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PODRÁ EE.UU. RESCATAR A JAPÓN

PODRÁ EE.UU. RESCATAR A JAPÓN

Después de meses de intimidar a Japón para que adoptara medidas más enérgicas para reparar su deprimida economía y atribulados bancos, el gobierno estadounidense finalmente predicó con el ejemplo: se unió a Japón en la compra de yenes, un esfuerzo que, al menos temporalmente, ha logrado aumentar el valor de la divisa japonesa.

La medida pone de manifiesto lo que quizá sea el tema más apremiante de la jornada sobre el camino de la economía global: Puede Estados Unidos y otros países ricos salvar a Japón de sí mismo? O tendrán que esperar a que el país afectado] reconozca la escalofriante dimensión de su crisis económica actual? La intervención de ayer _la primera medida estadounidense realizada en los mercados de divisas en casi tres años_ representa una señal de que el gobierno del presidente Bill Clinton no cree que Tokio puede recuperar la confianza que tanto necesitan los mercados financieros sin ayuda externa.

El desplome del yen ha sido como echar gasolina a un fuego que ya ardía furiosamente, y hasta que ocurrió la intervención, parecía que todos los bomberos estaban parados al margen y determinados a quedarse ahí , dice Jeffrey Garten, decano de la Facultad de Negocios de la Universidad de Yale. Está bien decir que todas las soluciones están en manos de los japoneses, pero eso no se ajusta a la realidad. Cada vez que el yen baja, el resto del mundo se acerca a lo que podría convertirse en una gran debacle financiera a nivel mundial .

Durante casi 25 años, EE.UU. y otros países acaudalados han intentado _con diferentes resultados_ guiarse a sí mismos y a la economía global hacia la prosperidad y alejarse de errores que puedan costar caro.

Los ministros de Finanzas, banqueros centrales y a veces hasta los jefes de estado del Grupo de los Siete países más industrializados del mundo _o el Grupo de los Ocho cuando se incluye a Rusia_ han luchado contra un dólar débil o un dólar fuerte, con las consecuencias económicas de la costosa reunificación de Europa y la incierta transformación de Rusia en una economía de mercado, y con la crisis de deuda de los 80 en América Latina y la crisis de divisas de los 90 en Asia.

Pero Japón, que en este momento representa el mayor riesgo a la prosperidad internacional, plantea un problema inusualmente desconcertante.

Con las demás economías asiáticas en problemas, los funcionarios estadounidenses, asiáticos y europeos temen que los líderes de la segunda economía del mundo se resistan a ver la realidad o estén paralizados por un sistema político que no funciona. Los mercados financieros se muestran escépticos ante cada promesa que hace el gobierno japonés.

Aunque los mercados acogieron ayer la noticia de la intervención con entusiasmo, la medida no está exenta de riesgos. Los mercados son veleidosos y Washington se vería impotente si cambian de dirección hoy o mañana.

La mejor herramienta de presión es si todo el G-7 presenta un frente unido y le dice a Japón: No vamos a permitir que arruine nuestro mundo , declara David Mulford, ex economista del gobierno de George Bush, que ahora preside la junta internacional de Crédit Suisse First Boston Ltd. Hasta la fecha, el G-7 como grupo ha sido muy pasivo .

La coordinación de la política requiere una atención constante para lograr objetivos relativamente modestos. Hay que reunirse una y otra vez para llegar a un consenso. Si el proceso hubiera continuado, entonces las alarmas (sobre Japón) hubieran sonado mucho antes , agrega Mulford.

Es posible. Sin embargo, durante la mayor parte de los años 80, Japón, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Canadá e Italia, miembros del G-7, presionaron con escaso éxito a EE.UU. para recortar un elevado déficit presupuestario que, en su opinión, amenazaba la estabilidad de la economía mundial. A pesar de ello, pasaron varios años antes de que EE.UU., primero en 1990 y de nuevo en 1993, adoptara importantes medidas para reducir su déficit.

Ahora Clinton tiene problemas para que el Congreso apruebe su petición de conceder más dinero al FMI. A su homólogo japonés, Ryutaro Hashimoto, le ocurre lo mismo con la Dieta japonesa (parlamento). De hecho, uno de los motivos por los cuales el gobierno estadounidense envió ayer a Tokio a Lawrence Summers, subsecretario del Tesoro, y a William McDonough, presidente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, era para reunirse con varios líderes japoneses y llamar la atención sobre los riesgos a la economía global.

Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal, hará probablemente lo mismo cuando viaje a Tokio el próximo mes. Hasta ayer, EE.UU. había obligado a Tokio a actuar_y se había resistido a todas las peticiones japonesas para ayudar a hacer repuntar el yen tras caer a un mínimo de ocho años frente al dólar.

Garten, ex responsable de asuntos internacionales del Departamento de Comercio en el gobierno de Clinton, indica que sus antiguos colegas pueden haber sido demasiado lentos en actuar. Garten le da una buena nota al gobierno de Clinton por la gestión de la economía estadounidense y la respuesta a la crisis del peso mexicano en 1994. No obstante, le concede un posible reprobado si la situación empeora y EE.UU. se mantiene firme en su creencia de que todo depende de Japón o de que los mercados se encargarán de ello .

En los últimos días, el panorama cambió tras la continua caída del yen, el deterioro de los mercados en Corea del Sur, Indonesia e incluso Rusia, y los temores de una posible devaluación en China. Ante la proximidad de la visita de Clinton a China, la próxima semana, aumenta cada vez más la presión sobre el gobierno estadounidense para que no se limite únicamente a conversar.

Sin embargo, se necesitarán varias semanas, o quizá meses, antes de que EE.UU. y otros países puedan realmente saber si Japón modificará el ritmo y los detalles de su rescate bancario, o si por el contrario, lo hace para tranquilizar a Washington. Ante el inicio de la campaña electoral, es poco probable que los políticos japoneses adopten nuevas medidas en especial si son impopulares, como por ejemplo, aumentar la presión sobre los bancos.

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