SOBRE ORGANIZACIÓN DE PUEBLOS EN EL CARIBE

SOBRE ORGANIZACIÓN DE PUEBLOS EN EL CARIBE

Al mirarnos como Caribe en el transcurrir del tiempo, encontramos elementos tan interesantes como los hallazgos arqueológicos de Alicia y Gerardo Reichel Dolmatof, quienes comprobaron la existencia de la fabricación y uso de las primeras ollas y bandejas de barro de toda América, en el norte del departamento de Bolívar, 3.350 años antes de Cristo y 1.000 años antes de la aparición de las cerámicas en los Andes centrales.

24 de enero 1998 , 12:00 a. m.

Vale la pena recalcar que el uso de ollas y bandejas de barro facilitó a los aborígenes de nuestra región tornarse sedentarios, cultivar e iniciar la organización de pueblos, lo que muestra la creatividad constructiva del indígena caribeño desde los mismos albores de la civilización americana.

Mas tarde, con la presencia del español y del negro se inicia en el Caribe colombiano la coexistencia temporo-espacial y socio-cultural de tres razas, que se entrelazaron a través del mestizaje, la mulatización, el zambaje, la aparición del pardo y del criollo caribeño, para generar una identidad que, a pesar de su variadísima gama de expresiones, se mantiene y se perfila como un elemento de unidad de un pueblo que ocupa su propio espacio, comparte sus propias características y realidades en un entorno geoecológico, socioeconómico, histórico-político, religioso-cultural e inclusive lingístico.

Como se sabe, estos elementos sobrepasan el carácter constitutivo de región, van más allá, y, sin temor a dudarlo, le imprimen al territorio Caribe un carácter de nación. Si continuamos examinando los trabajos investigativos de Nicolás Del Castillo Mathieu, podemos observar cómo el impacto negativo que produjo sobre nuestra población indígena la presencia española--debido al excesivo uso del indio como fuerza de trabajo, a las epidemias y a la baja tasa de fecundidad de sus mujeres--es digno de ser guardado en nuestra memoria colectiva como un doloroso capítulo.

Así mismo, la inserción forzada de la raza negra en el Caribe ha dejado en nuestra historia una marca de sufrimiento, que nos imprimió al mismo tiempo una gran fuerza creativa.

La amalgama trietnica descrita se consolida en el siglo XVI e irrumpe ya con identidad propia en el XVII, período en que la España colonialista se agita en medio de los desastres que circundaron a la casa de los Habsburgos.

Al finalizar el reino de los Habsburgos aparecen los Borbones, que asumieron como tarea fundamental conservar en América el reino de ultramar que ya estaba debilitado, situación que se agravaba por la decreciente importancia de España en el contexto de las potencias europeas. La crisis de España en su entorno mundial y su debilidad interna se reflejaron con intensidad en el Mar Caribe, alterando el escenario existente.

Sin embargo, la Nueva Granada se mantuvo casi sin ser tocada por la crisis que sufría la metrópolis, debido a que su relación desde el centro con la Costa era de simple dominación político-administrativa y de aprovechamiento económico de sus puertos.

Ante esas circunstancias se institucionalizó en el Caribe un cambio en las relaciones comerciales de las provincias de Santa Marta y Cartagena con Jamaica y Curazao, que por el hecho de estar bajo el dominio de las naciones enemigas de España, se convirtieron en distribuidoras ilegales de manufacturas para la América española.

De esa forma, el norte de la Nueva Granada se vuelve la puerta de entrada del contrabando de esclavos, alimentos, utensilios de trabajo, vestuario, etc., para abastecer a la reducida población costeña y a un mercado mucho más grande que llegaba, a través de la nueva Granada, hasta el Ecuador.

El intercambio de mercancías conlleva a que lo producido en las provincias de Cartagena y Santa Marta se venda, también de contrabando, en las islas caribeñas, como por ejemplo, ganado, cueros, sal, etc.

Ese intercambio es calificable de apertura embrionaria e ilegal , y permea los Siglos XVII y XVIII e influye en las labores productivas, en la acumulación de capital privado, en la moral de las élites y autoridades, en el desarrollo urbano y las actitudes culturales de un extenso territorio, de una región histórica con tradición e identidad propia, que hoy denominamos como el Caribe colombiano.

Se da entonces la aparición de grupos mercantiles en el Caribe colombiano, principalmente en Mompox y Cartagena, que realizan esfuerzos de carácter regional, hacia la segunda mitad del Siglo XVIII, para articularse a la economía mundial.

La Habana, Caracas y San Juan crecieron al estimular la agroexportación y aprovechar la necesidad de la metrópolis de fortalecer la producción colonial, mientras que por el contrario, para el caso del Caribe colombiano los virreyes de la Nueva Granada obstaculizaron el aprovechamiento agropecuario de la Costa, no solo al ignorarlo, sino al promover ideas tan descabelladas como la de transportar azúcar del interior a nuestros puertos, para exportar hacia el área del Caribe.

Negada la vía legal, obstaculizado el crecimiento económico, bloqueada la utilización de la mano de obra existente, no debe sorprendernos la aparición de referencias a las costumbres caribeñas por parte de cronistas de la época, como propias de gentes fandangueras, con tendencia a la molicie y al placer.

Será que la cruenta conquista y el dominio colonialista de la metrópolis potenciado por el dominio centralista virreinal, en el marco de un comercio ilegal aceptado e institucionalizado, pudieron haber influenciado la forma de vida, de subsistir y de ser de los costeños

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