EL IMPACTO DE LA REVOLUCION FRANCESA

EL IMPACTO DE LA REVOLUCION FRANCESA

El siglo XVIII tiene nombre propio: Francia. Es el siglo de las luces, de la Ilustración, de la razón, del enciclopedismo. En fin, el siglo de Voltaire, quien, cínico e irreverente, burlón e iconoclasta, imprimió a su época un significado y una definición: volteriano era todo inconforme, todo revolucionario. Fue, además, el siglo de Rousseau, cuyo Contrato social echó las bases de la democracia participativa y proclamó el imperio de la soberanía popular, mientras en el Emilio trazaba el derrotero pedagógico mediante el cual el maestro, por ejemplo don Simón Rodríguez, formara y educara a su discípulo, Simón Bolívar.

14 de julio 1998 , 12:00 a.m.

Fue también el siglo de Montesquieu, quien, para frenar el absolutismo teocrático de los monarcas, resolvió, en El espíritu de las leyes, que el poder no era personalista, ni único, ni estaba concentrado. El pueblo soberano lo ejercería por el legislativo, se manifestaba por el ejecutivo y se preservaba por el jurisdiccional. Fue, además, el portentoso despliegue de la enciclopedia, que asombró la cultura universal.

La amonestación al despotismo de la monarquía española respecto al trato y gobierno de sus colonias hispanoamericanas la formuló el abate Raynal en su célebre Historia filosófica de las Indias, en estos términos: Monarcas españoles les dijo, tenéis a vuestro cargo la felicidad de las más hermosas regiones de los dos hemisferios. Mostráis dignos de tan altos destinos. Al cumplir con este deber augusto y sagrado, repararéis el crimen de vuestros predecesores y de vuestros súbditos . Exigía Raynal que España borrara su leyenda negra en las colonias y la reemplazara por gobiernos justos, sensatos, racionales. No lo hizo y la Independencia fue la respuesta.

Por ende, en Francia se concretó la democracia representativa, con base en el sufragio o voto popular, al acogerse la tesis de El tercer estado proclamada por el abate Sieyés. Desde entonces, la soberanía popular se manifestó en las plazas públicas.

El siglo XVIII vertió desde Francia la fuente democrática de la revolución universal. Con devoción y entusiasmo la acogieron los países que padecían bajo la coyunda del coloniaje. Nadie entonces que se preciara de culto, ignoraba el francés, dejaba de leer los libros afrancesados y se embriagaba con la ideología liberal de la Ilustración y el ejemplo de aquel pueblo inmortal. Con la toma de La Bastilla el 14 de julio de 1789, la Revolución que reclamaba el mundo se personificó. Y encendió las barricadas populares, que con su impacto demolieron el destartalado armazón de la Europa de sangre azul.

Libertad, igualdad, fraternidad, soberanía popular, democracia, ciudadanos, constitución, etc., fueron palabras mágicas que penetraron hondamente en la consistencia latina de América. El criollaje hispano, sobresaturado del nuevo espíritu, pensó y realizó la emancipación. Por ejemplo, un criollo bogotano, fervoroso practicante de la Ilustración, don Antonio Nariño, dio el grito precursor de la Independencia en la mañana del domingo 15 de diciembre de 1793, cuando tradujo y divulgó el evangelio de la doctrina democrática y liberal: la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, convertida hoy en la base fundamental e inconmovible del Derecho Internacional Humanitario.

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