JUSTICIA EN LAS CALLES DE AGUABLANCA

JUSTICIA EN LAS CALLES DE AGUABLANCA

Viga tiene 16 años, El moño , 15. Ninguno de los dos ha terminado bachillerato pero ya están sindicados de haber asesinado a cuatro personas en menos de quince días.

27 de julio 1998 , 12:00 a. m.

Los dos forman parte de los más de 3.000 jóvenes que recorren las calles de Cali causando problemas, reunidos en por lo menos 200 pandillas, repartidas por toda la ciudad.

Una buen número de ellos ha mantenido bajo constante amenaza al Distrito de Aguablanca, en el noroccidente de la ciudad.

Pero es también allí en donde la Casa de Justicia logró, con el apoyo de los ciudadanos, superar el miedo, juntar los esfuerzos de todos y reunir las pruebas suficientes para enviar a la cárcel a un grupo de pandilleros que tenía amedrentados a más de 5.000 habitantes de uno de los barrios del sector.

En la Casa de Justicia de Aguablanca, creada por el Ministerio de Justicia hace poco más de 3 años, trabaja un grupo de fiscales, miembros de la Policía Nacional, funcionarios de la Comisaría de Familia y la Personería Municipal, así como trabajadoras sociales, sicólogos y estudiantes universitarios.

Este equipo es el encargado de buscarle soluciones a los conflictos cotidianos de la gente del sector (cerca de medio millón de habitantes que viven en Aguablanca) a través de mecanismos como la conciliación, para evitar que problemas pequeños y grandes terminen por convertirse en un largo y costoso pleito judicial.

También, en casos como el de las pandillas, le sirven de puente a la comunidad para que su voz se haga sentir más fuerte ante las autoridades y sea más eficaz la búsqueda y captura de los delincuentes.

La unión hizo la fuerza Fue de esta manera como hace dos meses empezaron a llegar tímidamente a este lugar las víctimas de los jóvenes pandilleros, en busca de la protección de las autoridades.

Las personas se acercaban a nosotros de manera individual y prácticamente nos pedían hasta que matáramos a los miembros de la banda porque los tenían desesperados , cuenta uno de los fiscales que trabajan en la Casa, cuyo nombre se omite por razones de seguridad.

La pandilla hacía su ley en uno de los sectores más humildes de Aguablanca. Allí, en medio de los cambuches de lata y cartón, decidían quién podía dormir bajo un techo o qué mujer debía, quisiéralo o no, satisfacer sus necesidades sexuales.

Los funcionarios del lugar no se contentaron con llenar una ficha y poner la denuncia ante la Policía o la Fiscalía Seccional. Ante la recurrencia de los casos, empezaron a reunir a los damnificados y a convencerlos de unirse para enfrentar el problema.

Comenzaron entonces a hacer inteligencia y a reunir las pruebas que cada uno de ellos tenía y que por separado no servían para nada y las pusieron en manos de los organismos de investigación para que estos pudieran detener a los delincuentes y procesarlos.

Hoy, los miembros de esa pandilla se encuentren detenidos en la cárcel de Villahermosa de Cali, acusados de concierto para delinquir, y a la espera de que la Fiscalía resuelva su situación jurídica.

Pequeños problemas En la Casa de Justicia, la experiencia sobre solución de pequeños conflictos cotidianos también es amplia.

La mayoría de los casos que llegan se resuelven sin necesidad de que tenga que iniciarse un proceso judicial. Las historias que tienen en su memoria los miembros del equipo son numerosas.

Ellos han podido arreglar matrimonios que estaban a punto de acabar, vecinos que querían matarse ahora se cuidan mutuamente, y familias destruidas por la violencia y el alcohol hoy tienen una segunda oportunidad.

Cuando llega alguien a pedir ayuda no abrimos inmediatamente un proceso, sino que lo escuchamos y tratamos de entender su situación. Estar dentro de la comunidad nos facilita comprender su problemática , cuenta otro de los fiscales.

Así como la Casa de Justicia de Aguablanca, en otros lugares del país funcionan en la actualidad 140 centros de conciliación, algunos de ellas a cargo de universidades privadas o de fundaciones particulares, en donde también se hace justicia, sin necesidad de extensos expedientes o largos procesos.

Centros de conciliación De acuerdo con la ley de descongestión y eficiencia en la justicia, expedida recientemente, cualquier fundación sin ánimo de lucro, al igual que las universidades públicas y privadas están en la posibilidad de crear sus propios Centros de Conciliación, siempre y cuando cuenten con la autorización del Ministerio de Justicia.

Para ello deben demostrar unos recursos administrativos y financieros suficientes, además de un personal capacitado, que incluye abogados, sicólogos, sicopedagogos y trabajadores sociales.

Los Centros de Conciliación están autorizados por la ley para que solucionar los conflictos entre las personas, antes de que sea necesario iniciar un proceso ante la justicia, llegando a un acuerdo por escrito en el que cada una de los involucrados se compromete a ceder en parte de sus pretensiones.

El acuerdo es obligatorio para quienes participan en él y cuenta con el mismo valor que tendría una decisión judicial.

Solución de problemas cotidianos Los casos que llegan a la Casa de Justicia de Aguablanca corresponden en su mayoría a los mismos problemas cotidianos que puede tener cualquier persona que vive en otros lugares país.

Esteban Rodríguez (*) y Rodrigo Herrera, dos habitantes de uno de los barrios de Aguablanca, tuvieron hace algunos meses un altercado por un problema de tierras y en medio de la discusión y estando los ánimos caldeados, Rodríguez amenazó de muerte a su vecino.

Arrepentido de su arrebato de ira, el hombre acudió a la Casa de Justicia buscando una solución negociada al conflicto de linderos que había provocado la pelea con su venido, y en parte también para evitar que si le pasaba algo, pudieran culparlo por ello.

Estando ya solucionado el problema, Herrera regresaba una noche muy tarde a su casa, con varias copas de más, cuando se topó con varios hombres que llevaban la intención de asaltarlo.

Los miembros de la familia Rodríguez se dieron cuenta de la situación y se convirtieron entonces en los ángeles de la guarda de su vecino. Salieron en grupo de su casa, enfrentaron a los delincuentes y evitaron el robo.

Otra era la situación de Liliana, de 14 años, Andrés, de 11, Angela, de 16 y Julián, de 9. El cable del taladro que su padre, Joaquín, utilizaba todos los días en su labor de construcción se transformaba en las noches en un doloroso instrumento de reprimendas contra ellos.

Aunque la madre de los niños se había separado de su esposo siete años atrás a causa del maltrato, y se había llevado consigo a sus tres hijos mayores, los actos violentos del padre continuaban cada vez que iba a visitarlos y la mujer no se atrevía a denunciarlo.

Por esta razón, los niños buscaron por su cuenta la ayuda de las autoridades y acudieron a la Casa de Justicia.

Hoy aún no se ha tomado una decisión definitiva en este caso, pero un fiscal encargado le advirtió al hombre el mismo día en que los menores hicieron la denuncia, que de ahí en adelante no podría acercarse a sus hijos si no quería agravar más su situación.

(*) Los nombres fueron.

FOTOS: * En la Casa de Justicia de Aguablanca trabajan miembros de la Fiscalía, la Policía, las Comisarías de Familia y la Personería, entre otros, con el fin de evitar que los problemas que surgen en la comunidad tengan que ser solucionados en un proceso judicial.

* Los funcionarios de la Casa han arreglado matrimonios, contentado a vecinos que querían matarse y mejorado las relaciones de familias que estaban destruidas.

Carlos Ortega/EL TIEMPO

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