CON UNA ÓPTICA DIFERENTE

CON UNA ÓPTICA DIFERENTE

Robert Redford es la estrella realmente excepcional que en su doble condición de actor y director siempre se ha mantenido alejado del sensacionalismo y de los efectos especiales. Defensor del cine independiente, a través del Sundance Institute y del festival que él preside todos los años en Park City (Utah), Redford sorprendió detrás de cámaras a sus seguidores desde su incursión como realizador (Gente como uno, 1980). El sutil manejo de las relaciones interpersonales, o el calor humano que se desprende de quienes protagonizan sus pequeños grandes dramas, convirtió al rubio galán californiano en un cineasta de primerísima línea: La guerra de Milagro con chicanos, el Río de nuestros recuerdos autobiográfica y Quiz Show concursantes de los primeros programas culturales de la televisión.

31 de julio 1998 , 12:00 a. m.

Señor de los caballos, a partir de la novela del periodista británico Nicholas Evans, es la primera de las películas en donde Redford dirige y actúa simultáneamente. El accidente de carretera que deja secuelas en una quinceañera neoyorquina y origina un trauma en el comportamiento de su caballo favorito surge como pretexto narrativo para emprender la sanación del animal con una terapia de índole tradicional, que radica básicamente en la comprensión de su naturaleza equina. Aquel vaquero del estado de Montana, quien susurraba cosas amables al oído de los caballos, logrará cambios sorprendentes en el comportamiento de una arrogante ejecutiva y de su pequeña hija, herida en el alma.

El vaquero Tom Booker interpretado por Redford transmite la espiritualidad o energía positiva que requiere un personaje cuyos niveles instintivos de comunicación corren parejos con las enseñanzas campesinas adquiridas de sus ancestros. En cuanto al perfil cambiante de la madre neoyorquina, editora de una muy sofisticada revista de modas, Kristin Scott Thomas (la sufrida amante del paciente inglés) permite captar en su registro escénico una actitud reconciliadora consigo misma y con los espacios abiertos que descubre a su alrededor. Sin poseer la solidez de los temperamentos anteriores, la joven actriz que hace el papel de Grace adolece de una floja personificación, puesto que su constante depresión parecería no evolucionar.

Dos sistemas diferentes de vida cotidiana se contrastan en imágenes con la lucidez característica de El príncipe de las mareas: cierta frialdad metropolitana que no admite equivocaciones y ese ritmo apacible de las atmósferas rurales en donde aún se mantienen los valores de la típica familia ranchera del oeste norteamericano. Desde las montañas y praderas de una bucólica comarca, sus guionistas reiteran que la unidad constituye el eje primordial para las relaciones sociales y de pareja en armonía con la naturaleza; que todas las criaturas exigen un trato respetuoso con el afán de hacer más tolerables las relaciones humanas, y que, sin jamás caer en pronunciamientos románticos, el amor inculca sentimientos de nobleza en quienes lo practican

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