Secciones
Síguenos en:
APÓSTOLES EN LA VIDA PÚBLICA

APÓSTOLES EN LA VIDA PÚBLICA

Han muerto, en el lapso de cuatro meses, dos ilustres varones de la patria, Gabriel Giraldo y Rafael García Herreros: grandes de la Iglesia colombiana y de la vida toda de nuestra agobiada república. Sus nombres evocan a los dos inmensos ángeles guerreros Gabriel y Rafael. Muchas cosas los hermanaron y varias los diferenciaron. Quien fuera alumno agradecido del primero, hijo espiritual y consejero ocasional del segundo, y quien por veinte años viviera parte de la parábola vital de los dos selectos hijos de Dios y de Colombia, desde su máxima plenitud hasta el ocaso de sus vidas, presenta una visión de lo que estos guerreros y competidores de la dura carrera y el buen combate, luchando hasta el último suspiro, tuvieron en común y de lo que dentro de sus múltiples diferencias aportaron a la patria, a la que amaron sólo menos que a Cristo a quien consagraron su vida toda.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
21 de marzo 1993 , 12:00 a. m.

No es posible entender a Gabriel y Rafael sin conocer de quién son hijos espirituales y cuál fue la familia de cada uno; hijo Gabriel del adusto soldado vasco Ignacio de Loyola, fundador de los mariners de la Iglesia católica: los jesuitas; hombres que entregan su vida a la absoluta voluntad del Padre, abandonados en manos de la obediencia a su general, independientes, originales, escogiendo su servicio sin más limitación que obedecer al Cristo al que se entregan sin reserva, a veces o casi siempre incomprendidos, formados en el silencio de los inmortales ejercicios, prestos al combate intelectual, sabios, doctos, guiados por el ejemplo sin par de su Padre Maestro Ignacio.

Hijo Rafael de Juan Eudes, que fue a la contrarreforma de Francia lo que Ignacio a la de España. Eudes fue el teólogo del Corazón de Jesús; era verbo prodigioso, misionero incansable, escritor prolífico, en busca siempre del insondable, del perfecto, del único, del amor encarnado, de Jesús sacerdote, rico en clemencia, lento en la cólera, redentor de toda miseria, resucitado, vivo, actuante.

Ignacio es sobrio y adusto, estratega perfecto, conocedor del alma, educador nato; forma a la élite intelectual; su energía y su ciencia los pone al servicio de su gran amor, Cristo, alfa y omega, y lleva a otros en esa dura carrera (no olvidemos a Francisco Javier, a Salmerón y a San Francisco de Borja). Eudes es un grande de Francia; encendido, lleno de amor, predicador de fuerza tremenda que brota del alma; proclama al Cristo que es corazón de su corazón, cálido, dulce, lleno de adjetivos, amante perdido en la locura de su amado.

El ser jesuita en Gabriel y eudista en Rafael es cosa que informa sus almas todas; los hermana el amor a Cristo, que hace que por él todo lo demás sea basura (esto explica muchas de sus incomprendidas acciones). Físicamente parecidos, cultores del más castigado español, escritores, maestros, llenos de admiración por la cultura alemana, expertos en los clásicos, historiador Gabriel, científico astrónomo Rafael.

Creadores y forjadores de obras hechas para durar; el uno, su amada Facultad de Derecho; el otro, su barrio Minuto de Dios. Interesados en todo lo que el hombre toca: arte, música, poesía, política, cine, novela, historia. Forjadores de hombres, penetraban con su mirada el último rincón del alma de quienes acudían a sus austeros despachos; el uno en su querida oficina del cuarto piso; el otro en su jardín lleno de rosas y de Dios.

Mandones, diría la gente llenos de autoridad, dice el autor no de poder, aunque también de él, pues nadie que como ellos se entrega a Cristo deja de recibir su poder, que no es cosa fácil de entender, poder-servicio, poder para servir. Hablaban con autoridad; con esa autoridad que ya hace veinte siglos sorprendía a los fariseos cuando decían: mirad cómo habla éste . Sabían qué querían y actuaban; eran, aun ancianos, verdaderos dinamos, generaban ideas y las realizaban; en un país de verbo sin acción, ellos eran la palabra hecha acto: casas, museos, emisoras, teatros, alumnos, colegios, becas, consejo. Dos iluminadores Por qué quinientos mil bogotanos despidieron a Rafael? Buena pregunta en un país en que en pocos se cree. Por qué hombres y mujeres bartolinos y javerianos curtidos en mil combates lloraron como niños ante el féretro de Gabriel, cubierto por corona de laureles y bandera de universidad que con trabajo engrandeció? Será acaso por haber sido dictadores y tiranos? O, por el contrario, porque quienes los lloramos siempre encontramos tras la máscara de un rostro adusto, corazones llenos de comprensión, de amor, afecto libre de intereses, prestos a amonestar, a animar, a aconsejar, a decir lo que otros callaban por vergenza o respeto humano.

Pocos, muy pocos dirán, desde el ministro poderoso hasta el último tímido y agarrotado estudiante, el desplazado por la violencia, o el alumno repitente, o cualquier ser humano con el alma rota, que algún día, Gabriel o Rafael cerraron sus despachos a la pena o el dolor ajenos. Algo distantes ambos, ni uno ni otro se dejaron manosear , como no se dejó ni se deja Cristo, su maestro.

Fueron ante todo sacerdotes; comprendían el sufrimiento, consufrían, acercaban al eterno y desaparecían ellos. La fuerza de sus almas los llevó a primeros planos del actuar nacional; a pesar de su querer, en un país de mediocres y medrosos, sus almas grandes eran luz que no se pone bajo el celemín.

El silencio y el desierto, en uno dentro de los ejercicios de San Ignacio, en el otro dentro del seminario de vida en el espíritu, fueron la fuente de su profundísima comunicación con el alfa y omega de sus vidas. De esos silencios brotaban luego ideas y acciones, decisión y voluntad de hierro; una vez tomada una ruta, nada, a no ser Dios o la orden de los superiores en las congregaciones a las que debían obediencia perfecta, detenían su acción.

Los años pasaron y sus cuerpos decrecieron sin escapar a los avatares de la senectud, demostrando que no eran hombres infalibles, y que como criaturas eran inferiores a su creador.

Miraron los dos a la hermana muerte con cariño y aun con deseo; afrontaron los últimos combates con la gallardía y el valor de veteranos y curtidos generales: estaban en paz con su Dios, sabían que por El vivían, se movían y existían.

Fueron grandes en el vivir y en el morir. Sus alumnos, sus beneficiados, los que les acompañamos en la plenitud y el ocaso y Colombia toda les agradecemos y recordamos y rogamos al Juez Justo que los oirá en su clementísimo tribunal que los acoja con misericordia. Sólo El entenderá qué los motivó, qué los impulsó, por qué actuaron u omitieron. El, al que siempre amaron, habrá de recibirlos, y sólo él en realidad hará justo juicio de sus obras.

Nosotros sólo podemos decir hasta pronto a nuestros queridos Gabriel y Rafael, guerreros, sacerdotes, profetas, amigos, maestros, ejemplo y guía, luz en medio de tinieblas

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.