EL HOMBRE DE GRANAHORRAR

EL HOMBRE DE GRANAHORRAR

A finales de la semana pasada se llevó a cabo una de las más insólitas operaciones que hayan podido presentarse en el sector financiero: la oficialización de Granahorrar. Insólita porque en una negociación en la que todos hubieran podido ganar accionistas, acreedores y hasta el propio Gobierno todos salieron perdiendo. Los únicos que se salvaron fueron sus ahorradores.

11 de octubre 1998 , 12:00 a.m.

Julio Carrizosa Mutis, el accionista mayoritario de la corporación, veía cómo la empresa a la que le había dedicado doce años de trabajo y en la que tenía depositado buena parte de su patrimonio personal, se le escurría de las manos. Los bancos acreedores, por su lado, no solo veían esfumar 130 mil millones de pesos de sus arcas, sino que perdían la oportunidad de hacerse al control de una entidad que, si bien afrontaba problemas de liquidez, estaba consolidada como una de las instituciones financieras más representativas del país.

El Gobierno, aunque resultó ser el salvador de última hora, se vio obligado a inyectarle una importante suma de capital para evitar la quiebra de la corporación.

Qué fue lo que frustró una negociación que ya estaba prácticamente firmada? Mientras los asesores de Carrizosa Mutis argumentan que los bancos acreedores cambiaron a última hora las condiciones del acuerdo inicial y que por esa razón no se aceptó el negocio, los bancos señalan que no hubo tal modificación y que lo único que buscaban era precisar aspectos jurídicos del acuerdo para evitar futuras demandas.

Una carta enviada por los asesores de Carrizosa en la que advertían su desacuerdo con ciertos términos del negocio, molestó a la otra parte, que decidió dar por finalizadas las conversaciones. Así, la única salida que quedaba fue la que se dio: el Gobierno tomó el control de Granahorrar.

Puro pulso Pero definitivamente el que salió más perjudicado en este episodio fue el principal accionista de la corporación, que no solo soportó la pérdida de la entidad, sino que quedó con millonarios compromisos financieros.

Quienes lo conocen lamentan lo que Julio Carrizosa Mutis afronta en estos momentos, pues se trata de un empresario hecho a pulso, que se ha valido de su tesón santandereano para convertirse en una figura reconocida del sector financiero y de la construcción a nivel nacional.

Su nombre no suele aparecer en los periódicos y son pocos los que pueden hablar largo y tendido sobre su vida y sus negocios. Su decisión de mantener un bajo perfil lo ha llevado, de hecho, a convertirse casi en un misterio.

Llegó a Bogotá en los años setenta, cuando ya se había ganado un puesto como importante constructor en Bucaramanga, su ciudad natal. Fue allá donde, sin gozar de demasiados recursos económicos, empezó su carrera como constructor, desarrollando interesantes proyectos de vivienda como el barrio El Bosque.

Sin terminar su carrera como ingeniero civil, de la cual adelantó unos años, Carrizosa empezó a trabajar en una pequeña firma, pero pronto decidió independizarse y crear su propia empresa: Industrial de Construcciones, que aún hoy se mantiene activa.

Desde sus primeros años en Bucaramanga (e incluso siendo apenas un estudiante de colegio), Carrizosa demostró poseer cualidades especiales para los negocios y sorprendió por la actitud porfiada con la que suele enfrentarse a las cosas con el afán de lograr lo que busca.

Con esa mentalidad, no era raro que rápidamente Santander le quedara pequeño. Carrizosa quería extender su poder como constructor y por eso decidió viajar a Bogotá con todo y empresa. Llegó a la capital acompañado de su esposa Astrida (una mujer nacida en Letonia, a quien conoció en Bucaramanga cuando ella llegó allá formando parte de los Cuerpos de Paz) y con el deseo de convertirse en uno de los más activos constructores del país.

Gracias a su espíritu abierto y a su empeño, logró ser uno de los principales contratistas del Instituto de Crédito Territorial, que por aquella época tenía el monopolio de la construcción. Poco a poco fue adquiriendo importancia en el sector, al centrarse en proyectos de vivienda popular y dominar un sistema rápido de construcción por medio de prefabricados.

Al tiempo que su nombre sonaba como uno de los constructores más beligerantes, su poder económico crecía.

A la banca En la década de los ochenta, su interés por extenderse en el mundo de los negocios lo llevó a buscar entrada en mundo de la banca. Carrizosa Mutis decidió adquirir el control accionario de Granahorrar, cuando su propietario, Jaime Michelsen Uribe, afrontaba la crisis financiera.

Con nuevos dueños, la corporación volvió por la senda del crecimiento. La compañía se sobrepuso a la crisis y, contrario a lo que sucedió con la mayoría de las empresas donde Michelsen tenía participación, no fue intervenida por el Estado.

Así, Carrizosa comenzó a aparecer a nivel nacional como uno de los hombres fuertes de la economía (también hizo presencia accionaria en Davivienda y Ahorramás), aunque él seguía con su intención de mantener un bajo perfil, deseo que se convirtió casi en obsesión tras haber tenido que viajar a los Estados Unidos por cuenta de recibir serias amenazas.

Este santandereano supo aprovechar los años ochenta, que para la construcción y los créditos de vivienda resultaron ser muy positivos: Belisario Betancur incluyó en su plan de desarrollo la vivienda como un sector prioritario, se lanzó el programa de vivienda sin cuota inicial y el sector registró comportamientos muy favorables a principios y mediados de la década.

Pero en los noventa el panorama cambió al vivirse la caída del sector de la construcción. La extinta junta monetaria optó por una política restrictiva y las tasas de interés empezaron a crecer más allá de las posibilidades de pago de los deudores. Todo el sistema financiero sintió el impacto. Granahorrar empezó a afrontar problemas de liquidez que, sumados a las diferencias que surgieron entre sus accionistas, fueron cambiándole la cara a su futuro.

El enfrentamiento entre sus dueños, que se empeoró a mediados del año pasado, apresuró la crisis. Y cuando las dificultades que afrontaba la corporación comenzaron a sonar en los medios de comunicación, los retiros cuantiosos empezaron a verse y el hueco de liquidez se hizo más grande. Carrizosa puso en venta la corporación, y pese a que firmas internacionales (como Argentina, Bilbao Vizcaya, Central Hispanoamericano y Santander, de España) se interesaron, el clima de la economía nacional y mundial los llevaron a no concretar el negocio.

Al final, y con la presión del tiempo como otro factor en su contra, se llegó al intento de negociación que terminó frustrado la semana pasada. No valieron los buenos oficios del presidente Andrés Pastrana ni la experiencia conciliadora de la superintendente bancaria, Sara Ordóñez. El final terminó siendo la oficialización.

Lo que viene Los pocos que han conversado con Carrizosa Mutis después de este episodio aseguran que se encuentra muy golpeado con lo que pasó. Lo mismo le sucede a su hijo mayor, Alberto, que desde hace un buen tiempo participa activamente en los asuntos económicos de su padre.

Carrizosa tiene otros dos hijos varones, uno de los cuales también trabaja a su lado. El menor, de 24 años, estudia ingeniería en los Estados Unidos y no se ha vinculado todavía a los negocios familiares.

Sus amigos suelen describir a Carrizosa como un hombre sensible, que cree en la buen fe de los demás hasta que no le demuestren lo contrario (actitud que por lo general se presenta en el mundo de las finanzas, pero al revés). Sin embargo, su carácter lo ha llevado a ser visto como una persona que difícilmente cede y con la que negociar no es nada fácil.

De hecho, se le conoce como una persona empecinada, que no abandona el objetivo antes de alcanzar sus metas. Algunos se atreven a señalar que en ocasiones comete el error de delegar demasiado en materia de decisiones fundamentales. Incluso hay quien afirma que eso fue, precisamente, lo que pudo suceder en el caso de Granahorrar.

Su intención por ampliar su espectro empresarial lo ha llevado a extenderse a diversos proyectos, entre los que se cuentan el negocio del atún y los concesionarios de automóviles en varias ciudades del país.

Cercano a los 65 años, Julio Carrizosa Mutis sigue manteniendo la discreción de los primeros tiempos. No es un hombre que acostumbre visitar clubes, aunque posee una activa vida social. Le divierte atender muy bien sus amigos, que por cierto reconocen la generosidad con que suele ayudarlos cuando atraviesan momentos de dificultad.

Buen conservador y liberal serpista, Carrizosa no anda rodeado de escoltas ni usa carros último modelo. Podría decirse que busca pasar desapercibido para centrarse en lo que le más le interesa: sus negocios. Es de una persona con sentido práctico que no se derrota fácilmente. Por eso resulta posible afirmar que de este último impasse, aunque le haya dejado un hueco grande en sus bolsillos, saldrá airoso al volver a poner a funcionar su garra santandereana.

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