ASÍ COMENZÓ LA GUERRA DE LOS MIL DÍAS

ASÍ COMENZÓ LA GUERRA DE LOS MIL DÍAS

Cuando el director del partido liberal en Santander, doctor Paulo Emilio Villar, ordenó sorpresivamente desde Bucaramanga el levantamiento revolucionario a mediados de octubre de 1899, en aquellas empinadas y aguerridas serranías ya soplaban vientos de guerra. No había transcurrido aún el quinquenio desde la encarnizada batalla de Enciso 15 de marzo de 1895 en la legendaria provincia de García Rovira, cuando ya el eco del cacho retumbaba en los páramos santandereanos convocando a somatén.

08 de septiembre 1998 , 12:00 a.m.

Desde el primer instante, dos jefes prestigiosos y prominentes asumieron la dirección de la guerra y en dos ciudades tradicionalmente democráticas: Juan Francisco Gómez Pinzón, en El Socorro, y Benjamín Herrera Cortés, en Cúcuta.

El Socorro gozaba de enorme prestigio por haber sido la cuna de la Revolución de los Comuneros de 1781, el baluarte heroico de la Revolución de la Independencia en 1810 y, en última instancia, la meca del Radicalismo. Y Cúcuta tenía fama de ser la ciudad roja de Colombia, inmediata a la Villa del Rosario, patria chica del general Santander, el fundador del Estado de Derecho en Colombia, y sede del Primer Congreso Constituyente de la Gran Colombia, que en 1821 expidió el primer estatuto para la gran nación bolivariana: la Constitución de Cúcuta, arquetipo de nuestro constitucionalismo democrático. Además, su condición de ciudad abierta y cosmopolita era una brecha fronteriza para el abastecimiento armamentista, máxime cuando en Venezuela mandaba el general Cipriano Castro, cuyo gobierno fraternizaba con el liberalismo colombiano.

El partido liberal enarboló las banderas rojas de la Restauración con fundamentos ideológicos en el estatuto humanista, tolerante y progresista de Rionegro de 1863, en oposición al autoritarismo teocrático, confesional y conservadurista de la Carta de 1886, obra suprema de la Regeneración. Restauradores del liberalismo y regeneradores del partido conservador se lanzaron, por tanto, al campo de batalla a dirimir por la fuerza lo que no habían logrado resolver por la razón.

La orden perentoria del doctor Villar, un joven médico quijotesco e iluminado por profundas convicciones liberales y de temperamento impetuoso, repercutió con entusiasmo en el ámbito liberal del antiguo Estado Soberano de Santander. Gómez Pinzón se levantó en armas en su hacienda socorrana de La Peña y Herrera lo hizo en La Cuchilla de Bochalema . Entonces, el incendio revolucionario se propagó rápida y simultáneamente por todo el país cuando ya agonizaba el siglo XIX.

El general Herrera era un militar profesional con formación académica y escalafón hasta el grado de coronel en la Guardia Nacional (Ejército). Estudioso y pragmático de la escuela prusiana en boga de Von Moltke, conocía y dominaba las bases técnicas del arte militar: la estrategia, la táctica y la logística.

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