NEOLIBERALISMO Y COMPETENCIA

NEOLIBERALISMO Y COMPETENCIA

No hay porqué negarlo: el Neoliberalismo está desacreditado.

17 de mayo 1998 , 12:00 a.m.

Y la razón principal para que la gente rechace el neoliberalismo, sobretodo en un país en desarrollo como el nuestro, radica en que esta corriente mira sin misericordia el impacto de la política y las decisiones económicas sobre los sectores más débiles de la sociedad.

Sin embargo, esta ácida crítica al neoliberalismo nos ha dejado un peligroso subproducto, que es la alergia a la competencia. En efecto, cuando se habla de neoliberalismo, se choca con todo lo que este representa, al tiempo que se pueden rechazar cuestiones que no son nocivas para el progreso social y económico de una sociedad como la existencia de mercados libres y competitivos. Tal es el caso de la competencia, que es vista por muchos como el símbolo del capitalismo salvaje, pero que en una economía de mercado constituye la esencia de la protección del consumidor contra los monopolios o cualquier abuso de la posición dominante en un mercado.

Nuestro país vivió por muchos años bajo el imperio de la protección acentuada de la producción nacional. Los excesos de esa política no solamente mantuvieron precios exagerados para el consumidor nacional sino que crearon una barrera muy fuerte a la entrada de competidores, dado que era muy difícil tanto para los agentes nacionales como para los extranjeros participar en el mercado por las defensas que habían adquirido las industrias existentes en cada uno de sus campos.

Esta organización de nuestra economía impregnó a tal punto la mentalidad de toda la sociedad colombiana que se sublimó la protección a las pocas industrias existentes en desmedro de la proliferación de empresas. Para justificar y consolidar nuestra manera de manejar la economía se creó inclusive un verdadero síndrome en contra de la creación de empresas, esparciendo la idea de que no existe más penosa e ingrata tarea que la de los empresarios. A tal extremo llegó la cosa que en nuestro país se lesionó gravemente la innovación, la creación de empresas, la inversión, el mercado de capitales y hoy en día, a pesar de la apertura e internacionalización de la economía, es poco lo que se ha avanzado en esos frentes.

En este mismo sentido, hasta la gente común comparte los miedos viscerales de los empresarios y por ello no tiene la costumbre de reclamar, acepta con paciencia la mala calidad y se somete gustosa a los malos tratos de las grandes empresas u oferentes de servicios, sean públicos o privados. Igual óptica la tiene el mediano empresario que no se le mide a competir agresivamente o combatir prácticas de los más grandes en su sector porque lo único que piensa es en alcanzar algún día los privilegios de posiciones de dominio total del mercado.

Ahora bien, esa forma de ver el bienestar de la sociedad coincide en alto grado con la que tienen los dueños de las empresas, pues estos normalmente rechazan la competencia porque se sienten verdaderos sacrificados al poseer una actividad productiva y tener que desvelarse por mantenerla rentable. El productor nacional piensa así a pesar de que, cuando sale al exterior, se da cuenta de que en los demás países los productores compiten, entre si y contra los extranjeros. Por ejemplo, en Colombia sería inconcebible y criticable el conflicto que ha ocurrido entre el Gobierno de los Estados Unidos y la más grande empresa de software para impedir que esta última acapare ese mercado.

Obviamente cambiar esa mentalidad es muy difícil. La misma Superintendencia de Industria y Comercio realizó recientemente un foro a fin de darle actualidad al tema de la defensa de la competencia, pero este atrae muy poco. Para lograrlo sería muy útil crear incentivos legales para que la gente denuncie las prácticas monopólicas o abusivas del mercado, similares a las recompensas que se dan por denunciar delincuentes. En este tema juegan un papel decisivo los medios de comunicación quienes deben alentar su discusión. Sin embargo, resulta frustrante saber, de acuerdo con un chisme no controvertido, que medios de comunicación muy prestantes llegaron al acuerdo anticompetitivo de no robarse los periodistas económicos. Un acuerdo similar se comentó entre dos respetables bancos frente a sus altos ejecutivos. Definitivamente, falta mucho para que en nuestro país se hable de una verdadera economía de mercado.

(*) Presidente de Confecoop

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