LA LIBERACIÓN DE KUWAIT

LA LIBERACIÓN DE KUWAIT

En medio de la ansiedad por el resultado de las conversaciones en curso mientras se escribe el presente comentario, el mundo no puede olvidar, cualesquiera hayan sido sus conclusiones, el origen del actual conflicto en el Golfo Pérsico: la ocupación brutal de una pequeña y rica nación árabe por el inescrupuloso expansionismo militar de otra de la misma raza. Si la fuerza se convirtiera en el árbitro supremo de los apetitos, los conflictos y designios de los gobernantes, la humanidad habría echado a pique los frutos de su largo esfuerzo por conciliar los intereses de los pueblos en torno del respeto a sus derechos y del acatamiento a unas normas internacionales por todos aceptadas. Tal la cuestión sobre el tapete en el encuentro de los representantes de Estados Unidos e Iraq.

10 de enero 1991 , 12:00 a.m.

El dilema no ha sido propiamente el de optar por la guerra o por la paz. De haber sido tan sencillo, se habría escogido, sin pensarlo dos veces, evitar dramáticos derramamientos de sangre. Con criterio semejante actuaron los jefes de gobierno de Gran Bretaña y Francia, Chamberlain y Daladier, frente a la desafiante arrogancia de Hitler. A su regreso de cada entrevista, especialmente de la realizada en Munich, sus compatriotas aplaudían su conducta transaccional, esperanzados y entusiastas.

La paloma de la paz rubricaba su transigencia con los preparativos bélicos para la absorción de otras naciones. El concepto del derecho se reemplazaba por el derecho estrafalario de invadir a los demás. El apaciguamiento a ultranza, subconscientemente estimulado por el remordimiento de haber ido demasiado lejos en la exigencias de codiciosas reparaciones por los estragos de la Primera Guerra Mundial, abría el campo a la segunda, más devastadora y cruel.

La Liga de las Naciones de aquella época se convirtió en rey de burlas de los dictadores. Allí, en los viejos y los nuevos palacios de Ginebra, seguían reuniéndose los voceros de unas democracias supuestamente en decadencia irremediable, acorralados y atemorizados por las voces estentóreas de los totalitarismos en ascenso. De hecho, había dejado de operar como cuerpo orgánico con capacidad decisoria. En su lugar, actuaban los bloques agresores y las alianzas defensivas. En último término, la prueba de fuerza sobre las ruinas de la fracasada asociación planetaria y sobre las cenizas del derecho internacional.

Iraq resolvió apropiarse de Kuwait, su vecino, con el vano argumento de que habían constituido una sola nación durante el fenecido imperio otomano. La verdad es que le atraía anexárselo por disponer, en su reducido territorio, de una de las más grandes reservas petrolíferas del mundo, la tercera. Además, por haber acumulado en el exterior un portafolio de inversiones de cien mil millones de dólares, del cual venía derivando rendimientos superiores a los de la misma extracción y refinación de sus hidrocarburos. Tanto que ha podido seguir funcionando como poderosa economía en el exilio y contribuir a los gastos de su defensa, en forma apreciable.

La ocupación de Kuwait le significaría cuantiosas utilidades. Con mínimo costo, haría la más brillante operación militar y comercial de su historia. Pero sentaría el precedente de que la soberanía de las naciones puede ser mancillada y estar permanentemente a merced de la fuerza. Ningún orden internacional sería así posible, salvo el muy azaroso y arbitrario que surgiera de la des enfrenada competencia armamentista. Los recursos escasos deberían invertirse en prevenir o facilitar eventuales agresiones, cuando más se requieren para aliviar los rigores del hambre, la insalubridad y el desempleo.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) se formó para tutelar la paz y la justicia en las relaciones internacionales. Todavía intacta, a pesar de tantos percances, pudo convenir la acción conjunta, en respaldo de la irreprochable causa kuwaití. Exigir a Iraq el cese de su abusiva ocupación, en término improrrogable: el del l5 de enero. Y, en caso contrario, imponer su legítimo mandato, expulsando al invasor por la única vía restante, en la hipótesis de que no tuviera éxito la de la persuasión.

Nadie osaría sostener, con fundamento, que no se ha procedido con diligencia y cuidado. Primero, la notificación rotunda sobre la inaceptabilidad del brutal atopello. En seguida, las sanciones económicas. Luego, las intensas gestiones diplomáticas. A las buenas o a las malas, toca al dictador de Iraq, Saddam Hussein, retirarse de Kuwait, sin condiciones ni justificaciones de su criminal actitud.

Desde luego, el pueblo palestino merece tener hogar permanente. No puede seguir siendo nómada, ni andar buscando dónde asentarse. Obtenida la liberación de Kuwait, corresponderá a la ONU asumir el conocimiento de esta otra fuente de conflicto y de violencia. Es claro, sin embargo, que no debe haber ningún pretexto, ninguna excusa para la ocupación de Kuwait. De dos problemas distintos se trata.

Cuál ha sido la alternativa? La del usufructo indefinido de la agresión y el desconocimiento de la autoridad de la ONU. A todas las almas sensibles nos aterra la perspectiva de una guerra en que mueran centenares de miles de seres humanos. Pero si falla la solución política del derecho internacional, la única manera de evitar la instancia crónica de la fuerza estaría en una fulminante operación militar. Ojalá no sea necesaria. Ojalá el mundo se ahorre los riesgos previsibles de ejecutarla.

Pero su suerte no se puede entregar a los aventureros de la violencia, ni establecer el imperio de las vías de hecho, sin que se sembrara un semillero de catastróficas contiendas y, por temor, se cediera el paso a la barbarie internacional. El fiasco de la ONU, en este trance decisivo, implicaría su descrédito, como le ocurriera a la Liga de las Naciones. Si se quiere la paz, si se aspira a no recrudecer el armamentismo después de extinguida la guerra fría de las grandes potencias, hay que empezar por negarle todo título para conquistar países, bienes y riquezas. O para resolver los pleitos entre las naciones.

Cuál el dique contra delirios como los de Saddam Hussein si fallara la organización internacional? Ninguno, fuera de la capacidad de cada nación, de cada pueblo, para repelerlos. Nunca faltan, en las comunidades, personalidades como la suya: ególatras, insaciablemente ambiciosas, un poco o un mucho esquizofrénicas. Posibilidad que obliga, conforme se entendió al término de las dos últimas grandes guerras, a contar con mecanismos adecuados para sobreponer la racionalidad del derecho a los horrores de la ley de la selva.

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