AVENTURAS DE UN COLOMBIANO EN PARÍS

AVENTURAS DE UN COLOMBIANO EN PARÍS

De Malba termina con su copa de vino y recorre con la mirada su pequeño universo: se prepara para hablar. París .

06 de septiembre 1998 , 12:00 a.m.

La palabra le sale como un suspiro.

Héctor Rodríguez Pinzón (hace 17 años ese era el único nombre por el que podían identificarlo) llegó al aeropuerto Charles de Gaulle sin saber una sola palabra en francés, sin tener idea de lo que cuesta un taxi o cómo se coge una línea de metro; mucho menos en dónde demonios pasar la noche.

Viajó a París porque tenía la vida perdida; estudiaba administración de empresas y no quería terminar como gerente de una corporación de ahorro, encerrado de por vida en una oficina. Por esos días tenía un amigo que trabajaba en Caracol y que le propuso intentar con la actuación. A Héctor le gustó.

Hizo un papel de extra y quiso ser protagonista, pero, para eso, debía estudiar. Y decidió ir a París, por qué? , todavía no lo sabe, solo sabe que reunió lo del pasaje, unos cuantos francos, lo justo para vivir menos de un mes, y se fue.

Todos creían que estaba loco. En el aeropuerto conoció a una venezolana que lo contactó con una amiga ecuatoriana. La ecuatoriana lo hospedó en su piso a escondidas; era una residencia para señoritas. Luego el novio de ella, un iraní medio chiflado le consiguió su primer trabajo: vendedor de hamburguesas. Y mientras tanto se matriculó en la Alianza para estudiar francés. Este era su horario, su agenda: Hamburguesas, Alianza y partida a la Biblioteca del Centro Georges Pompidou a seguir estudiando.

Leía y leía, junto a Picasso y todo el arte moderno. Seis meses después, al fin, ya estaba en el conservatorio. Se había enamorado de París hasta las entrañas. Conocía todas las líneas del metro.

Cuando se aburría, caminaba por el Sena. Estudiaba actuación y, por supuesto, ya hablaba a la perfección el idioma de Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El principito.

Los latinos siempre gesticulamos mucho, en mi primera clase, el profesor me puso un directorio en cada mano y me dijo: ahora sí, actúa! . Cuatro años después De Malba se graduó. Y ese mismo maestro le dijo, Ya no tengo nada que enseñarte. En Italia hay un festival de teatro . De Malba trabajó tres años en Festivales, y se pasó la vida en plazas y teatros grecoromanos, durmiendo en pequeños hoteles y ganando lo justo.

Pero esa vida, cansa.

Las teorías de De Malba Ahora, De Malba vive en un apartamento en la Avenue de Trone, el edificio en el que está (todo de piedra y con una fachada con el aspecto de una vieja capilla, con una pesada reja de hierro) es patrimonio histórico de París: en el reinado de Luis XIV, en el siglo XVII, esta edificación era la aduana de la ciudad.

Lo que más se destaca dentro es su colección de música, acetatos con óperas de Malher, Verdi y todo lo imaginable. En una pared hay fotos de los actores que más admira (Bogart y Lauren Bacall, entre ellos) y junto a estas imágenes, una foto suya.

El apartamento tiene una buena cocina, pero De Malba prefiere comer en las terrazas, esos lugares de mesas pequeñas, redondas y con butacos para poner los pies. Y precisamente, sentado en el Café du Flores, el café en donde Hemingway escribía sus cuentos, y comiendo ensalada con vísceras de pato, lanza la frase que resume su filosofía como actor: Cada uno es su propia empresa .

Su hoja de vida En París, pronto se ganó el derecho de pertenecer a la asociación de actores. Por eso, cuando no tiene un papel, además de recibir un salario, puede tomar cursos. Y los ha tomado de todo. Es enfermizo. La vida, la actuación, el mundo de las tablas, lo apasionan hasta limites increíbles. Se la ha jugado con todo.

Y su hoja de vida se ha expandido año tras año, pasando por papeles pequeños en teatros importantes y bajo la dirección de primeras figuras, hasta llegar a primer asistente de ópera en mega espectáculos en El Cairo, Londres, Montreal y por supuesto en París. Con Vittorio Rossi como director, por ejemplo, tuvo bajo su responsabilidad a 600 actores en el escenario de Bercy, un lugar para 18 mil personas, que deseaban ver Aida, de Verdi.

Mi sueño es poder hacer Carmen en la Plaza de Toros de Bogotá, y claro, el cine. Ese es un capítulo aparte .

En París, De Malba ha protagonizado dos series de televisión, en la primera hacía el papel de un cantante argentino que se ganaba la vida como playboy internacional; en la otra, grabada en Martinica, hizo el papel de un turco que vivía rodeado de mujeres, sus esclavas. En teatro ha pasado por todos los lugares importantes de París. Los catálogos que guarda le presentan en fotos a color y con trajes de corte.

En cine ha trabajado en L aventure humaine y Les dexu Papas et la maman, pero la vez que estuvo más cerca fue cuando trabajó en la Opera de París, ese edificio imponente, construido entre 1860 y 1875, como bailarín. Aceptó el papel para sentir lo qué era trabajar allí, recorrió todos sus recovecos y todas sus alas, y fue un dirigido de Nureyev en sus últimos días, pero el motivo real era el papel protagónico que le habían ofrecido: el de El soldado en el tejado, un filme coprotagonizado por Julitte Binoche. Se hizo tomar fotos en el tejado de la ópera. Al final no fue escogido porque necesitaban un actor más joven, pero el director le mandó una carta agradeciendo su pasión.

De todos modos, los tejados son el habitat natural de De Malba. Sigue siendo un niño. Un soñador.

Si me ofrecen un papel pequeño en una gran producción teatral en París y al mismo tiempo otro papel en una telenovela, me quedo con el teatro, no me importa el dinero. Colombia es solo un asteroide y mi mundo gira alrededor de Europa, y más que de Europa de la calidad y de todo lo que puedo hacer aquí . .

Por eso no puede pasar más de un mes fuera de París. Aunque Colombia también lo ata.

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