EN EL TREN DEL ADIÓS

EN EL TREN DEL ADIÓS

Atrás quedó la derrota. Y a las 2 de la mañana parte otro de los 27 trenes de alta velocidad, cada uno con 500 pasajeros, que en esta noche transportan hinchas ingleses y colombianos de Lens a París. Victoriosos y derrotados. (París, madrugada del 23 de junio)

14 de julio 1998 , 12:00 a. m.

La noche es negra. El TGV, azul, con forma de pez, ataca la oscuridad y se pierden en la distancia las luces del estadio donde lloró Mondragón y donde murió la esperanza colombiana.

El tren va repleto. Hasta en los pasillos se atosigan los hinchas. Las dunas de carbón y las arboledas quedan atrás, como ráfagas en la oscuridad. A la derecha, los campos roturados de trigo, y más allá las playas de Dunkerke, donde más de 200 mil soldados ingleses estuvieron cercados por las tropas alemanas. En esta llanura, en la oscuridad, murieron muchos hombres y ahora ni la chatarra del acero de los tanques y los cañones recuerda su tragedia.

Dentro del tren se siente el vértigo de la alta velocidad. En el vagón de atrás, los hinchas ingleses nuevamente lanzan sus cánticos marciales, casi aterradores, que avasallaron en el estadio a los aficionados colombianos. Una inglesa, en pantaloncitos y brasier, canta una melancólica canción de victoria mientras mira por la ventana.

Pasan dos ingleses borrachos, quizás hooligans, y uno de ellos lleva puesta la camiseta amarilla de Colombia. El otro, sin camisa, es macizo como un tanquecito de guerra y lleva tatuado todo el pecho con mujeres desnudas, calaveras y símbolos nazis. El más grande se detiene, lanza un grito salvaje y se vomita sobre la bandera colombiana que lleva puesta. Qué hacer? Qué vergenza! Permitir esto? Pero esos hooligans se ven demasiado fuertes...

Vamos hasta el vacío cerrado de paso entre vagón y vagón, pensando en un dilema nacional: Será mejor ser un cobarde vivo que un patriota triturado por aquellos caimacanes comecerveza? Qué hacer, Dios mío? Y Dios ayudó: salió al pasillo un barranquillero gordo y bigotudo y sacó un sombrero blanco de charol con la bandera inglesa y se orinó allí en esa bacinilla británica. Qué felicidad! Vengado el honor nacional! El tren sigue atacando la noche. Se acercan las tres de la mañana y tanta cerveza y tanta tristeza y tanto júbilo por el triunfo inglés y por las derrota colombiana siguen allí en este convoy de 27 trenes que avanza hacia París. Las latas de cerveza ruedan por los pasillos. Los malos olores no encuentran salida hacia la campiña oscura, porque este tren es blindado como una bala en la noche.

En otro pasillo, una morena colombiana se besa apasionadamente con un inglés. Está poseyendo este inglés el honor colombiano? Ah... qué carajo! Un grupo de costeños canta la inevitable canción: Se va el caimán, se va el caimán... Otros descamisados y tatuados fanáticos ingleses juegan balón por el pasillo central. Las botellas de whisky escocés y las de aguardiente colombiano, vacías, ruedan por ahí. Parece como si simbolizaran la calidad de juego de ambos equipos cuatro horas antes, en la cancha.

Un colombiano ronca como una locomotora antigua. Otros dos discuten con un argentino y este les dice: Pero, che, de qué te quejás, si a los colombianos les pesaba la camiseta, si desde el primer partido jugaron sin querer ganar... Argentino sapo! Otro colombiano, entre dormido, balbucea Mondragón, Mondragón , y tal vez sueña con la pesadilla del tropel de la caballería y con el rugir de la artillería inglesa sobre el arco colombiano.

Doscientos kilómetros son devorados por el TGV en menos de una hora. Las luces de París en la distancia. Gruñe un hooligan descomunal, que pasa atropellando, con un niño de la mano. Por fin vimos a un hooligan chiquito. También se reproducen! En la Gare Du Nord se queda quieto este tren de alta velocidad. Son las 3 de la mañana. Se bajan adormilados, tomados, hinchas colombianos e ingleses. Solo los separa la derrota y la victoria.

Llovizna. Los adoquines húmedos brillan por las luces de los faroles.

Al frente de la estación, un gigantesco afiche anuncia un concierto del viejo Charles Aznavour. Dónde estará la bohemia de París, en esta noche triste y gris, como dice su canción? Si al menos pudiéramos en esta madrugada ir a llorar un poco frente a la tumba de Jean Paul Sartre, porque el viejo debe de estar tan solo allí en el cementerio de Montparnasse...

Arrecia la llovizna y es César Vallejo, de tumba vecina con Sartre, quien nos atenaza el corazón en esta madrugada, cuando caídos, tan tristes, colombianos sin esperanza, sentimos que es su famoso verso la mejor copa para curar la derrota: Moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo... . Adiós.

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