PRIMADO DE LA HEGEMONÍA

PRIMADO DE LA HEGEMONÍA

El protagonismo actual de varios jerarcas y clérigos no se compara ni de lejos con el desempeñado por el Arzobispo Herrera Restrepo en la sociedad colombiana en las postrimerías del siglo XIX y primeras décadas del XX. Sin embargo, es curioso que un personaje de tal envergadura no haya merecido estudios sobre el papel que desempeñó durante la llamada República conservadora.

04 de octubre 1998 , 12:00 a.m.

Uno de los primeros encuentros del futuro monseñor Herrera con la política se produce en uno de los momentos cumbres de la vida constitucional del país: la Convención de Rionegro, a la que asistió acompañando a su padre Bernardo, uno de los liberales opuestos a Mosquera. Poco antes, había experimentado los enfrentamientos que acarreó la triunfante revolución de Mosquera: estudiaba en el San Bartolomé, cuando los jesuitas fueron expulsados. No deja de ser curioso que tanto Carlos Holguín y el arzobispo Paúl, como el arzobispo Herrera y Caro hayan estudiado en San Bartolomé, durante los años del siglo XIX que estuvo bajo la dirección de los jesuitas.

En 1898, siendo ya arzobispo de Bogotá, recordaba escandalizado, en carta a Uribe Uribe, el tono anticlerical de algunos oradores en Rionegro, dominados por la preocupación de arrancar aún los últimos restos de la influencia del sacerdocio . Se refiere particularmente a un apóstol del liberalismo , que pidió una ley que ordenara fusilar a los obispos. Pero conviene recordar que un grupo de radicales, de la Comisión de Asuntos Eclesiásticos (de la que hacían parte Salvador Camacho, Justo Arosemena y el padre del arzobispo, partidarios de una separación no hostil entre Iglesia y Estado), trató de suavizar las tensiones para lograr un arreglo con el clero antioqueño, que fracasó por la intransigencia del grupo mosquerista.

Después de la Convención, estuvo en el Seminario de San Sulpicio, de París, donde se ordenó en 1869. Luego viajó a Roma a estudios doctorales en teología: asistió al Concilio Vaticano I, como secretario de monseñor Toscano. Entre 1871 y 1885 lo encontramos como rector del Seminario de Bogotá.

Instrumentalización conservadora En esos años experimentó la intransigencia de los sectores extremos conservadores, aliados con grupos intransigentes del clero, empeñados en instrumentalizar a la Iglesia para atacar los gobiernos liberales. En el Segundo Concilio provincial neogranadino, realizado en 1873, se hizo evidente la división del episcopado en torno al problema educativo y a la participación del clero en política. Como obispo de Medellín, Herrera tendrá conflictos con la prensa liberal: en 1888 prohibió bajo pecado mortal la lectura de El Espectador por haber atacado en repetidas ocasiones la Iglesia. El entonces joven radical de 22 años, Fidel Cano, respondió que el anatema del obispo no lo afectaba porque no hacía parte de la grey católica.

Pero ni bajo la Regeneración iban a ser fáciles las relaciones de Herrera, arzobispo de Bogotá desde 1891, con su antiguo condiscípulo, el vicepresidente Caro. Cuando impulsaba las candidaturas de Sanclemente y Marroquín, Caro trató de utilizar el influjo de varios clérigos, bastantes activos en la política, para bloquear la candidatura de Reyes. Y más aún, Caro habló con el encargado de negocios de la Santa Sede, Enrique Sibilia, para lograr que el Papa obligara a Herrera a tomar partido en favor de sus candidatos. Pero Herrera, que quería mantener la neutralidad del clero, y había hecho explicar la situación a monseñor de la Chiesa (futuro Benedicto XIV), que transmitió la información al cardenal secretario de Estado, Rampolla, que ordenó a Sibilia abstenerse de intervenir en el asunto electoral.

Arbitraje político Más adelante, en plena guerra de los mil días, encontramos al arzobispo unido a los esfuerzos de Caro para impedir los excesos represivos del gobernador militar de Cundinamarca, Aristides Fernández, que tenía el apoyo de sectores del bajo clero y de los extremistas estudiantes de San Bartolomé, que veían en el ultraderechista general al instrumento de la Providencia. Sin embargo, bajo la presidencia de Reyes, el arzobispo se mostrará opuesto a los acercamientos del presidente al partido liberal; junto con el ex presidente Marroquín y otros jefes conservadores hace desistir a Reyes de nombrar ministro de guerra al general Herrera. Reyes pensaba que el atentado contra su vida provenía de sectores intransigentes del conservatismo.

También aparece el arzobispo Herrera entre los sectores que desconfiaban del gobierno bipartidista de la Unión Republicana; según el propio presidente Carlos E. Restrepo, Antonio José Uribe le ofreció, en nombre del arzobispo, el apoyo del clero si se prestaba a formar un partido conservador católico. (Eduardo Rodríguez Piñeres expresa dudas sobre la verosimilitud de que el arzobispo se prestara a esas jugadas). También cuenta Restrepo que varios jefes conservadores, con la aprobación del arzobispo, querían organizar un mitin católico para pedir una ley de prensa que restringiera su libertad bajo el pretexto de proteger las ideas religiosas de la mayoría.

Además, los periódicos católicos La Sociedad (fundado por la Conferencia Episcopal y editado en una empresa protegida por el arzobispo) y La Unidad (dirigida por Laureano Gómez e inspirada por algunos jesuitas) se dedicaban a atacar ferozmente al gobierno de Restrepo. Para Laureano, el Republicanismo era el caballo de Troya del liberalismo y un refugio de todos los malos elementos, que solo podía engendrar la traición, el delito y la anarquía. Esta situación hizo que el gobierno tuviera que elevar una queja a la Santa Sede contra esos dos periódicos, que hacían un franco maridaje de política y religión . Pero La Unidad dejó pronto de publicarse por desacuerdos entre Laureano y el arzobispo Herrera, que se oponía a las denuncias del primero contra los negociados en torno a las esmeraldas de Muzo. Al parecer, el arzobispo temía que esto acarreara la división entre los conservadores y el triunfo liberal.

Por esto, Herrera procuraba mantener la unidad del Partido Conservador, lo que lo llevó a convertirse en una especie de árbitro entre las diferentes tendencias y sectores en que se fragmentaba. Por eso, se empeñó en conseguir la unión conservadora entre antiguos nacionalistas e históricos, para impedir que Restrepo fuera sucedido por un liberal: para ello, consiguió que Marco Fidel Suárez regresara a la actividad política y se convirtiera en el campanero de la unión . Esta unión llevó a la alternación en la presidencia de los dos sectores: primero, el histórico Concha y luego el nacionalista Suárez, que afrontó las críticas de Laureano por representar ideas ultramontanas y pretensiones teocráticas .

Los grupos opuestos a Suárez (algunos conservadores históricos con republicanos y liberales), unidos en torno a la candidatura de Guillermo Valencia, fueron descalificados por el arzobispo en carta al Cardenal Vico: la disidencia entre los buenos era causada por algunos jóvenes, de buenas ideas, pero demasiado ardientes , formados en San Bartolomé, al parecer sostenidos por maestros que V.E. Reverendísima conoce , en el espíritu del periódico La Unidad, que escribía contra el arzobispo y contra Suárez. A pesar de la mediación del internuncio Gasparini y el jesuita Jáuregui, las contradicciones entre Laureano y el arzobispo fueron en aumento hasta que la Conferencia Episcopal de 1912 desautorizó oficialmente al periódico. El arzobispo se quejaba de que los jesuitas apoyaban a Laureano y sus amigos, que estaban causando la división del partido que defendía la causa católica.

Fin de la hegemonía Estos episodios ilustran la no homogeneidad política dentro de la Iglesia y la marcada fragmentación del partido conservador, que el arzobispo trataba en vano de contrarrestar. El fracaso dramático de estos esfuerzos se hará evidente en la división conservadora entre Vásquez Cobo y Guillermo Valencia, que abrió el camino a la presidencia de Olaya. En 1926, el arzobispo había decidido que fuera presidente Abadía y que Vásquez esperara turno para 1930. Pero el arzobispo se encontraba ya enfermo y comunicó su decisión a través del auxiliar y futuro sucesor, Ismael Perdomo, que carecía de liderazgo de su antecesor. Pero Abadía, al parecer resentido con Vásquez por su conducta bajo la dictadura de Reyes, resolvió con su grupo desconocer el arreglo por cierta desconfianza frente a las supuestas tendencias militaristas del general. Para ello, manipularon las listas al Congreso para que los vasquistas quedaran en minoría en la junta de parlamentarios, que formalmente decidían sobre las candidaturas. Como ninguno de los candidatos obtuvo la mayoría, el presidente Abadía sugirió el arbitraje del arzobispo Perdomo, al que parecía seguro de poder manipular. La respuesta inicial de Perdomo favoreció a Vásquez, de acuerdo con el pacto previo de Herrera, a pesar de las presiones del presidente.

Sin embargo, el grupo de Abadía logró que los congresistas adoptaran, por exigua mayoría, la candidatura de Valencia, mientras que Perdomo promovía la renuncia de ambos candidatos en favor de un tercero, Ospina Pérez. Pero Valencia se negó porque conocía las gestiones secretas que Abadía estaba realizando en Roma para que la Santa Sede obligara al clero a apoyar su candidatura. Inicialmente, el cardenal Gasparini, secretario de Estado, se negó a intervenir en asuntos que consideraba de política interna, pero se le respondió que un triunfo liberal podría significar una nueva persecución. Por eso, había que unir al episcopado mediante el respeto de la tradición de acoger al candidato escogido por las mayorías del Congreso. Perdomo se vio entonces obligado a telegrafiar a los demás obispos, divididos entre los dos candidatos, que era voluntad del Papa que unieran sus fuerzas para apoyar a Valencia.

El desenlace de la historia es conocido: varios obispos se negaron a apoyar a Valencia y monseñor Perdomo fue responsabilizado de la caída del conservatismo y recibió el remoquete de monseñor perdimos . Sin embargo, fue más la víctima de una inextricable confusión entre religión y política conservadora, lo mismo que de los manejos de algunos jefes conservadores. Obviamente, Perdomo carecía del liderazgo que había conseguido Herrera dentro de las jerarquías del Partido Conservador. Además, era evidente la crisis interna del conservatismo, sin claros liderazgos, fragmentado en mil grupos de caciques, sin claras reglas del juego para seleccionar candidatos de carácter verdaderamente nacional, de espaldas a un creciente problema social evidenciado por la agitación socialista, las luchas campesinas y sindicales, que se habían expresado dramáticamente en las Bananeras.

Fernán González es magister en Ciencia Política de Los Andes y Master en Historia de la U. de Berkeley.

Nos Bernardo BERNARDO HERRERA RESTREPO nació en Bogotá el 11 de septiembre de 1844 y murió allí el 2 de enero de 1928. Hijo de Bernardo Herrera Buendía y de María de Jesús Restrepo Montoya, se hizo sacerdote en París, el 22 de mayo de 1869. El 13 de abril de 1870, obtuvo en la Universidad de la Sapientia de Roma, el título de Teólogo. El 12 de diciembre de 1871 fue nombrado rector del recién restaurado Seminario Conciliar; obispo de Medellín a partir de marzo de 1885 cuando tenía 41 años. Seis años después, arzobispo de Bogotá y el 17 de noviembre de 1902 Primado de Colombia. Durante los 36 años que fue arzobispo, cumplió papel determinante. Al terminar la guerra de los Mil Días, promovió el voto nacional al Sagrado Corazón, cuya Iglesia consagró el 24 de septiembre de 1916. En 1918, fundó El Catolicismo, órgano de la Iglesia.

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