A DIOS LE IMPORTAMOS

A DIOS LE IMPORTAMOS

Recientemente, un fiel amigo me soltó la pregunta retrechera que le dio título a la columna de hoy. Me la soltó riéndose socarronamente, haciéndose fuerza, porque le daba cierta pena y no poca dificultad soltármela; me la soltó para tentarme, con una risa, maliciosa y sabrosa a la vez, risa que envolvía de gracia el contenido de la pregunta, que venía en serio, porque lo venía golpeando entre pecho y espalda hacía meses, como ariete que carcome la roca. Sí le importamos a Dios? Sí cuida Dios de nosotros?

06 de septiembre 1998 , 12:00 a.m.

La pregunta, en su contexto ingenuo y espontáneo, es pertinente. Se le ocurre a cualquier creyente, de ayer y de hoy, de este hoy negro que vive Colombia, irónicamente llamado el país del Sagrado Corazón . Brota del contraste gigantesco entre el dios que imaginamos así en minúscula, porque no se trata del verdadero Dios y el Dios verdadero que nos reveló Jesucristo, de la cuna al calvario.

Por qué, insisto, nos viene la duda punzante. Sí le importamos a Dios? Porque los males y desgracias de Colombia, sin que Dios se dé por aludido, nos dejan diariamente el sabor amargo al ateo que todos llevamos dentro.

Los hechos luctuosos que suelen constituir el 90 por ciento de los noticieros de radio y televisión nos dejan la impresión de que ESTO anda mal, de que el diablo anda suelto, de que aquí no hay Dios que mande y que ponga orden en la casa. Todo anda manga por hombro, y los listos son los que se llevan la mejor parte de este ponqué, injustamente distribuido, que llamamos esta vida.

Y, de paso, no existe más que esta vida. De la otra, ni hablar. Ya los librepensadores y los científicos se encargaron de acabar con ella y con Dios. No queda más opción que la elegida por Horacio, el poeta latino, cuando cantó: Comamos y bebamos que mañana moriremos .

El ateo inglés Bertrand Russell no se contentó con comer y beber. Se puso a filosofar y así fue como a su loca imaginación se le ocurrió pensar: Si yo fuera Dios y contara con su omnipotencia y el tiempo con que él ha contado la bobadita de unos 15 mil millones de años yo habría fabricado un mundo mejor , afirmó el célebre y audaz matemático. Le faltó lo más importante, que le hubiera echado a perder toda su imaginación: contar con miles de millones de seres libres que le dañan la plana todos los días.

Total, que la pregunta capciosa de mi buen amigo sí tiene su fuerza y su grado de credibilidad. Sí le importamos a Dios? De veras: Sí cuida Dios de nosotros? Sí nos tiene en cuenta? Mire usted los males de Colombia: la corrupción de los hombres públicos, el drama de los desplazados, el de los desempleados, la guerrilla, el narcotráfico y los mil más que todos bien conocemos y sufrimos.

Dos son, entre otras, las dificultades mayúsculas para creer en Dios: el mal y nuestra imaginación.

Antes de responderle a usted y a mi fiel amigo permítame preguntarle: quién saca de su terruño a los desplazados? Dios? Por qué esa pésima costumbre de echarle la culpa a Dios de todos los males que originamos nosotros? Por otra parte: Quién debe remediar este mal? Dios? Y por qué no nosotros o el Gobierno? Digamos dos palabras a propósito del mal y de nuestra imaginación, obviamente sin el ánimo de resolverlos porque ya dijimos que eran insolubles para nuestra inteligencia.

El mal lo causamos nosotros, así nos cueste reconocerlo.

El problema lo agrandamos nosotros imaginando a Dios cruzado de brazos, permitiendo, tranquila e indiferentemente, todos los males. Este no es el verdadero Dios; no es más que el fruto de nuestra calenturienta imaginación, carente de fe. Y no hay tal. Dios ni causa ni permite los males. Sufre parejo con nosotros.

El modo como actúa Dios no es objeto de nuestra inteligencia. Entenderlo supondría ser iguales a Dios. Es objeto de fe, de amor, de fiarnos de El, de reconocer la distancia infinita entre nosotros, pobres babosas que nos arrastramos por este mísero mundo y El, que vuela muy alto, dentro de nosotros! Tal cual. Dentro de nosotros. Nos dice y enseña la Sagrada Escritura: En Dios vivimos, nos movemos y existimos . Nos resulta imposible existir sin El. Si El dejara por un segundo de sustentar nuestro ser, caeríamos en la nada.

Más aún. Nos dice y enseña la Santa Escritura, por boca de San Pablo: Por lo demás, sabemos que en todas las cosas buenas y malas interviene Dios para convertirlas en el verdadero Bien de los que lo amamos y creemos en El .

Algo más. Es tal el poder la omnipotencia de la fe que si nos fiamos de la providencia de Dios puede cambiar el curso interior, el más real, de los acontecimientos públicos y privados en favor nuestro.

Lo que más cuenta en la vida es la fe. Sin ella, esta vida sólo nos muestra el revés del tapete: feo, deforme y deshilachado. Con ella, vemos las maravillas que solíamos llamar la otra vida, el otro mundo.

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