CANTO A LA NATURALEZA

CANTO A LA NATURALEZA

La historia de la humanidad ha estado signada siempre por la violencia, las guerras internacionales, los conflictos fronterizos, la contaminación ambiental y, por consiguiente, la destrucción de la naturaleza. No es de extrañar, por tanto, que el pintor colombiano Rafael Saldarriaga intente capturar en sus obras las flores y las frutas en su contexto natural, es decir, los valores opuestos a la devastación de los incendios forestales, la colonización insaciable de la selva tropical, y los fenómenos naturales a causa de los desequilibrios ecológicos del mundo.

30 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

De aquí que su pintura sea un remanso de frescura para los cansados ojos de quienes tenemos que soportar tales advertencias. Nació en Medellín en 1955, ha vivido en Hawaii y Arizona, pero está radicado ahora en el distrito de Chelsea en Nueva York. El público que visitó la Bienal de Sapporo (Japón) en 1997, le otorgó el Primer Premio, así como el jurado de la Bienal de Aquitania (Francia).

Para Saldarriaga, arte y naturaleza son una misma ecuación de vida y salud física y mental. La exuberancia de esas naranjas que se riegan por el piso como señal de abundancia y prosperidad, las piñas apetitosas, las sandías y los bananos como símbolos de fertilidad, son las frutas tropicales de nuestra alimentación cotidiana. Son los elementos que han estado con nosotros desde la niñez cuando, alrededor de la mesa familiar, se departía chupando una naranja o saciando la sed veranera con un pedazo de sandía.

Arquitecto y urbanista Pero su obra no se limita solo a exaltar la belleza implícita en el círculo y colorido de los cítricos, o de las flores silvestres, más allá de los bodegones está el paisaje, la tierra que ha parido esta flora con la fecunda humildad de un madre alegre y bondadosa. Allí están, entonces, los pinos, los cipreses, las palmeras, los matorrales, también la maleza y los ríos que nutren las riberas de los diferentes lugares donde ha vivido para así dejar un testimonio autobiográfico de su paso por nuestra rica geografía.

Su formación universitaria como arquitecto y urbanista se observa en obras que iluminan un espacio interior con las coordenadas de una alacena con botellas de vino o el florero con un trasfondo de paisaje urbano que deja entrever, a través de la ventana, una ciudad que, como Nueva York, ofrece la espectacular vista de sus gigantescos edificios. Las pinturas en aceite sobre lienzo de Saldarriaga son una bocanada de oxígeno en un mundo que agoniza asfixiado por los venenos que cada día inyectamos a la atmósfera. Son, así mismo, una oda regocijada a la generosidad de la tierra y los frutos que sustentan nuestra existencia.

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