COGER EL TORO POR LOS CACHOS

COGER EL TORO POR LOS CACHOS

Por considerarlo de interés general, a continuación reproduzco el texto completo de la carta que dirigí al presidente de la Cámara de Representantes, con motivo de la instalación de la Comisión de Paz.

04 de septiembre 1998 , 12:00 a.m.

Apreciado doctor Martínez Quiero felicitar a la Cámara de Representantes por su interés patriótico en el tema fundamental de la paz. Sin duda el poder legislativo deberá jugar un papel protagónico en la reconciliación nacional. Si maneja su participación con discreción, espíritu de colaboración y respeto por los fueros del Ejecutivo, a quien corresponde la vanguardia de las negociaciones, la contribución del Legislativo será pieza clave del proceso. No hay que olvidar que el Congreso será responsable, entre otras cosas, de la implementación legal de los acuerdos. Sé muy bien que es con ese espíritu con el que usted, doctor Martínez, ha estimulado la participación de esta Corporación en tan importante tema.

Con el mismo ánimo quisiera compartir con ustedes unas reflexiones sobre el proceso de paz y la reforma política que esta Cámara y el país entero deben comenzar a analizar. Infortunadamente, lo que se conoce de la propuesta de reforma política que formula el Gobierno, y lo que también han propuesto otros sectores políticos, no tienen el alcance para convertirse ni siquiera en la cuota inicial de la reconciliación. Por lo que hemos oído hasta ahora, se trata de hacer solo unos ajustes cosméticos al régimen político. Se pretende hacerle remiendos a la Constitución del 91, con la esperanza de que con esos cambios comiencen a resolverse los problemas fundamentales de la guerra y de la paz.

Sin duda muchos de ellos son cambios útiles y podrían contribuir a mejorar las instituciones para quienes estamos dentro de ellas. Pero esas propuestas no dicen nada para los que están fuera del sistema; para aquellos que se han alzado en armas contra las instituciones vigentes. O es que el Mono Jojoy va a deponer las armas a cambio de que haya listas únicas, se amplíe el período de los alcaldes o se prohiba la financiación privada de las campañas políticas? Creer que este tipo de reformas son el preámbulo de la paz es algo iluso, por decir lo menos. A menos, claro está, que se tenga un as bajo la manga que aún no conocemos.

El argumento de que la estrechez del régimen político es lo que causa la violencia, perdió vigencia con la Constitución del 91. La nueva Carta es una de las más liberales y democráticas del mundo y de nuestra historia. Claro que se puede mejorar, pero, como quedó demostrado en las últimas elecciones, los independientes, las minorías, los movimientos de opinión, han tenido resultados electorales y políticos bastante favorables, los cuales eran impensables hace solo unos pocos años.

Pero, a pesar de ello, aún están por fuera los principales actores del conflicto interno. Y ellos no van a ingresar a la democracia gracias a los cambios marginales que hasta ahora se han propuesto. El problema es de mucho más fondo.

Ya no se trata de ver cómo se hace más ancha la puerta para que entren los que están afuera de la casa de la democracia sino que, como siempre ha sucedido a lo largo de la historia de Colombia y en prácticamente todo acuerdo de paz, se trata es de ver dónde los vamos a alojar, cómo es que nos vamos a distribuir los cuartos de la casa. Simples remiendos a nuestro sistema político no son suficientes. Ahora lo único que sirve es la construcción de un nuevo país.

En mi trajín a lo largo y ancho del país y en el exterior, buscando las convergencias que nos permitan vivir en paz, y en mis conversaciones directas con los alzados en armas, he llegado a la conclusión de que las reformas propuestas no son ni en alcance, ni en orientación, ni tampoco en contenido, una base creíble para que las Farc, el Eln o inclusive los paramilitares renuncien a la violencia.

Las reformas políticas que nos darán la paz no van a ser el resultado del diálogo entre los que ya estamos de acuerdo en lo fundamental. Hay que crear un nuevo consenso con los que desafían por la fuerza nuestra forma de ver las cosas. Hablemos no solo con los huéspedes de la casa sino con aquellos que quieren destruirla para que más bien entren a habitarla. Los acuerdos deben anteceder a las reformas, y no a la inversa.

En ese orden de ideas no creo tampoco que Colombia deba embarcarse en semejante iniciativa como es un referéndum para legitimar unas reformas de tan poco alcance. Sería como pescar sardinas con arpón. Además podría ser interpretado como un voto de desconfianza en el Congreso y desgastaría innecesariamente quizás el instrumento más vigoroso con que cuenta la democracia para cambiar y legitimar sus instituciones más fundamentales. Vale la pena, señor Presidente de la Cámara, convocar a todo el pueblo colombiano para prohibir que los suplentes reemplacen a los congresistas? Con la mano en el corazón, a quién diablos le importa? No en vano este procedimiento solo es utilizado en contadas ocasiones y en circunstancias muy, pero muy especiales.

La historia de Colombia ha estado por desgracia plagada de ejemplos de guerra civil y conflicto interno. Pero de igual manera Colombia siempre ha encontrado soluciones audaces para que las discrepancias internas no destruyan el régimen político, o aun peor, afecten la integridad nacional. Atravesamos uno de esos momentos críticos. Las amenazas son inmensas y hay que mostrar una audacia equivalente a la magnitud de los desafíos. Debemos inspirarnos en nuestra historia, en el pasado, para construir el futuro.

Me permito proponerle al señor Presidente de la República desde este recinto sagrado de la democracia que, si de veras quiere la paz, lidere un nuevo Frente Nacional. Un Frente Nacional en el que se pacte con todos los sectores políticos y con la guerrilla un nuevo régimen político que reconozca la realidad que hoy representa la insurrección armada. Se trata de reconocer que solo con una profunda redistribución del poder político, con una recomposición constitucional y con una coalición institucional, de la que hagan parte los alzados en armas, se podrán dar las garantías necesarias y las alternativas de acción política para que se silencien los fusiles.

Ya en el pasado, en más de una ocasión, esta fórmula abrió las puertas de la reconciliación entre enemigos acérrimos que se disputaban por la fuerza el poder político. Recuperemos entonces esa vocación histórica de resolver nuestros conflictos mediante un consenso incluyente de las contrapartes.

Es necesario, pues, que el Gobierno, en vez de fijar aisladamente los parámetros de la reforma política, defina los procedimientos y abra los espacios para negociar con la insurgencia dichos cambios institucionales. Solo a partir de este momento el proceso de paz y el de reforma política se vincularán, para permitir la reconciliación de los colombianos.

Por supuesto, no se trata de claudicar o de entregarles el país a los que están fuera de la ley. Así como se le puede pedir al Gobierno que no arruine la opción de una reforma política, y así como proponemos un Frente Nacional con la guerrilla, también les exigimos a los alzados en armas que no pretendan legislar desde las montañas de Colombia, sin comprometerse a construir unas instituciones en las que la violencia y las armas no tengan cabida.

Su servidor y amigo, Juan Manuel Santos

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