ECONOMÍA DE PALABRAS

ECONOMÍA DE PALABRAS

Muchas veces basta una mirada. Una mirada sostenida. Los ojos sobre los ojos del otro.

06 de septiembre 1998 , 12:00 a.m.

Adivinar el significado de los brillos. Leer el futuro inmediato más allá de la pupila. Querer decir muchas cosas, pero aguantarse las ganas. Apretar los labios. Permitir que las ideas circulen pero se queden adentro. Alargar el espacio entre las preguntas y las respuestas. Dejar que los músculos se dibujen en el rostro. Esperar una señal de alerta. Forzar la respiración. Jugar con las manos, lentamente, cerca de la boca. Pensar que el otro piensa. Analiza. Espera.

La economía de las palabras: una virtud que no es exclusiva de las monjas de clausura. Un juego que practican los que saben hacerse los locos. Los que entienden que no todos los interrogantes merecen una frase. Que la solución no siempre llega al abrir la boca.

Por qué decirlo todo? Por qué no mantener en conserva una dosis de lo que se piensa? Por qué no convertir en secreto algunas de las ideas que hacen su aparición sin previo aviso, al menos con la ilusión de que el tiempo las madure y las transforme en ideas más duraderas? Por qué no entender, de una vez, que la boca jamás logrará ser tan rápida como el cerebro? Y que no todo lo que cruza por la mente puede convertirse en palabras, ni lo merece? Que también se puede hablar con el gesto? Que el silencio a veces grita? Se guarda silencio en los hospitales, en las salas de velación, en las sesiones solemnes y en el consultorio odontológico. Se guarda silencio por pudor, por respeto, por dolor... por el dolor que es incapaz de convertirse en llanto. O cuando el llanto se agota, y agota al que llora. También se guarda silencio por temor, cuando resbala un plato del gabinete en la cocina, y los que escuchan el estruendo imaginan lo peor. Silencio después del estruendo. Después de la agonía, del orgasmo, del choque, del disparo.

Habría que aprender a callar sin otro motivo que la propia voluntad. Callar para escuchar. Callar para mirar. Callar para aprender. Callar para callar.

Callar, para convertir el silencio en un cómplice. Para saber si el eco existe.

Callar, porque no todo lo que nos conviene escuchar nos lo dicen al oído, con la intimidad de una confesión, con el volumen de un grito, con el acento de las grandes revelaciones.

Callar, para comprender que el silencio es el antifaz de los sonidos más hermosos.

Habría que aprender a callar, y hacerse amigo del silencio para que no nos sorprenda en la tumba.

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