MARQUESES TROPICALES

MARQUESES TROPICALES

Conocí el otro día, por casualidad, a un genealogista español que tiene a su cargo la aclaración de títulos nobiliarios y el manejo de asuntos pertinentes a este curioso capítulo de la bobería humana.

09 de octubre 1998 , 12:00 a.m.

Cuando le dije que en América Latina nos parecía risible la existencia de condes, duques, marqueses y personajes por el estilo, el genealogista me contestó con un digno levantamiento de mandíbula: Pues sepa usted que todas las semanas vienen latinoamericanos interesados en reivindicar algún título de viejísimos antepasados suyos, o incluso en comprarlo al precio que les exijan.

El señor no quiso darme nombres. Pero dice que varios colombianos se han acercado con esta intención en los últimos años, y algunos han salido de su despacho, después de enjundiosos trámites de botánica genealógica, con su pomposo título bajo el brazo. Eso sí, mi interlocutor acepta que algunos de estos candidatos a título no están realmente interesados en exhibiciones de alcurnia, sino en sus efectos prácticos. No sabe usted aseguró hasta qué punto ayuda un título nobiliario, aún ahora, a hacer negocios o a ganar admiración y respeto .

Eso es lo triste. Digo, que un título nobiliario todavía suscite admiración, respeto e incluso envidia. Porque, para empezar, los primitivos nobles, los que mariposeaban por la Corte del rey y danzaban con venias amaneradas en los salones palaciegos, no eran mejores ni peores que los caballerizos que les sujetaban los estribos a la hora de montar en la yegua preferida, o que los ujieres encargados de abrir el portón. Eran más ricos y más educados. Pero no mejores: los ujieres al menos no explotaban a nadie. La prueba es que, en tiempos de nuestro rey Felipe II, muchos condes y marqueses poblaron las cárceles del reino por robar, matar o violar mujeres.

Pero, además, los actuales nobles ni siquiera detentan el título por mérito personal, sino por gratuita herencia. Yo alcanzo a entender que un personaje ostentara con orgullo el marquesado que le concedió el monarca a raíz de una hazaña patriótica. Pero me parece grotesco que saque pecho e incluya el título en sus tarjetas personales un yuppie contemporáneo que viene a ser tatatataratataranieto de aquel valiente guerrero.

Por otra parte, hay títulos cuyo nombre suena a chiste. Existe desde hace lo menos cinco siglos en España el conde de Puñoenrostro. Este debe la denominación del título a una trompada que, en momento clave, le asestó a un enemigo del rey, o algo así. Sé que los descendientes de aquel trompadachín de cortes se hacen llamar como su lejanísimo abuelo. Pero es inevitable sonreír cuando uno piensa que, si en vez de acudir a la mano hubiera hecho uso de la pierna, habría sido Conde de Patadaenjopo . Aunque, viéndolo bien, este sería uno de los pocos títulos que yo estaría dispuesto a aceptar.

En Colombia han sido escasos los nobles famosos, pero no inexistentes. El más célebre fue, quizás, el Marqués de San Jorge, Jorge Miguel Lozano de Peralta, que no sólo era uno de los pocos nobles titulados de Santafé en el siglo XVIII, sino más importante aún tenía uno de los tres coches que recorrían las pocas calles de la villa. Hermano suyo era Jorge Tadeo Lozano, un patriota que fundó periódicos y fue primer presidente elegido y primer presidente derrocado del estado de Cundinamarca. El marquesado de San Jorge rodó almanaque abajo hasta nuestros tiempos. Lo último que supe del título me lo contó entre carcajadas el inolvidable Fabio Lozano Simonelli: él era el actual marqués de San Jorge! Otros nobles famosos de Colombia son los condes de Casavalencia, título que, si no estoy mal, debe de recaer hoy en el actual embajador en Japón, mi querido amigo Pedro Felipe Valencia, que allí será considerado shogun. Conozco también el caso de un caballero bogotano, ex gobernador y ex embajador, que reivindicó y obtuvo en España un título que le correspondía a su familia. Ignoro si es marqués, duque o vizconde. Lo que sí puedo garantizar es que desde antes de que se lo dieran ya era todo un príncipe . Entiendo que en la costa caribe fue célebre el marqués de Valdehoyos, que dejó hermosa casa en Cartagena, y que la familia Madariaga tuvo a bordo el condado de Pestagua. Si no ha desaparecido, debe de estar en manos de Víctor Mallarino.

Y, para cerrar la minúscula lista de nobles colombianos, no se me ocurren más que el Conde de Cuchicute, un santandereano al que le revolvió la cabeza el afán de un título, y la célebre condesa Braschi, dama pereirana que casó con noble en Italia. Ella y su hija provocan revuelo en nuestro patético jet set local cada vez que vienen de veraneo. No hay revista en la que no aparezcan, coctel al que no estén invitadas, ni personajete social que no aspire a sentarse al lado suyo en la fiesta.

Cuando veo el entusiasmo que despiertan, pienso que a lo mejor tiene razón el genealogista que conocí el otro día: en nuestra América Latina republicana e igualitaria muchos suspiran por un certificado de nobleza que los haga sentirse de mejor familia que los demás patirrajados.

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