EL CONGO DE ORO

Sucedió el domingo 23 de agosto en el estadio Palogrande de Manizales. Eran las 4:45 p.m. y el Atlético Nacional ya estaba en el campo de juego. En ese instante salió el Once Caldas, equipo líder del campeonato, por la boca del camerino sur del Estadio. Cada uno de sus ju gadores tocó la gramilla, se dio una bendición y salió corriendo hacía el centro del campo.

30 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

Edwin Arturo Congo Murillo, vestido de blanco, como todos los días de estos últimos cuatro años, se desvió rumbo a la gradería sur y saludó a un grupo de peliamarillos que no sumaban más de 20. Toda la tribuna gritó y sacó las banderas. Cambió de rumbo y trotando llegó hasta norte, levantó la mano derecha y saludó a un lunar blanco que sobresalía en la tribuna; otra vez gritos y banderas.

Son su familia y su apoyo. Todos han sufrido con él desde hace dos años cuando, por cuestiones del destino, se le atravesó ser profesional del fútbol. Los de sur son sus compa ñeros de odontología. Los mismos con los que armó un equipo que se llama MTV- todavía existe, pero Edwin no juega-, cuando hacía preuniversitario en la Universidad Autónoma de Manizales y fue la sensación del campeonato de ese año. Ganaron.

Los de norte son sus dos hermanos: Jhonny, el de 18 años, que estudia Medicina, y Jair, el de 24, que estudia Biología y Química. Estaban acompañados por los dueños de la casa, donde comparten un mismo cuarto. Edwin, el de 21, es quien los sostiene. Son la barra 7 Congo que cada fecha lo acompaña. Son los mismos que tienen que torear a la prensa para que lo dejen descansar o estudiar después de sus largas jornadas de clases y entrenamien tos. Son los que lo hacen sentir como en casa, mientras su mamá y su papá lo apoyan con una llamada diaria desde Buenaventura.

Vida agitada Todos se han tenido que aguantar la vida agitada de Edwin. Los de la U le toman notas, le llevan razones a los profesores cuando no asiste a clases, enfrentan a los envidiosos que hablan mal de él a sus espaldas y fuera de eso cargan con el peso de la fama. Ellos se ríen, posan y hacen bromas. Esto se debe a que, en los últimos dos meses, por lo menos una vez cada semana llega una cámara de televisión o un fotógrafo a la caza del estudiante de odontología más famoso de Caldas.

l no cambia, pero tampoco pasa inadvertido: su sonrisa blanca, su cabeza rapada y su cola parada no se lo permiten. Es el mismo compañero que todavía se trasnocha estudiando con ellos. El que cuando entra a la clase de Clínica le pega un grito al portero, le da un abrazo a la auxiliar y saluda a cada uno de los docentes que se encuentra en el camino: Entonces qué, profe? . No para, igual que en la cancha.

Los de la casa, especialmente Ligia Orozco, la señora a quien Edwin llama Ma , se tu vieron que aguantar el regaño más grande de su vida cuando Lilian Murillo, la mamá de los Congo, se enteró de que su hijo del medio, Mis orejitas , como lo llama, había entrado al Once Caldas.

Ella sabía desde siempre, desde que era el goleador con cada uno de los equipos con los que jugaba, que a Edwin le iba a pasar eso, pero había luchado por evitarlo. Por eso se esfor zaba a muerte para pagarle con su sueldo de trabajadora social una de las carreras más costosas que hay en la universidad, y más en una privada como la Autónoma.

Cuando se enteró de la noticia, se fue furiosa para Manizales. Allí habló con el decano de la facultad, quien le dijo: Edwin es un estudiante muy capaz y puede con ambas actividades .

Peleó con Martín Sierra, quien lo había recomendado en el Caldas, y se hizo llevar hasta la concentración del Once donde Edwin esperaba ansioso su primer partido como profesional.

Apenas supo que yo estaba allá se puso nerviosísimo, pero cuando lo vi con el uniforme, me di cuenta de que la cosas iban en serio , afirma Lilian. Al final, ella terminó asistiendo al primer partido de Edwin contra Millonarios, viajando hasta Manizales cada semana para verlo jugar y sintiéndose orgullosa de él. Le toca muy duro y él resiste todo. Lo admiro , reafirma ella.

No había opción Y es que lo presentía. Cuando Edwin tenía nueve meses, sus ojos se quedaban quietos mirando cómo sus primos y su hermano Jair jugaban a la pelota. Un día, sin que nadie se diera cuenta ni supiera cómo, el pequeño se apoyó en la pared. Haciendo todo el esfuerzo con sus manitas, logró ponerse de pie, y dio su primer paso solo para pegarle al balón.

No dejó el fútbol jamás, aunque la idea de ser futbolista profesional la cambió por la de ser odontólogo cuando terminó bachillerato en Buenaventura: su 297 en el Icfes se lo permitía.

Eso de sacar dientes y jugar con la fresa le encantaba desde pequeño, cuando tenía un ve cino odontólogo en Bogotá donde nació y vivió hasta cuando cursaba noveno grado. Se fue a Manizales y entró al preuniversitario y se dedicó a estudiar, pues tenía que sacar un promedio por encima de cuatro para entrar. Lo logró. Pero ahí empezó su camino al profe sionalismo.

En la universidad era sensación. Todos iban a ver jugar al negro de odontología. Los profesores miraban desde las ventanas, los gamines del barrio de abajo subían... , cuenta Congo. Y así fue que cogió fama. Hizo parte del equipo de la universidad, quedaba de go leador en los torneos, hasta que llegó a jugar en la Primera C con un equipo llamado Rumy La Red, que pertenecía a Martín Sierra, uno de los docentes de la facultad. Los rumores de sus cualidades llegaron al Once y empezaron a seguirle la pista. Y vino la propuesta.

l no se decidía. Se moría del miedo del regaño que le iba a pegar su mamá, tal como pasó.

Ni siquiera le contaba a sus amigos, solo a su novia manizaleña, Carolina, con la que lleva cuatro años. La vio en un concierto de Franco de Vita, se le acercó a conversarle y desde eso no se separan. Cuando se decidió, puso la condición: juego, pero me respetan mi estudio, así no me pongan de titular . En ese momento iba en cuarto semestre y se lo prometieron, hasta ahora ha sido muy difícil.

Lo uno o lo otro Al principio tenía que poner ambas cosas en una balanza. Había días en que iba a la uni versidad y faltaba al entrenamiento. Y algunos de los otros futbolistas protestaban. En otra ocasión faltaba a clase porque tenía que entrenar. Y los profesores lo apretaban. Como si fuera poco, le tiraban a matar en los entrenamientos. Llegaba a clase muerto , cuenta Fabián.

Al final las dos instituciones han puesto de su parte. Además, resultó buen estudiante y se ganó la titularidad en el equipo. El único problema fue cuando perdí quinto semestre porque mis pacientes de Clínica no iban , dice Congo. Y es que en esa carrera el que pierda clínica -práctica con pacientes-, pierde el semestre. Ahora solo tiene problemas con el inglés.

Yo aprendí a no estresarme. Para darle solución a un problema no es necesario preocu parse , dice Edwin. Este -señala a Fabián- era muy estresado, pero ya ha aprendido .

Por eso no tiene afán. Sabe que en la vida hay que quemar etapas, por lo que dice que a él le gustaría irse a jugar a Europa, al Barcelona o Real Madrid , pero más adelante. No porque no se sienta preparado, sino porque quiere dejar más avanzada su carrera. Allá también quiero estudiar , dice Edwin al bajarse de un taxi que lo llevaba a la universidad.

- Cuánto le debo? -No hermano, ya lo pagó con el gol del domingo.

El del minuto 41 contra Nacional, el número Once de esta temporada, el que celebró en la tribuna sur del Palogrande.

De aquí para allá Las semanas de Edwin son bien agitadas. Asiste a clases atiende pacientes, viaja, juega partidos definitivos y entrena.

Para que pueda repartir bien su tiempo tanto la Universidad como el Once le han ayudado, y. La una le organizó el horario de clases (las clínicas de los martes y miércoles se las trasladaron para los sábados). La otra le puso entrenamientos individuales (trabaja aparte de sus compañeros. Lo que es físico con Alberto Castro o fundamentación con Joaquín Castro, de acuerdo con lo que el técnico determine).

Un día de Edwin empieza temprano. En la mañana va a entrenamiento de siete, menos los jueves y los viernes que va a clase. Luego se la pasa en la universidad hasta las 4:00 p.m.

Después se va a entrenar y vuelve a las seis para entrar a clase hasta las ocho.

Edwin tiene unas características innatas como su rapidez y su capacidad aeróbica, lo que le permite entrenar menos y conservar su estado físico , cuenta Joaquín Castro, asesor técnico del Once.

Algunos dicen que tiene las mismas características de fuerza y dominio de Freddy Rincón. Por eso es que a Congo le trabajan más su fundamentación, especialmente en el pateo, el cabeceo y la recepción.

También entrena su disparo al arco. Esta temporada lleva once y dice que su intención es ser goleador. Sin embargo, en cuanto a eso la tienen muy clara entre Sergio Galván y él, los dos se hacen pases, se ayudan y el que pueda la mete. Para eso han trabajado juntos desde hace dos años cuando Congo, el que se encontró el Caldas como si fuera una pepa de oro, entró al equipo y los dos banqueaban.

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