Secciones
Síguenos en:
EL ACUMULADOR DE ARMAS

EL ACUMULADOR DE ARMAS

El reto de Europa del Este y la antigua Unión Soviética es no solo construir mercados, sino también reconstruir naciones, porque solo las naciones pueden sostener el gobierno de la ley y proteger a los débiles de los fuertes. Los que más presionan son retos muy prácticos en este momento de la historia: reconstruir naciones sin alentar la xenofobia, promover el nacionalismo sin provocar el chauvinismo y unificar a Europa permitiendo a la vez la diversidad.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
21 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

En ninguna parte es esta tarea más urgente que en Rusia, donde es una carrera contra el tiempo, una carrera entre las fuerzas que reconstruyen la nación y la fuerza destructiva que la deteriora. De las muchas dificultades que enfrenta Rusia en la actualidad, la mayor es la amenaza de la hiperinflación.

La hiperinflación no solo significa una pérdida de todo valor de las divisas, sino que provocará una mayor erosión de la autoridad y pérdida de los valores sociales, lo que a su vez producirá la alienación radical de los individuos en la sociedad. Es en realidad un obstáculo más que impide el gobierno de la ley.

El Banco Central de Rusia parece ignorar las lecciones de la historia. Considere a Alemania en 1923. El marco dejó de merecer el título de dinero, convirtiéndose en una pura y simple ilusión.

En junio, un dólar valía un millón de marcos; en agosto, cien millones; en noviembre, cuatro mil millones. 1.300 molinos de papel y dos mil imprentas trabajan las 24 horas imprimiendo dinero. Una coliflor costaba cincuenta millones de marcos; una estampilla postal, tanto como una villa en 1890.

La inflación en Rusia no está aún en los niveles alcanzados en Weimar, y las reformas monetarias deben ocurrir claramente antes de que llegue ahí. No puede imponerse una solución del exterior. Debe ser aceptable para el mismo pueblo ruso.

La hiperinflación Quizás el crecimiento de la oferta de dinero pueda contenerse bajo los arreglos existentes. Quizás, como en las reformas alemanas tanto de 1923 como de 1948, se introduzca una nueva moneda para remplazar al rublo, y quizás sea creada una reformada institución monetaria una especie de Bundesbank para remplazar al desacreditado Banco Central.

Cualquiera que sea la solución, los peligros del actual curso son claros: si se crea una economía de hiperinflación, entonces, como en Alemania en el pasado, el mercado negro y el trueque serán las únicas formas de transacción y las divisas extranjeras, la única fuente segura de valor.

En un mundo así, las desigualdades aumentarán, las redes de seguridad sociales perderán todo sentido, los ahorros se evaporarán, la vida política perderá el toque con la realidad y el mismo idioma cesará de tener valor.

El peligro en Rusia probablemente no sea el de un fuerte Estado que acumule armas y recurra al militarismo y a la conquista extranjera para resolver sus problemas internos; un nuevo Hitler luego de un nuevo Weimar. El peligro será el de un débil Estado que pierde el control de su complejo militar-industrial, incapaz de controlar secciones de la sociedad que se separan completamente del centro y exportan inestabilidad al resto del mundo.

Ya hay reportes de oficiales del ejército ruso que venden material para compensar una pobre paga. Una completa pérdida de la confianza monetaria podría alentar un masivo crecimiento en las ventas del mercado negro del producto en que se especializaba la Unión Soviética: las armas.

Se creía que la Unión Soviética dedicaba entre el 15 y el 17 por ciento de su producto interno bruto a los gastos de la defensa. Este es un nivel que las repúblicas sucesoras, bajo severas presiones presupuestales, no pueden soportar. Pero el complejo militar aún emplea alrededor de nueve millones de personas en Rusia alrededor del 25 por ciento de toda la mano de obra y 1,5 millones en Ucrania.

La conversión de las empresas militares a fines pacíficos no será simple ni rápida. Mientras tanto, se acumula un arsenal de materiales innecesarios e impagables, ofreciendo el prospecto de una Rusia inestable como bodega de armas para el mundo en general. Tampoco el problema está confinado a Rusia.

Tanto los europeos como los estadounidenses están de acuerdo en que el manejo del cambio en Europa del Este y en particular de la, anteriormente, Unión Soviética, es el principal problema de política exterior que enfrentan. Pero se necesita más esfuerzo para traducir este conocimiento compartido en una política compartida.

Revisar el foro del llamado G-7, las siete principales naciones industriales, para incluir a Rusia como participante convirtiéndole en el G-8, podría ser la mejor manera de manejar la clase de problemas que actualmente trascienden los compartimientos tradicionales de la política económica, militar y extranjera.

Vale la pena considerar en este foro la cuestión integral de futuro del complejo militar-industrial ruso. Podrían explorarse nuevos vínculos y nuevos intercambios como el cambio de deuda por armas nucleares o la vinculación del comercio con el fin de las prácticas monopólicas. Es cierto que el G-7 no ha hecho esto antes. Pero la Unión Soviética no había colapsado antes. No podemos comenzar demasiado pronto a enfrentarnos a las consecuencias que nos afectarían a todos. Los Angeles Times Syndicate * Jacques Attali es presidente del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.