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EL VERDADERO PROGRESO

EL VERDADERO PROGRESO

La idea del progreso ha estado en la consciencia del mundo occidental por mucho tiempo y prácticamente subyace como fuerza motora desde la revolución teórica del racionalismo, hace ya casi 400 años. Pero este siglo XX ha erosionado fuertemente la confianza en esta filosofía y podríamos concluir que el presente siglo, a pocos días de finalizar el milenio, ve con horror, en un análisis retrospectivo, que la humanidad no solo no avanzó sino que el materialismo que engendró la religión progresista se ha constituido en un caos que hay que superar vía la reformulación del modelo económico y social que nos rige.

Bien lo ha explicado un político francés al recordarnos, recientemente, que nuestro llamado progreso se ha estructurado en torno a la confianza en este ideal inaprensible. La esperanza en el progresismo se ha erosionado y hay ciudadanos, en todo el mundo, que perciben ahora el progreso técnico como un peligro ominoso, el progreso social como un espejismo, el progreso tecnológico como un verdadero peligro, el progreso político, enmarcado en la democracia, como un señuelo vulgar y el que más interesa a los individuos, el progreso económico, como una monstruosa mentira.

Creo que una buena explicación a esta situación que vivimos sería que la mayor parte de las primeras utopías occidentales modernas eran optimistas, porque no establecían claramente la decisiva diferencia que hay entre progreso científico y progreso espiritual. En algunas de esas utopías, en todo caso, se suponía erróneamente que el acumulado progreso científico y tecnológico aportaba automáticamente progreso espiritual. Esta moderna ilusión se disipó y fue conmovida cuando se fabricaron y arrojaron, hace apenas unos años, las primeras bombas atómicas.

Es pertinente, entonces, establecer con claridad, la distinción entre progreso material y el progreso espiritual.

Por ello las utopías que nos hablaban de un mundo feliz han pasado en el mundo contemporáneo a convertirse en pesimistas, por dos causas, a lo menos: porque si bien nuestra civilización se ha desarrollado manifiestamente con la esperanza de alcanzar un mundo mejor, lo cierto es que la miseria humana se ha acrecentado. Y segunda razón, porque la misma idea de progreso supone una sociedad pacífica en la cual se realizan todos los deseos humanos, pero la gente ya no está tan segura de que la nueva satisfacción de los deseos engendre verdadera felicidad.

Tenemos entonces hoy una situación que nos genera una peligrosa dicotomía. Es evidente el progreso en los terrenos relacionados con la materia inorgánica. Pero en los terrenos relacionados con los seres vivos, especialmente las criaturas dotadas de percepción y sensibilidad, no es aconsejable formular un rápido juicio sobre el proceso representado por un invento o un descubrimiento.

Colombia, como un microcosmos de lo que hemos afirmado antes, es un buen ejemplo. Vivimos hasta hace poco un período de holgura y estabilidad económica que no tenía antecedentes en nuestra historia y que hoy recordamos con nostalgia. Podríamos decir, y así lo recuerdo yo, que creíamos que por fin alcanzaríamos el status de país del primer mundo. El presidente Gaviria así lo pregonaba con prepotencia tal como lo hizo en Davos, Suiza, en su memorable intervención que hablaba del milagro colombiano, intervención que aún recordamos con malicia.

Pero simultáneamente a esa relativa bonanza que se vivió, el país registró una total decadencia de valores y se instaló en las familias y en las empresas exitosas un materialismo perverso que destruyó, creo que para siempre, el sentimiento de solidaridad y sencillez que nos había caracterizado. En ese gobierno, la palabra social fue estigmatizada como perversa y contraria al progreso materialista que se preconizaba. Por ello y como conclusión, y ojalá haya debate sobre lo aquí afirmado, la verdadera idea de progreso está es en los individuos, cuando ética y socialmente, y de cara a nuestro mundo familiar y a la empresa en que trabajamos, seamos espiritualmente mejores.

El espíritu y la reinstalación de Dios en nuestros corazones, y no el progreso científico y materialista, o la riqueza, es el factor que produce bienestar y felicidad en la vida humana. Y no, como infortunadamente sucede en nuestro país, la prosperidad, miseria y dolor.

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