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EL CURA Y LA TRIPLE A

EL CURA Y LA TRIPLE A

El padre Hoyos será cualquier cosa menos lo que sugiere una reciente crónica aparecida en este diario con la supuesta intención de iluminar su lado oscuro . La simplificación intencional sobre un personaje que, por lo menos, aun para sus enemigos, los públicos y los que inspiraron la crónica, es mucho más complejo e inasible, deja en penumbras a los lectores, que no al cura.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
24 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

El primer lugar, me parece irresponsable hacer cuidadosas sugerencias de relación entre homicidios y secuestros y el alcalde de Barranquilla. En lo personal no creo, y supongo que tampoco los miles de barranquilleros, mucho más de los 150.000 que dos veces lo han elegido, que semejante cosa sea verosímil. Pero si lo fuese, aunque sólo sea, digo, verosímil, entonces la crónica tendría no que probarlo, que los periodistas no son jueces, sino dedicarse íntegramente a eso, investigar seriamente hipótesis tan comprometedoras, y trasladarse, tal la escandalosa gravedad del asunto, a primera plana y con grandes encabezados.

Si el objeto de la crónica era mostrarlo como un personaje hirsuto, radical, mal hablado e intemperante, a cuyos procederes habría que atribuir una peligrosa polarización social, la crónica de EL TIEMPO logra lo contrario. Cualquier exceso verbal del cura quedaría justificado por los excesos de sus contradictores que, esta vez agazapados tras el periodista que nos visitó para elaborar la crónica, y casi siempre entre las candilejas de ciertos cocteles, hacen este tipo de violencia insidiosa en su contra.

La crónica, pues, serviría para probar, sin que hiciese falta, que aun esa supuesta polarización de la ciudad no puede explicarse desde el único punto de vista del tono de las homilías dominicales del cura: también desde el punto de vista del tono de sus contradictores, no más comedidos y continentes. Sin agregar, por supuesto, que las verdaderas causas de la polarización, que yo no creo que exista, no al menos como la entienden algunos de mis conciudadanos, anteceden y trascienden al cura en términos de una discriminación que, durante décadas, convirtió a medio millón de barranquilleros en moradores de zonas, esas sí oscuras, sin servicios, compasión ni esperanza. Si polarización es el inobjetable compromiso del cura con esa gente, entonces hay que aplaudir que la haya.

Pero más allá de lo que el cura sea o no sea, un debate que la crónica de marras no formula, es obvio que ella está inspirada, de seguro sin que su autora lo haya ni sospechado, en un conflicto que aquel mantiene contra unos poderosos inversionistas españoles, que de la noche a la mañana, vía una capitalización que el Distrito no hizo, resultaron accionistas mayoritarios de una empresa que presta el servicio de acueducto y alcantarillado mediante privatización de la Junta, no del servicio, y administra una lucrativa concesión en la ciudad.

Esos inversionistas, que llegaron a Barranquilla con la misma insolencia de sus antecesores de hace 506 años, esto es, hablando duro a trabajadores, proveedores y usuarios, están en el fondo de la polémica tras la cual se parapetan otras. No es sino leer el agresivo e inmenso aviso en policromía que el viernes último apareció en primera plana de la prensa local contra el alcalde Hoyos para imaginarse el resto.

El desgreño, la corrupción y el colapso de las viejas Empresas Públicas justificaron en su oportunidad lo actuado alrededor del actual operador antes de la llegada de los extranjeros. Pero es hora de establecer qué gana la ciudad con ese operador, habida cuenta de que las privatizaciones, aun las impropias, se hacen para procurarle al Estado recursos frescos, en este caso aprovechables para desarrollo urbano. Y frente a esa virtual gratuidad, establecer también cuántas divisas, por participación y gestión, se exportan, y si son justos, en términos económicos y accionarios, los actuales niveles de participación del Distrito, único dueño de la costosa red, plantas de tratamiento, etcétera.

Un debate que se le debe a la ciudad y que de seguro aclarará si los acelerados incrementos tarifarios corresponden no a los topes de la comisión reguladora, sino a la situación financiera, utilidades y pagos por gerencia. Al fin y al cabo, los ciudadanos seguimos siendo dueños del equipamento sobre el cual se hace la explotación del negocio.

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