APENAS 100 METROS

Nueve de la noche. La temperatura era de menos 30 grados centígrados y una tempestad de nieve azotaba a Aníbal Pineda y Volker Stalolbohm. Hacía solo unos minutos habían logrado comunicarse con sus tres compañeros que los esperaban preocupados en el campamento base, para decirles que veían la situación muy dura y que todavía no lograban ubicar la carpa del campamento cuatro, situada a 7.300 metros de altura. Ya no puedo más, no sé si lo pueda lograr , les dijo Pineda por el radioteléfono. (VER MAPA INFOGRAFIA: CAMINO AL NANGA PARBAT)

12 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

Habían partido a las nueve de la mañana rumbo a la cúspide del monte Nanga Parbat, en el Himalaya (lado paquistaní), que con sus 8.125 metros es la novena montaña más alta del mundo y una de las más famosas junto con el K2 y el Everest.

Era el cuarto día en el campamento cuatro y ya habían intentado esta hazaña dos veces más. La comida escaseaba y hasta las bolsas de té las utilizaban para dos infusiones. Además, ya estaban cansados. Extrañaban su casa y su comida. Había pasado un mes desde que llegaron al campamento base.

Ese día, el pico se veía despejado. Caminaron, escalaron muy bien y se sentían con mucha fuerza. Los dos escaladores son expertos y lideraban cada uno a su manera la expedición. Volker, un alemán de 57 años y 12 expediciones al Himalaya, era el de la experiencia. Aníbal, con sus más de 20 años escalando, manejaba la parte técnica. Pero faltando 100 metros para llegar a la cima, exactamente a las 3 de la tarde, los sorprendió una tormenta. Eran los 100 metros más fáciles, según cuenta Aníbal. No había que escalar, solo era caminar. Esperaron una hora, pero las condiciones no se dieron y optaron por regresar.

Temor en la base Sus tres compañeros, Hernán Eusse, Fernando Builes y Guido Varela, les habían adecuado el camino, pero en ese instante eran impotentes. Estaban a 4.000 metros, mirando por unos binóculos, a la espera de ver una luz en la parte alta de la montaña. Los de arriba llevaban una linterna en la cabeza.

En la base, temían que algo les hubiera ocurrido. Días atrás habían visto morir a un japonés que se resbaló y rodó por las laderas. Según cuentan, llegaron a pensar que estaban muertos. Estuvieron muy tristes. La sensación de temor se apoderaba de los montañistas que estaban en el campamento, allí donde se guarda la comida y donde permanecen los que apoyan a los montañistas. Los coreanos y alemanes que estaban abajo a la espera de alcanzar la cumbre, los acompañaban en su nerviosismo.

En la cima Estábamos mal, pero teníamos solo una idea en la cabeza y lo íbamos a lograr. Además la imagen de mi hijo me jalaba mucho , cuenta Aníbal. Sin embargo, la brisa cada vez era peor y los pies ya empezaban a congelarse. Su equipo personal, el mismo que utilizan para escalar las montañas colombianas, no era lo suficientemente fuerte para soportar el frío de esta montaña que tiene una nieve que parece de plástico. La temperatura del piso era demasiado baja y los pies sufrían mucho. Se les congelaron.

Abajo, en el campamento base, Hernán fue contactado por radioteléfono por uno de los integrantes de una expedición italiana, que estaba en el campamento cuatro a la espera de atacar la cúspide. Los italianos decían que observaban luz a unos 200 metros.

Por favor, griten, hagan señales , les pidió Hernán. Lo hicieron y con los últimos esfuerzos los colombianos lograron llegar a la carpa tipo iglú para dos personas.

Dedos de hielo Las dificultades no terminaban. Sabían de sus pies congelados, pero no en qué grado. Si era grave, perderían los dedos.

Al día siguiente emprendieron el regreso. Era imposible llegar a la cumbre. Cuando alcanzaron el campamento dos, a 6.200 metros dejan siempre carpas en los cuatro campamentos, se encontraron con los otros tres colombianos. El momento más feliz de todos fue cuando los vi , dice Guido, el que hacía las veces de médico en el grupo.

A eso de las 9 de la noche, los cuatro, menos Volker, descendieron. Aníbal se sentía más nervioso por lo de sus pies. Volker ya tenía más experiencia, pues en otra de sus excursiones le había ocurrido lo mismo.

Abajo los atendió el médico. Tenían un congelamiento de primer grado, y aunque los dedos les quedarán adormecidos por varios meses, recuperarán su sensibilidad.

Pero las ilusiones no morían. Guido y Fernando, el más joven de todos, con 25 años, se aventuraron por la cima. Tampoco pudieron. Guido, quien llegó al tercer campamento a 6.800 metros, pasó una muy mala noche y decidió regresar. En ese momento moría la ilusión de llegar a la cima.

Por ahora estos cinco montañistas delgados, de hombros anchos, mirada profunda y manos de bronce seguirán escalando. De pronto, algún día regresarán a Pakistán para escalar el K2. Y subir o no, dependerá de la montaña.

La expedición a Nango Parbat estuvo a punto de fracasar sin siquiera haber partido de Islamabad, Pakistán.

Resulta que los montañistas compraron parte de su equipo en Alemania. Desde allí lo enviaron por avión empacado en unas cajas.

Cuando ellos llegaron a Pakistán, reclamaron su envío en el aeropuerto. A simple vista las cajas estaban bien. Sin embargo, cuando llegaron al hotel y las desempacaron se dieron cuenta de que les hacían falta algunas carpas y cuerdas.

En el aeropuerto les habían hecho rotos a las cajas por los que sacaron los implementos y luego las volvieron a tapar con una cinta igual a la que las cubría y que también estaba dentro de ellas. Por eso no notaron el daño.

En ese momento llegaron a pensar que había que suspender la expedición. Pero no, más pudo sus ganas y alquilaron parte del equipo en Pakistán y otra parte lo pidieron a Alemania, donde tenían un amigo, quien hizo las compras de inmediato.

Por suerte, el envío llegó al campamento base justo antes de empezar a escalar. Al final, no les hizo falta nada.

FOTOS: * Aníbal Piñeda (izq), y Fernando Builes toman un descanso para coger fuerzas y seguir rumbo a la cima del monte Nango Parbat.

* La expedición fue apoyada por Suramericana de Seguros. Aníbal Pineda, Fernando Builes, Hernán Eusse y Guido Varela (izq-der)

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