LENGUAJE Y PAZ

Dentro de las últimas tendencias de análisis político se viene asumiendo, bajo influencias de los estudios modernos del lenguaje, que la realidad existe en cuanto es nombrada y cuando se nombra es comunicada.

18 de enero 1998 , 12:00 a. m.

La política, dice el español Juan Rey, es en últimas un problema de comunicación. Al desastre lingístico de una comunicación política sin arraigo verbal, le sucede invariablemente un desastre político y social, como consecuencia de haber jugado a negar la realidad. Cuando uno ignora la realidad ello se expresa también en el lenguaje pues todo se retoriza. La retórica del lenguaje de los políticos colombianos se expresa en esta disyuntiva.

Un lujoso ejemplo de hasta donde llega la negación de la realidad nacional lo ha constituido el acto de posesión del nuevo Presidente de Colombia.

Lo que debió ser un simple acto administrativo de posesionar a un funcionario que se encarga de la Presidencia por una semana, se convirtió en pompas, celebraciones, fiestas, exaltaciones, arengas por la paz y programas irrealizables de gobierno.

El presidente de la Corte Suprema de Justicia posesionó al mandatario usando increíble lenguaje vaporoso que incluyó exaltaciones febriles a la ciudad de poetas que vio nacer al posesionado. El presidente de los colombianos se nos presento enseguida con un discurso de 14 páginas que incluye una discusión sobre la paz en el cual precisamente habla de la violencia del lenguaje como otra que le sigue a la violencia carrilera.

La paz, con justicia, una de las pocas palabras que no admiten retórica, pues distinto al sexo o al amor que se pueden nombrar de mil maneras para practicarlos, al nombrar aquella indebidamente ella languidece y expresa lo contrario: la guerra.

El mismo día que el presidente habla de paz y austeridad y recorte para programas sociales conocemos que sus colegas los congresistas se suben el sueldo millonario muy por encima del resto de los nacionales: es esto paz o guerra? Y acaso no hay también un flagrante hecho de violencia contra la opinión pública en su mismo acto de posesión desmedida? Como entender semejantes desfiles militares, discursos de 20.000 palabras (que corresponde a 14 páginas), 500 invitado para su cóctel de consagración, interminables filas de pobres ciudadanos a quienes los saluda mano a mano como si fuese un acontecimiento nacional. Todo por la paz.

El nuevo presidente de los colombianos dejó ver en su retórico acto de posesión, más que en su discurso calculado, una verdad de puño: a la mayoría de los políticos colombianos les importan mucho más las apariencias del lenguaje que los compromisos verdaderos: la paz la convierten en actos afirmativos del lenguaje y no en hechos sociales.

Una de las causas de la histeria nacional hay que ubicarla allí, en esa doble formato de la dirigencia política de adornarse con palabras (y con fiestas desfiles y despilfarros) para evitar hacer obras reales. Pero al resto de mortales no se nos puede pedir que no expresemos con lenguaje la rabia ante sus desafueros. La rabia en el lenguaje nos salva de no caer en la locura total.

Director del Instituto de Estudios en Comunicación de la Universidad Nacional

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