DEMOCRACIA LOCAL Y NEOFEDERALISMO

DEMOCRACIA LOCAL Y NEOFEDERALISMO

Más de un comentarista se ha apresurado a descalificar la llamada hipótesis neofederalista del presidente Gaviria. Sin embargo, ningún argumento se ha esgrimido distinto de la evocación negativa de lo que fue la experiencia federalista del siglo XIX. Lo cual, por supuesto, no basta. Porque ni el jefe del Estado ha propuesto el regreso de esas formas de federalismo tribal y guerrero, ni las tendencias actuales del federalismo tienen qué ver con los rasgos salvajes que alimentaron nuestras contiendas civiles de la pasada centuria. La tradición latinoamericana está llena de estos modelos de simplificación crítica. Hernando de Soto ha puesto por estos días un ejemplo claro de esta proclividad al facilismo conceptual. A propósito de la ola privatizante y de la referencia obsesiva al triunfo inatajable de la economía de mercado, el conocido investigador peruano ha insistido en hacer precisiones. La primera de ellas: no es permisible, en ningún análisis serio, confundir mercantilismo con e

10 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Es evidente, por tanto, que las formas federativas del país pastoril e incomunicado de hace 140 años difieren infinitamente de los signos dominantes en un mundo intercomunicado e interdependiente. Si por entonces la disputa entre federalistas y centralistas estaba alimentada por los caudillismos de centro y de periferia, en una sociedad informada y en movilidad permanente no cabe más esa estrategia.

La interdependencia crea solidaridades pero también alimenta las identidades regionales. Los conceptos de soberanía nacional no se afirman ya sobre el aislamiento sino sobre la comunidad de intereses, en una nave también común. Los grandes bloques se basan en eslabonamientos geopolíticos próximos, sin monopolios territoriales, pero con vasos comunicantes que retroalimentan las energías regionales.

Como en el resto del mundo, el gran vacío de comprensión de este gran fenómeno viene en Colombia de los sectores recalcitrantes del aparato tecnoburocrático. Gorbachov ha encontrado allí sus más amargas frustraciones, y antes de él, Deng Xiao Ping adjudicó a ese factor alienante las mayores dificultades en el camino de la revolución post-maoista.

Para la estructura burocrática no existe la dimensión espacial. Y así como para el aparato industrial militar que, de ambos lados de las dos superpotencias, alimentó obsesivamente la guerra fría, solo existía el concepto unidimensional de la seguridad nacional, para la nomenclatura centralista el monopolio del territorio corresponde a la Nación, y a ella y solo a ella, le incumbe la dirección del desarrollo. Esa es, además, la interpretación dogmática que se da tanto a la letra como al espíritu del artículo 32 de la Constitución, que consagra la intervención del Estado en la dirección general de la economía.

El propio presidente Gaviria ha dicho con franqueza inusitada: Mientras la Nación se defiende del proceso inflacionario elevando las cargas tributarias, los departamentos y municipios están limitados por la Constitución en su facultad de crear impuestos o contribuciones. Los propios recursos de crédito externo se manejan a su vez en exclusivo beneficio de las entidades nacionales .

Es claro entonces que si se desciende a la realidad colombiana, el federalismo del siglo XIX se afirmaba fundamentalmente en el aislamiento físico y en pretensiones feudales. El de hoy se alimenta en la comunicación y en la interdependencia. Si el caudillismo se inspiraba por igual en la arrogancia excluyente de la oligarquía bogotana y en los complejos de dominación de las aristocracias locales, la democracia local excluye esos juegos de poder. Si el federalismo a ultranza se nutría del parroquialismo, el neofederalismo surge de un pensamiento global que, a su vez, está anclado en los eslabonamientos de una sociedad sistemática.

Las Reflexiones sobre la Nueva Constitución , que el presidente Gaviria ha puesto a consideración del país, insinúan respuestas para la revitalización del territorio. Falta, sin embargo, aterrizar en puntos claves. Si la política macroeconómica, inspirada en el artículo 32 de la Constitución, no incorpora la dimensión espacial del desarrollo, seguiremos caminando a tientas. Desarrollo con estabilidad económica no puede seguir siendo simplemente sinónimo de concordancia con un equilibrio en presupuestos monetarios dictados por la arrogancia unidimensional del Estado centralista. Menos de diez palabras bastarían para otorgar protagonismo constitucional a los espacios regionales. La Asamblea Nacional Constituyente tiene la palabra.

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