RAMADÁN: ARMONÍA DE CUERPO Y ESPÍRITU

RAMADÁN: ARMONÍA DE CUERPO Y ESPÍRITU

Desde el 31 de diciembre y hasta el 28 de enero la civilización islámica celebra un acontecimiento que sigue sorprendiendo al mundo contemporáneo por la disciplina y profundidad de su mensaje: el mes sagrado de Ramadán, el noveno mes del calendario lunar islámico que ya suma 1.418 años desde que Mahoma huyó de la Meca hasta Medina.

08 de enero 1998 , 12:00 a. m.

De los 1.500 millones de personas que componen esta civilización, por lo menos 1.000 millones estarán ayunando, ya que ésta costumbre no es obligatoria para los niños, las madres gestantes y lactantes, los ancianos y los enfermos. Esto quiere decir que una quinta parte de la humanidad dará cumplimiento a una prescripción que no está sólo contenida en el Sagrado Corán sino también en el Antiguo y Nuevo Testamento.

La razón por la que este año nuevo coincidió con el inicio del mes de Ramadán es porque el año lunar islámico es de 354 días y de 12 meses de 28 a 30 días cada uno; siendo el Ramadán el noveno mes. Y como el calendario lunar es más corto que el solar, el Ramadán se adelanta cada año en el calendario occidental.

El ayuno que se hace durante este mes dura desde el alba hasta el ocaso. En ese período de tiempo se prohíbe comer o beber. Como no se prueba ningún alimento entre la salida del sol y el ocaso, aproximadamente trece horas y media, el musulmán estaría ayunando 24.300 minutos ó 405 horas ó 16,8 días reales, porque antes del alba se desayuna y se vuelve a comer a las 6:30 de la tarde aproximadamente.

Además de esa comida el musulmán puede ingerir alimentos durante la noche, si lo desea. En la práctica lo que está sacrificando es el almuerzo, pero claro está, en las horas más difíciles, las diurnas. Estas 405 horas le sirven para que se armonice, librándolo de enfermedades que lo disminuyan física y espiritualmente.

El hombre y la sociedad que ayunan piensan y meditan mucho sobre el hambre y la miseria de los pueblos. Una prueba de la justicia de la ley divina contenida en el Corán es que ricos y pobres, gobernados, campesinos, militares y estudiantes sienten más que nunca que conceptos como los de clase, estirpe o nacionalidad son insignificantes ante la omnipotencia de la ley divina.

Para el musulmán todos los meses son sagrados, pero este es el mes más sagrado de todos. La práctica espiritual se enfatiza y profundiza a unos niveles de misticismo y esoterismo sorprendentes. Ramadán es un mes metafísico por excelencia donde las visiones espirituales y el desarrollo de las facultades síquicas son normales.

Fue en época del Ramadán cuando le fue revelado el Corán al profeta Mahoma a través del ángel Gabriel. El ascetismo en este mes es de una paz interna y externa tan grande que literalmente el mundo islámico es un monasterio de hombres y mujeres monjes.

Al finalizar el Ramadán se celebra la fiesta del desayuno (Id Al-Fitr), que corresponde al primero del mes lunar de Shaual (29 de enero) y décimo del calendario islámico. El musulmán adulto, cuerdo y consciente de que no es pobre debe dar por si mismo y a quienes están bajo su tutela y manutención tres kilos de trigo, o cebada, o dátiles, uvas pasas, o arroz, o maíz por persona, según la disponibilidad de estos productos en el lugar. Pero es suficiente si da el precio de estas cosas.

En síntesis, Ramadán es una ley del creador del Universo para desintoxicar el organismo, fortalecerlo físicamente, desarrollar sus facultades síquicas, fomentar la paz y la convivencia pacífica entre los pueblos, solidarizar al hombre y las sociedades en la erradicación de la pobreza absoluta.

Si Occidente volviera por el camino del ayuno que trazaron los profetas en los libros sagrados La Torá, el Evangelio y el Corán, encontrarían un arma terapéutica inmejorable en la erradicación del alcoholismo, la drogadicción y la prostitución. No hay que olvidar que todos los pueblos de América Latina somos genética y espiritualmente hispanomusulmanes.

Con la coincidencia del año nuevo occidental con el inicio del Ramadán las dos civilizaciones más grandes de la tierra, el Cristianismo y el Islamismo, que sumamos más de 3.000 mil millones de personas, tenemos motivos de sobra para solidarizarnos en una verdadera explosión de júbilo espiritual.

Es importante recordar que para nuestra civilización islámica Jesús (la paz sea con él) es un profeta sagrado, cuyo nacimiento celebramos por éstas épocas Musulmanes y Cristianos, y una de las columnas fundamentales de la espiritualidad universal, lo mismo que su madre, María (la paz sea con ella), que junto con Fátima, la hija del profeta Mahoma, son las mujeres más grandes de la historia de la humanidad.

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