HISTORIA DE DOS POTENCIAS

HISTORIA DE DOS POTENCIAS

Lo que está ocurriendo en los Estados Unidos y Rusia, las dos potencias que se disputaron por más de medio siglo el liderazgo de la humanidad, es bien indicativo de los dramáticos cambios que ha vivido el mundo desde el final de la Guerra Fría.

22 de agosto 1998 , 12:00 a. m.

No ha pasado todavía una década desde la caída del muro de Berlín y el derrumbamiento del bloque socialista, que encabezaba la Unión Soviética. Sin embargo, parecen muy lejanos los tiempos en que los líderes de Washington y Moscú se enfrentaban en los foros internacionales, como cabezas de los dos grandes bandos en que se había dividido la especie.

Igualmente lejanas parecen las confrontaciones que en varias oportunidades estuvieron a punto de lanzar a las fuerzas militares de los dos bloques a la tercera guerra mundial, que los expertos vaticinaban como la que podría poner fin al género humano.

Hoy, los Estados Unidos no sólo ejercen la hegemonía política, económica, militar y tecnológica del planeta, sino que exhiben además un cuadro de prosperidad sin precedentes, mientras Rusia la pieza principal del derruido edificio soviético se debate en una crisis cada día más aguda.

Lo anterior no sería motivo de sorpresa si la rivalidad hubiera sido resuelta en los campos de batalla, como ocurrió en casos análogos de la historia, con la consiguiente ruina de los perdedores. Basta recordar las dos grandes guerras de este siglo, cuyos epílogos fueron tan gloriosos para los vencedores como aterradores para los vencidos.

A diferencia de esas terribles contiendas, la gran disputa de este final de siglo desapareció por sustracción de materia y acuerdo de los contrincantes, lo cual hace más llamativo el contraste entre sus protagonistas.

Las últimas manifestaciones de esta situación se pueden traducir en unos pocos datos: la economía estadounidense está libre de inflación, las tasas de interés y la moneda son estables, y el desempleo está en su nivel más bajo en mucho tiempo; la rusa, en cambio, sufre las consecuencias de la inflación, la devaluación y la falta de recursos, hasta el extremo de que el atraso en los pagos de salarios se ha convertido en algo común y corriente.

No es difícil imaginar las consecuencias que esto causa en la vida de los respectivos pueblos, el primero favorecido por todas las condiciones para trabajar, consumir y ahorrar, y el segundo condenado a la falta de empleo, la escasez y la incertidumbre. El mejor ejemplo ilustrativo de lo que puede generar este contraste es lo que ocurre con los presidentes de los dos países.

El mandatario estadounidense, Bill Clinton, viene capoteando con buen éxito desde hace varios años una serie de escándalos, incluyendo el más reciente de su relación con Mónica Lewinsky, gracias a que el país está satisfecho con su situación, y la mayoría de la población atribuye el estado de prosperidad en que se encuentra a la gestión que aquel ha cumplido en la Casa Blanca.

Boris Yeltsin, por su parte, enfrenta una oposición cada día más virulenta, encabezada por sus antiguos camaradas del Partido Comunista, que lo culpan de haber llevado el país a la quiebra, mientras en el otro extremo tiene que atender las exigencias del Fondo Monetario Internacional para obtener los recursos que necesita la alicaída economía rusa.

Todo esto muestra cómo ha cambiado el contexto internacional, donde Washington y Moscú desempeñaron hasta hace menos de diez años los papeles principales, y ahora el liderazgo ha quedado circunscrito a los Estados Unidos. Pero, sobre todo, refleja la inversión de las trayectorias de estas dos naciones, que el mundo vio por largo tiempo como colosos casi iguales, y ahora encuentra situadas en los dos extremos del mosaico económico mundial.

Al margen de las teorías políticas y económicas que buscan la explicación de esta paradoja en los sistemas adoptados por los dos países, ella es una muestra del cambiante destino de los pueblos, que, al igual que el de las personas, está sujeto a todo tipo de contingencias.

Aquí podría aplicarse la famosa frase de Dickens en su Historia de dos ciudades: Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos . Solo que ahora los escenarios de la acción no son Londres y París en plenas revoluciones americana y francesa, sino las capitales de las dos potencias que pugnaron por el predominio mundial en la más ambiciosa rivalidad de la historia.

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