EL APRETÓN

El problema económico de Colombia no es un problema económico sino un problema político. Como dirían Mancur Olson o David Landes (cuya reciente Riqueza y pobreza de las naciones es una obra magistral), el nuestro es un país de rentistas y no de productores: en vez de agrandar el ponqué, aquí nos dedicamos a pelear las tajadas. Esta es la verdadera causa del enredo fiscal (al igual que de la inflación inercial y de la pérdida de competitividad externa).

14 de julio 1998 , 12:00 a. m.

Digo enredo fiscal porque contra lo que se oye por estos días la enfermedad no está en el déficit, sino en la mala destinación del gasto público y en la manera mala de financiarlo. Es más: el mero apretón del gasto no haría otra cosa que agravar la recesión y el desempleo. Es algo que los economistas aprendimos de Keynes, así a los neoliberales no les guste mucho Keynes. Pero su disgusto nace de un argumento político y no técnico: sencillamente, los neoliberales prefieren que el gasto venga del sector privado y no de papá Estado.

Y así topamos con las raíces políticas del déficit fiscal. El gobierno Gaviria no fue neoliberal sino esquizofrénico. Con una mano hizo la apertura, que necesariamente implicaba achicar el tamaño del Estado, puesto que ningún país puede competir con tamaños sobrecostos. Pero con la otra mano disparó el gasto público, ora por convicción (en el caso militar, o al triplicar la paga de los jueces), ora por no aguarles la fiesta a los constituyentes, que prometían ríos de leche y miel sin explicarnos quién los pagaría. El resultado, como sabemos, fue el boom de 1993-1995 y la popularidad a debe del doctor Gaviria.

El doctor Samper no tuvo popularidad pero, igual, se sostuvo al debe. Al principio con tanta inconsistencia como Gaviria ofreció meter en cintura el gasto que recibía desbocado , y al mismo tiempo ofreció el Salto social , que iba a aumentarlo en la tercera parte. Después, su debilidad política hizo del fisco una piñata, donde cada sindicato que protestara, cada congresista que se ofreciera y cada cacao que apareciera iban saliendo con su reajuste o su pensión, con su partida o su instituto, con su concesión o su exención bajo el brazo.

Fueron ocho años de irresponsabilidad continuada (Barco, a decir verdad, entregó la casa en orden.) No por el hecho del déficit, que puede ser una herramienta anticíclica o hasta la opción deliberada de que el Estado desplace al sector privado. Tampoco por la magnitud del déficit: baste comparar el tres por ciento de hoy con el 8,7 siete por ciento del PIB que le dejó Turbay a Belisario.

La irresponsabilidad consistió en gastar mal y en financiar peor. La cuarta parte del gasto adicional se fue en justicia y en seguridad ( cuáles, por Dios?), un tercio y algo más quedó en reajustes o pensiones, y algo como 20 por ciento llegó al bolsillo de los prestamistas. Digamos, pues, que cuatro de cada cinco pesos se repartieron entre los vivos y el otro peso fue a donde deben ir los impuestos: a mejorar el nivel de vida de los pobres y a elevar la competitividad futura de la economía que es la manera inteligente de financiar un déficit.

Esta historia vieja viene a tres o cuatro cosas muy actuales. Una, que no se trata de corregir el déficit fiscal, como anuncia el doctor Restrepo: se trata de decidir cuál es el tamaño del Estado que queremos y estamos dispuestos a pagar. Otra, que en esto del apretón unos van a quedar más apretados que otros: será que esta vez hay quien evite la famosísima ley del embudo? Otra, que el asunto no es de querer sino de poder, de decidirse a pisar callos. Y otra, que un país de vivos siempre acaba por ser un país de bobos (pregúntele a David Landes).

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