LA MEMORIA DEL BARRIO

LA MEMORIA DEL BARRIO

Esta semana, todos los programas deportivos de la radio han llamado a Edison Mafla a Chile, atraídos por las grandes actuaciones del jugador colombiano en aquellas tierras.

04 de abril 1998 , 12:00 a.m.

El Guigo se ha mostrado eufórico y locuaz. Ha compartido con los comentaristas su felicidad. Les ha contado pormenores de su nueva vida en la capital chilena, dentro y fuera del campo.

Su voz suena muy distinta de la opaca y quejumbrosa de hace tan sólo unas pocas semanas, cuando hablaba desde un lugar de España llamado Villarreal, famoso por sus almendros, algarrobos y naranjas, pero donde un futbolista como Mafla corre el peligro de morirse de tristeza.

Mafla, como todo jugador salido de los mangones caleños, es un esteta. El fútbol que aprendió es un producto de la sensibilidad, la imaginación y el sentimiento. La calle le enseñó que el fútbol es, por encima de todo, un juego de amigos. Nada de esas cosas son valoradas en Villarreal.

Mafla es un artista naf que aprendió a servirse de la geometría para cuadrar círculos e inventar diagonales. Su arma temible y sagrada es esa pierna izquierda con la que cobra los golpes francos. Un fino artilugio de artillería con la precisión de un oscilador de cuarzo.

Pero Mafla tiene algo de falible y contingente. Su cuerpo es dócil pero no disciplinado. Tiene ágil la mente pero muelle la voluntad. Con frecuencia, después de una jugada luminosa, cae en largas modorras que le restan eficacia y facilitan el trabajo de los marcadores. Algo que no se perdona en Villarreal.

En Villarreal, cuando lo contrataron, esperaban recibir una máquina perfecta que corriera, saltara, obstruyera y catapultara, sin permitirse una sola pausa. Esperaban mano de obra. Les llegó un ser humano.

El entrenador del Villarreal es un hombre dominado por la obsesión de separar lo útil de lo placentero. Su ideal de eficiencia es el cuerpo-máquina diseñado para obedecer. Darwinismo tecnológico que elige al robot y deja en el banco al artista.

En Europa, muchos equipos de fútbol han hecho realidad lo que algunos teóricos del fascismo llegaron a imaginar en sus momentos de mayor delirio: sastres sin piernas, enanos que deshollinan, criados sordomudos. Los hombres de la estirpe de Mafla no están hechos para estas indignidades.

El jugador suramericano que se adapta al fútbol europeo deja pedazos de alma en el camino. Sometido a un riguroso proceso de desnaturalización, termina convertido en un burócrata de la estrategia que no encuentra en el campo de juego un solo lugar donde acordarse de sí mismo.

Verón y Dunga, para nombrar sólo dos jugadores europeizados y europeizantes son exponentes de una ética lineal, picapedrera, que reniega del barrio de la infancia. Verón es una falsificación de Ardiles. Dunga es un Clodoaldo de los bajos fondos.

El auténtico futbolista suramericano nunca llega a olvidar del todo el barrio donde aprendió su arte. En algún momento, en medio de un partido trascendental, en Milán o Estocolmo, una lejana triquiñuela de la infancia acude a su mente como un fogonazo de la memoria y se convierte en la tabla de salvación.

El túnel de Sívori entre las piernas en paréntesis de Jacinto Faccheti. El sombrero de Pelé sobre la confundida cabeza del galés Toby Williams. Algo que no estaba en el guión y decidió el partido.

Mafla también sabe hacer esas cosas. Por fortuna guarda todavía el polvo del barrio en los botines.

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