INDULTITIS GANGRENANTE

INDULTITIS GANGRENANTE

Un indulto no premia una buena faena: premia un bravo toro. No vi el de Ernesto Gutiérrez que indultó Manuel Caballero en Manizales hace unos días, pero sí vi el de Zalduendo que indultó José Tomás en la tarde del domingo, última de la feria. Y fue una magnífica faena, pero el toro no era de indulto.

13 de enero 1998 , 12:00 a. m.

Fue noblote, humillaba, tuvo una gran fijeza (no miraba en el ruedo nada que no fuera la muleta del torero) y se dejó pegar casi un centenar de pases en los medios. Pero no era un toro bravo. No dio pelea en el caballo, en el tercio de banderillas esperó a la defensiva, le faltaron ganas en la muleta, y cuando le abrieron la puerta de chiqueros con la vida perdonada se fue sin despedirse. No tuvo fuerzas, ni recorrido en la embestida, ni mucha transmisión, y además era tardo. Tanto, que los sesenta o setenta naturales que le dio su torero (toda la faena fue con la mano izquierda) los tomó todos de uno en uno, descansando un instante antes de pasar al siguiente: solo dos tandas extraordinarias, por lo demás fueron ligadas. Magnífico el torero. El toro, menos.

Es que no han oído hablar en Manizales, ni en Cali con sus otros dos indultos de favor, y a lo mejor tampoco en Bogotá y en Medellín con los varios indultos que sin duda nos faltan, de los premios que existen para las buenas faenas de los toreros? De la vuelta al ruedo, de la oreja, de las dos orejas, del rabo, y, en otros tiempos, de la pata o de los dos cojones? (Uno solo nunca se dio, no sé por qué.) Los premios al torero significaban que se podía llevar a su casa la carne del toro para dar de comer a sus niños. Los premios al ganadero la vuelta en el arrastre no lo alimentaban, pero le daban prestigio. El indulto es ante todo un premio al toro; y solo en segundo lugar, al ganadero que lo supo criar bravo, y al torero que lo sabe lucir en su bravura (a riesgo de que sus niños se queden sin comer carne: aunque supongo que en esos casos el ganadero lo compensa con una vaca de leche, que también hace falta). Y en ningún caso puede ser el indulto un premio al público, que sólo puede aspirar al mejor: una buena faena.

El de Manizales hubiera debido conformarse con eso, porque hubo varias esa tarde de remate de feria. La de José Tomás a ese último toro, ya dije, fue magnífica: toda ella por limpios y serenos naturales, con el torero irguiendo ese empaque de obelisco que según algún lírico tuvo Manolete; aunque en más natural, en menos rígido (si juzgo a Manolete por las películas, que siempre engañan); en suave. También fue suave, de fácil, profundo y tranquilo mando, José Tomás con el capote; y el toro se dejaba, metiendo la cara con nobleza. Pero de indulto? No.

Si tanto quería el público un indulto a toda costa, mejor toro fue el primero de la tarde, al que César Rincón le hizo también una gran faena de esas suyas construidas de inmensos muletazos largos y poderosos, como empujes de vendaval (a uno lo acompañó, desde el cielo de Manizales, un trueno tremendo). Muy buen toro con enorme fijeza y largo recorrido, y que se fue creciendo en la técnica soberana de Rincón distancias, terrenos, pausas de respiro, pero al que le faltaron, como a todo el encierro, fuerza y fiereza. Y si el indulto era por la faena, pues esa lo valía: de principio a fin, todo lo hizo bien Rincón, hasta el saludo final desde el platillo del ruedo derramando claveles rojos con las dos manos. O lo valía la otra: faena de maestro en tauromaquia, en sicoterapia y en fisioterapia, cuidando y curando la blandura noble del toro. O la primera del mismo José Tomás, que despreció el viento racheado para pulsar, en sus pausas, muletazos de dignidad y de pureza. O alguna de las dos de Joselito , despaciosas ambas y como jugando, mandando con la muleta muerta. Buenas faenas, premiadas con orejas. Buenos toritos obedientes y fijos, aunque faltos de fuerzas. Pero de indulto no. Estoy seguro de que Fernando Domecq, el ganadero de Zalduendo, sintió que había quedado encartado con su toro vivo. Y ahora qué hago yo con este? Cómo lo empaqueto, a dónde me lo llevo, cómo les explico yo a todos los demás ganaderos de la familia Domecq que el público de Manizales me lo regaló vivo? Y ahora, cómo lo mato yo? No hay que indultar un toro porque lo quiera el público en sus ganas de fiesta. La única justificación que tiene el hecho de que en las corridas haya un presidente es la de morigerar y modular el entusiasmo del público. Por eso, el presidente va a su palco de corbata y sin bota de vino: no debe emborracharse. Debe guardar la cabeza serena para decir: No, señores; indulto no; solo palmas en el arrastre . En el fútbol, según me han dicho, no son las ganas del público las que deciden si se ha metido un gol, sino el pito del árbitro. Y, claro, el gol.

Y si acaso el presidente lo hace mal, para castigarlo está la bronca del público. Pero esos blandurrones presidentes que tenemos en Cali, en Manizales (y los hemos de ver en Bogotá y en Medellín), débiles y cobardes ante el público, ante el ganadero, ante el empresario de la plaza, se precipitan a conceder lo que les pidan: oreja, indulto, amnistía general, toros de regalo. Y al hacerlo están gangrenando la verdad de la fiesta brava. Que es fiesta, pero que debe ser brava.

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