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EL LEGADO DEL EME

EL LEGADO DEL EME

Entre mi primer 19 de abril en 1974, cuando pintamos consignas de pueblos, armas y poder , hasta hoy, ha pasado tiempo y muchas cosas. Al país, al M-19, a cada uno de nosotros.

Ayer fuimos un puñado de hombres y mujeres de diversa procedencia con la decisión de pelear contra la oligarquía, contra el sectarismo y los dogmas, con un lenguaje y un estilo más nuestro, latinoamericano, colombiano, cercano a la gente. Desde entonces se fue haciendo un proyecto, sobre la marcha. Un patrimonio que se nutrió en permanente encuentro entre ese binomio pueblo-M-19, que es una historia de sintonía, a veces de desencuentros en la cual la gente nos fue diciendo si íbamos bien o no.

Se libró la lucha de una generación por abrirle puertas a la paz y la democracia. Y, sin duda alguna, las puertas se abrieron. No quiere decir que esta sea una transición hecha, sin inmensas dificultades y paradojas. Todos vivimos el cúmulo de crisis no resueltas, la extensión de la violencia, la delegación del conflicto armado, los niveles de intolerancia política y la fragmentación de la sociedad. Pero tal vez mucho más en la sociedad que en la dirigencia política las señales de vitalidad y salud democrática, la conciencia de paz y participación son inequívocas. El viejo régimen se agotó y acabó, aunque lo nuevo aún no haya podido cuajar. Pero eso, para una historia tan marcada por la exclusión oligárquica, aunque insuficiente, ya es un logro.

Un aporte fundamental fue sumir a fondo la lucha por la democracia. Porque de las tantas revoluciones pendientes, acá ni siquiera habían hecho la liberal. Había que empezar por la democracia: como objetivo, propuesta y manera de ser. Significó una revolución de cara a la propia izquierda. Era también asumirnos como somos. Crear un movimiento, un proyecto donde cupiera todo el mundo, sin exclusiones. Donde cada cual podía estar, ser y participar, como es y puede. Un sentido colectivo sin negar al individuo. Mirarnos a nosotros mismos y enfrentar al interior del movimiento guerrillero las conductas autoritarias que llevaron a masacres como la de Tacueyó. Dar el paso a la paz en función de la rectificación democrática.

Sintiendo la fragmentación del país, a la cantidad de esfuerzos locales, la rica diversidad de propuestas existente, la inexistencia de colectividades políticas reales, la dispersión, el atrincheramiento para poder sobrevivir, creo que vale la pena rescatar algo que siempre nos guiaba: creer que los momentos difíciles requieren mucha generosidad y no resuelve apropiarse de bandera y espacios. Hoy los colombianos tenemos que recuperar una visión de futuro de nuestro país, de lo que queremos y para donde vamos. la carencia de propuesta y proyecto es un mal que nos aqueja a todos. Creemos que la acción local se opone a una visión global. Pero valdría la pena preguntarse si esta última no le da más bien sentido y eficacia a lo que hacemos? Sentido de vida, de país, de mundo. Permite despertar fuerza, audacia, activar las mejores energías y el compromiso de muchos. Además, ya no nos podemos asumir como isla en este mundo cuyo futuro depende de la conciencia planetaria que asumamos todos sus habitantes. Con mayor razón necesitamos un proyecto de acción, de Estado, de sociedad, de convivencia, de cara al mundo, al continente, a nosotros mismos.

Una visión de país, un proyecto de nación, un propósito definen métodos y tiempos. y eso marcó al M19. Creo que en ese sentido siempre iba la búsqueda. por eso ni las armas, ni la política, ni la organización podían ser fin en sí mismos, y menos un modo de vida. Cumplen un papel, y si dejan de cumplirlo, si se oponen e impiden los desarrollos, hay que intentar otras maneras. Esa visión nos llevó tanto al aprovechamiento y agudización de la acción armada al máximo, como a dar el paso hacia la paz, cuando vimos que la guerra se estaba enredando, que no había sin previsible y tampoco resultados en cuanto a las transformaciones democráticas posibles que buscamos.

La paz. De la bandera de la paz dentro de una lógica de guerra en época de Belisario pasamos a la paz pensada desde la paz y la democracia en 1990. Como en el país la memoria es corta, vale la pena recordar que la paz por la que optamos, no fue producto de una derrota, sino una decisión libre y soberana, en busca del reencuentro con el país y del país consigno mismo, sin contraprestaciones. Saltar sin red, buscando apostar a las transformaciones democráticas cuyo resultado indiscutible fue la Constituyente. Su antes y su después nos podría enseñar a todos que la construcción de democracia es un proceso. El duro pero fructífero aprendizaje de la reinserción nos enseñó que la firma de un acuerdo no es la paz, sino el comienzo de un proceso de construcción. Que demanda una pedagogía que la acompañe y prepare a la sociedad para que Estado y sociedad compartan y faciliten el desarrollo de los acuerdos. Pero todo eso había que aprenderlo, y en esa medida es experiencia ganada para otros, paz ganada. No es receta, pero sí camino hecho. Y alguien tenía que empezar. Para que otros lo hagan mejor y les quede más fácil.

Lo mismo vale para estos últimos años. Porque un legado no son solo los valores. También lo que no sale bien. Por más que le imprimimos a la acción política una ética y un sentido de servicio, hicimos propuestas y proyectos, por muchas razones nos quedó grande administrar y desarrollar lo que logramos propiciar a través del proceso político. Demandaba tener mayor conciencia de la esperanza colectiva que nuestra alternativa política significaba para el desarrollo de la democracia y posibilitado de verdad un movimiento que respondiera a las ganas de participación y de construcción de l gente. Aun a conciencia de que todo propósito de democracia siempre nos iba a trascender a nosotros mismos.

Finalmente, hay un legado: el valor de la palabra empeñada, una ética de responsabilidad y verdad. Es poner la cara: desde habernos quitado la capucha para mostrarle al país personas de carne y hueso, hasta firmar y asumir la responsabilidad de nuestros actos. Como la parte que nos correspondió asumir a raíz de hechos tan graves como el Palacio de Justicia. Una ética que impedía aceptar la guerra a cualquier precio si iba en contra los propósitos de democracia, pueblo y paz. Y lo destaco porque vale para un país donde a veces se prefiere señalar a los demás a asumirse también parte del problema, y en esa medida también posible parte de una solución. Ayuda mirarnos a nosotros mismos, rectificar cuando toca.

Como hay que aceptar que cumplimos un ciclo. Que hay que saber cerrarlo a lo bien, para abrir un nuevo proceso. Hoy el Eme es lo que cada un de nosotros es y lleva por dentro. Somos gente que, libre en la paz, sigue en mucha búsquedas, esfuerzos, expresiones, espacios, proyectos, haciendo, pensando, estudiando, organizando, dispuesta a compartir lo aprendido en el tránsito de la guerra a la paz, en la acción de paz misma, en la política, la gestión pública. Somos lo que pudimos sembrar en la mente y el corazón de los colombianos en cuanto al valor de contrapropuestas políticas y éticas, la importancia de sumir la paz y la democracia como procesos de construcción. Somos un legado que tiene sentido en la medida en que tiene vigencia para el país de hoy, como está: comprende aciertos, pero también conciencia de las fallas y del costo del aprendizaje, para que otros y nosotros mismos no repitamos historias.

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