos los idiomas, puesta frecuentemente en versiones cinematográficas, y despertando una aproximación a la realidad continental, comparable por algunos aspectos al diseño social de Proust sobre la decadencia de la sociedad francesa de la bella época .

Son novelas que, sin proponérselo, contienen los elementos de un diagnóstico, de una tesis explicativa de nuestro modo de ser. No en vano, como lo anota Fuentes con mucha gracia, el padre del realismo mágico vino a ser Cristóbal Colón quien en sus relaciones a la Corona no describió cuanto veía sino que vio con la imaginación cuanto quería descubrir. De ahí la apasionante contradicción entre las criaturas bondadosas y pacíficas de sus primeros relatos, el buen salvaje , y el tratamiento bárbaro a que se vieron sometidos los aborígenes en razón del primitivismo y de sus supersticiones y lo sanguinario de sus prácticas.

Este papel de la imaginación como conducto para explorar la realidad ya se había ensayado en las propias matemáticas, especulando sobre bases deliberadamente erróneas para confirmar los resultados obtenidos por otras vías. La concepción mágica del universo, así se aparte de bases científicas, no deja de constituir un elemento de investigación social interesante y nada desdeñable como hipótesis de trabajo.

Como elemento de identificación entre las distintas naciones ninguno comparable a la cultura en su más amplia acepción. El idioma y la religión han mantenido nuestra identidad cultural por siglos, pero fueron una importación europea, en los años posteriores al Descubrimiento. Lo verdaderamente extraordinario y autóctono es el mestizaje en sus manifestaciones filosóficas y artísticas. Bien hizo la BBC de Londres en propiciar el enfrentamiento de Carlos Fuentes con Kenneth Clark, obligando al primero a profundizar en el tema de nuestra contribución al pensamiento occidental, y al segundo a rectificar su concepto según el cual no existe presencia activa latinoamericana en la configuración de la civilización occidental.

P.D. Escrito lo anterior no resisto la tentación de transcribir una cita del escritor argentino Félix Luna sobre la historia de su país que me viene como anillo al dedo: Hombres que en estilo arisco y montaraz se metieron a empellones en la historia y allí quedaron. Son figuras, algunas de ellas, que forman parte más de la leyenda que de la historia: pertenecen a la copla, al romance y a la conseja que se cuenta en las noches de la tierra, cuando la intimidad familiar o amistosa va convocando la memoria y los hechos sucedidos o inventados tanto da empiezan a desovillarse. Son imágenes mucho más poderosas que la realidad que fueron . (*) Servicio de columnistas del I.P.S.

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