POLÍTICA SIN GRANDEZA

POLÍTICA SIN GRANDEZA

Muchas inquietudes suscita el éxito inminente de la toma corsaria de la presidencia del Senado de la República por el poderoso barón electoral del conservatismo, Fabio Valencia Cossio.

18 de julio 1998 , 12:00 a. m.

Sin esperarse a acuerdos políticos de gran calado en los aspectos más conflictivos la paz, las relaciones internacionales, la economía resolvió atenerse a sus propios apetitos y franquearles la puerta tocando a la expectante de las clientelas electorales con altas dosis de su presumible gusto. Experto en la materia, se vale de sus debilidades y proclividades para alcanzar sus fines.

El actual jefe del liberalismo, Horacio Serpa Uribe, ha calificado la maniobra con el duro vocablo de raponazo, entendiendo por tal el acto de apoderarse ilícitamente de un bien o derecho ajeno, quitándoselo por sorpresa a una persona, según se le define en el Lexicón de colombianismos .

Habiendo ganado en justa lid el partido liberal los comicios para el Congreso, su neta mayoría lo capacitaba y destinaba a presidir las Cámaras, en honor a la norma consuetudinaria y a la realidad política así expresada. Para las buenas y fluidas relaciones de las fuerzas parlamentarias y para los llamados pactos de legislatura , mejor parecía respetar su previo encuadramiento electoral. Ni antes, ni ahora, se contaba, sin embargo, con la astucia en codicioso acecho.

En el diccionario de la Real Academia Española se encuentra un ejemplo que viene como anillo al dedo: Para destruir a un pueblo o a un partido agregamos, no hay tal como dividirlo y corromperlo . El senador Valencia Cossio ha puesto en práctica este principio. Su experiencia de colaborador en la primera etapa de la Administración Samper lo aleccionó y perfeccionó en las artes de mover determinados hilos estratégicos. Empíricamente aprendió a sacar provecho político de las posiciones públicas y a tentar con sus halagos a sus congéneres. No le resultaba difícil descubir dónde anidan las voluntades propicias.

Como en su tiempo lo denunciara el ex presidente Lleras Restrepo, en Colombia los partidos se han clientelizado. De cuando en cuando, quizá en las elecciones presidenciales, se confederan, reviven su mística latente y se movilizan por grandes causas, pero enseguida vuelven a andadas y querencias. El interés de las clientelas prevalece sobre el político de alto vuelo, e incluso sobre el de la patria. Las zonas burocráticas de pertenencia o influencia individual pueden más que las ideas, las tradiciones y las esperanzas realizables después.

Dilema conflictivo Desde cuando el candidato liberal resultó vencido, previmos que habría en el seno de esta colectividad un ala anti-colaboracionista y otra francamente colaboracionista. A una Convención Nacional correspondería resolver el diferendo conforme a los estatutos y con plena autoridad. El jefe único, Horacio Serpa Uribe, se inclinó por la fórmula de gobierno-oposición, expuesta repetidas veces durante su campaña presidencial, sin negarse a cooperar en cuestiones problemáticas de la naturaleza de la paz, de las relaciones internacionales y de la economía.

Ninguno de los dos flancos especificó los niveles de oposición o de colaboración, presumiblemente porque unos y otros se referían, en primerísimo término, a los de responsabilidad política. En particular, a aquellos que con el Jefe del Estado componen el Gobierno: ministros y directores de departamentos administrativos.

En este punto, el jefe del partido liberal no tenía ni tiene reverso, salvo en el supuesto de una Convención Nacional cuyas conclusiones todos sus participantes se obliguen a aceptar. Jorge Eliécer Gaitán combatió la colaboración en la Administración Ospina Pérez, sin perjuicio de aceptarla tácticamente cuando aumió la jefatura del liberalismo, durante un lapso prudencial y mientras la creyó sostenible. Al no zanjarse la discrepancia en la presente oportunidad, habrá dos bandos liberales en ruda pugna, al menos en el Congreso.

Lo más curioso de todo es que, a diferencia de otras ocasiones, no se está frente a un ofrecimiento o una propuesta específica del Presidente electo. Hasta el momento, lo único manifestado por él sobre el controvertido asunto, si mal no estamos, es su aceptación o su respeto a la tesis de gobierno-oposición, con la salvedad del concurso de todos en la solución de los problemas atinentes a la paz, las relaciones internacionales y la economía. Aun dentro de la línea gobierno-oposición, convenía precisar en qué escenarios, distintos del obvio e indispensable del Congreso, iría a prestar este concurso el liberalismo vencido en la elección presidencial, En principio, el entendimiento iba a ser con el partido, a través de sus legítimas jerarquías. Los contactos preliminares hicieron pensar que tales habrían de ser sus cauces y desarrollos. En el país a nadie le son ajenos el restablecimiento de la paz y la convivencia, las relaciones de Colombia con sus vecinos y con las demás naciones o el tratamiento adecuado de la crisis fiscal y de la muy grave situación económica. Infortunadamente, esta vía da trazas de haberse malogrado, a menos que el Presidente electo quiera revivirla y no lo perturben las afanosas alinderaciones en las Cámaras.

Fondo y máscara clientelistas Valga la verdad, habría sido preferible, en aras de la solidez y la autenticidad de la democracia, el acuerdo político de alto nivel en las áreas señaladas por el Presidente electo y aceptadas por las jerarquías estatutarias y naturales del liberalismo.

La aplanadora manzanilla del senador Valencia Cossio lo ha sustituido por la aglutinación de unas mayorías acomodadas a su elección de presidente del Senado, en su afán de darse el lujo de posesionar al Jefe del Estado y de reafirmar su incontrastable ascendiente. Política sin grandeza, lejos de obrar en función de patria, se rebaja al enjuague entre clientelas, con fuerte olor a lentejas y sin detenerse a considerar las tribulaciones de la patria.

Cuando se dispara un proceso de paz con las guerrillas, y en este empeño se llega al estoicismo de otorgarles virtual patente de corso para proseguir en los secuestros mientras no haya otros recursos para financiar a sus gentes, en la antesala del Congreso debemos asistir a un juego mezquino de vivezas y componendas. Nada de grandes temas nacionales. Nada de pacto de legislatura para garantizar su trabajo y acierto. Apenas un episodio electoral de picaresca.

A eso a servir de paje de la máscara clientelista del cambio ha quedado reducido allí el gran partido liberal. Vuelto trizas por un osado ardid. Ni que se hubiera resuelto conmemorar con su funeral en el Congreso los ciento cincuenta años de hazañosa existencia. Antes de que su dispersión se consolide, habrá lugar a un realinderamiento o a una operación rescate? abdesp

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