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VICES Y SUS CAMPAÑAS

VICES Y SUS CAMPAÑAS

El redescubriento de la plaza pública Por MARIA EMMA MEJIA Estos tres meses de campaña al lado de Horacio Serpa han sido un intenso y muy productivo fogueo sobre lo que es el país y la política.

Fue un cambio drástico para mí. Una noche llegué de Atlanta donde como Canciller había participado en un foro con los ex presidentes Jimmy Carter y Oscar Arias y al día siguiente debía enfrentarme ya como candidata a la vicepresidencia, a una plaza pública.

No fue fácil despojarme del protocolo diplomático, del lenguaje medido y del timbre de voz de los recintos cerrados.

Pero muy pronto me contagié de la energía y la mística de la gente. Del país que se va destapando en cada gira y va mostrando un sentimiento de asociación, de comunidad, de identidad nacional y de profunda fe en el país.

El grupo base de la campaña en Bogotá es bastante pequeño. Sin embargo, es impresionante la manera cómo se va transformando en verdaderos ejércitos de ciudadanos, en redes de juventudes, en grupos de mujeres, que de manera voluntaria, dan cuenta, sin duda alguna y a pesar de los apocalípticos, de que las colectividades políticas están vivas.

Al lado de Horacio Serpa ha sido fascinante poder recuperar el sentido de justicia y de equidad social de un líder como Jorge Eliécer Gaitán, que también se identifica con las más renovadas corrientes del liberalismo político.

Ha sido muy grato descubrir que las multitudinarias manifestaciones, a diferencia de cómo las quieren presentar algunos, no son obedientes rebaños guiados por caciques políticos. En las plazas encontré mayoría de hombres y mujeres con posiciones propias, que se convertían en verdaderos interlocutores políticos.

En pocas palabras y a pesar de mi convencimiento tal vez por sesgo profesional de que los medios de comunicación son las plazas públicas de la era moderna, entendía, gracias a Horacio Serpa, que el contacto personal, el ver las caras de las viudas de Urabá o escuchar de los campesinos costeños las dificultades con el algodón, son experiencias irremplazables para quien quiera gobernar un país.

Yo había participado en otras dos campañas políticas: la de Luis Carlos Galán y la de César Gaviria. Sin embargo, ninguna de ellas, y a pesar de las dificultades producidas por el narcotráfico, en ese entonces, había sido tan dura como esta.

El catedrático venció al político Por GUSTAVO BELL Los últimos años de mi vida, los había dedicado a la docencia universitaria y a la investigación histórica. Pasar súbitamente al vértigo de la vida política ha sido un tránsito personal arduo y difícil, recompensado generosamente por las inagotables muestras de comprensión, solidaridad y afecto que me han prodigado millones de compatriotas.

En este tránsito de la academia a la política, la dificultad comienza en el discurso. Mis primeras intervenciones públicas tuvieron la duración exacta de mis cátedras y mucho me temo que, como en ellas, abundaron las disquisiciones teóricas y las referencias históricas. Por más propósitos de enmienda que hice creo que en los posteriores discursos siempre el catedrático derrotó al político, para fortuna de la pedagogía pero para infortunio de mis resignados oyentes.

(...) Algo que me llamó la atención durante la campaña, cuando visité regiones distintas a la costa Caribe, fue la dificultad para las gentes del interior de relacionarme con el arquetipo que se habían formado del costeño. Esos auditorios, al conocerme y escucharme, no podían dejar de traslucir su sorpresa, siempre cordial y respetuosa, por la disparidad entre lo que yo transmitía y su prefiguración del costeño. Si la percepción de mi mensaje fue positiva, me alegra pensar que esta campaña ha sido ocasión propicia para ayudar a superar estereotipos culturales de las gentes de mi región, inexactos e injustos.

Son muchas las cosas que se viven al recorrer un país en campaña. Todo ello matizado por un sentido del humor de la gente que surge de repente en los momentos más inesperados. Como el fervoroso partidario en la gallera Pica Pollo , de Barranquilla, que se empeñaba en postularme como Presidente y al aclarársele que mi aspiración era vicepresidencial, no tuvo reato para expresar a voz de cuello: Eche y acaso ese cachaco del Presidente no se va a enfermar nunca? (...).

Ahora que reflexiono, a propósito de este artículo, sobre lo que ha sido esta campaña política en mi vida, dedicada hasta ahora a la intimidad de mi hogar, a la soledad de mi biblioteca, al silencioso discurrir de mis pesquisas de historiador, se me ocurre pensar, parodiando a Borges, en Borges y yo , que es al otro Bell, no a mí, a quien le han sucedido todas estas cosas. Como él no tengo tampoco seguridad sobre cuál de los dos ha escrito estas líneas.

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