CAZACUCARRONES

Lo del alumbrado en Bogotá, en los recuerdos de mi infancia, tiene mucho que ver con los cucarrones. Los bombillos no empezaron a funcionar en las esquinas sino después de 1910. Para el centenario se estrenaron. Iluminaban los edificios de la exposición en el parque que se inauguró ampliando considerablemente lo que había sido el de San Diego. Entonces, la ampliación consistió en el bosque que iba de la carrera 7a. al Paseo Bolívar. El templete de San Diego era una pequeña muestra de arquitectura clásica en el centro de lo que estaba encerrado por una verja entre la carrera 7a. o Camellón de Las Nieves y la carrera 13 o camellón de San Victorino. Lo encuadraba un marco de enormes eucaliptos y en el centro el templete, que se había proyectado para que tuviera una estatua que nunca llegó. Pasados los años, el templete fue a parar al Parque de los Periodistas, en el centro del antiguo Bogotá, la carrera 5a. con lo que había sido el río San Francisco, a poca distancia de la iglesia del Car

23 de julio 1998 , 12:00 a. m.

Todo esto parece prehistoria, porque es anterior a la orden de Laureano Gómez que dispuso, de la noche a la mañana, tumbar los eucaliptos de San Diego. Entonces, donde había sido el sitio del templete se construyó el estanque de La Rebeca. Como se trataba del primer monumento de un mármol desnudo, Laureano sentía un placer íntimo en ver esa estatua desnuda bañándose, recogiendo el agua en una totuma.

La antigua Escuela Militar tenía su sede en San Agustín en la esquina con la carrera 8a. El alumbrado público se reducía a unas cuantas bombas de luz de arco en los puntos cruciales de la ciudad. Una de ellas estaba instalada en la esquina de San Agustín con la carrera 8a. Era la gran atracción de los cucarrones... y de nosotros, los muchachos de escuela, que íbamos a cogerlos para establecer familias en los pupitres de las aulas. Yo tenía llena de arena la parte del pupitre destinada a los libros y cuadernos, y allí mis familias de cucarrones, que recogía al pie de la bomba de la luz de arco y llevaba a la escuela en una cajita de galletas de vainilla.

Había leído sobre el escarabajo pelotero en los libros de Fabre y creo que sabía mucho más de la vida de los cucarrones que de aritmética, geografía o gramática. Más o menos lo mismo podían decir mis demás compañeros de la escuela anexa de la Universidad Republicana. La Republicana tenía fama de ser un criadero de anticlericales y yo puedo ser testigo de que nosotros sabíamos más de los cucarrones que de comer curas. Pero creo que en lo del anticlericalismo de la Republicana hay un poco de leyenda. Yo era un niño y en los recreos ciertamente oía conversaciones de los grandes. Recuerdo que un sobrino del rector, el doctor Iregui, nos contaba una tarde en el recreo a dos o tres muchachos de la escuela anexa las truculentas historias de los caminos subterráneos que en la colonia comunicaban los conventos de monjas con la casa de los jesuitas y de cómo los de la Compañía de Jesús se pasaban por ese subterráneo a tener sus citas con las monjas.

El pasante nos decía cómo se habían descubierto esos pasadizos y nos echaba cuentos que no podían ser más escandalosos. Ocurrió que un día el pasante de los cuentos no volvió a la universidad. Su madre había muerto y su última voluntad era la de que su hijo entrara al seminario y recibiera las órdenes sacerdotales. El muchacho, que en todo obedecía a su madre, dejó la Republicana, entró al seminario, se hizo cura y así hasta la muerte.

Todo en aquella época era muy convencional. Estaba resuelto que cualquiera de la Republicana tenía que ser comecura. Como yo era estudiante de la Republicana desde la escuela primaria, mi madre consiguió que para los retiros espirituales de la primera comunión me admitieran en el Colegio de las Hermanas de la Caridad. Sin malicia, ella no les dijo a las hermanas que yo estudiaba en la Republicana, plantel que estaba excomulgado. Pero, al hacer mi primera confesión, el cura me preguntó, ya en el confesionario, entre mil otras cosas, dónde estudiaba. Ingenuamente le dije que en la Republicana. No pasó nada. Me echó la absolución. Me fui para mi casa. Al día siguiente, cuando fui a entrar a donde las hermanas, en la puerta me devolvieron. Yo había dicho que estaba en la Republicana y no podía entrar. Como esto se sabía por haberlo dicho en una confesión, regresé a mi casa escandalizado. Mi madre regresó a donde las hermanas y aquello fue como una piedra de escándalo. Ella logró que me preparara el párroco Camargo de Santa Bárbara en unos ejercicios particulares que convino en hacerme. Pero yo, escandalizado de que se hubiera revelado el secreto de la confesión, quedé seriamente golpeado por mucho tiempo.

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